
Los tlacuaches, también conocidos como zarigüeyas, rabipelados o chuchas en distintas regiones de América, son pequeños mamíferos marsupiales que forman parte de la familia Didelphidae, originarios del sur del continente y con una distribución que se extiende desde Canadá hasta la Patagonia en Argentina. El término “marsupial” deriva del latín marsupiumque significa bolsa y se refiere a una duplicación de la piel en la pared ventral externa de las hembras que está estrechamente ligada al cuidado de las crías y que funciona como cámara incubadora. Cuando las crías nacen, tras un corto período de gestación de entre 8 y 12 días, miden apenas uno o dos centímetros (del tamaño de un frijol), son ciegas y no tienen pelo. A pesar de su fragilidad, tienen una fuerza sorprendente, que les permite arrastrarse por sí solas hasta el marsupio materno, donde completarán su desarrollo durante los siguientes tres meses. Al parecer, esta forma particular de reproducción y cuidado ha sido importante en su éxito evolutivo, permitiéndoles expandirse por casi todo el continente. Actualmente, se reconocen cerca de 100 especies de tlacuaches en América, cada una adaptada a diferentes ambientes: desde selvas tropicales y zonas semiáridas hasta áreas urbanas, lo que refleja su enorme capacidad de adaptación.
La relevancia del tlacuache no se limita a lo biológico, también habita en el imaginario de muchos pueblos de América. Diversas culturas han tejido en torno a ellos mitos, relatos y representaciones que revelan una antigua relación cercana y simbólica con el ser humano. Comprenderlo desde esta doble dimensión como especie y como figura cultural permite apreciar mejor su papel tanto en los ecosistemas como en las formas en que las sociedades han interpretado la naturaleza.
En diferentes regiones de América existen representaciones iconográficas y artísticas que, a su modo, destacan las características físicas del animal; incluso hay leyendas en las que se le adjudican cualidades como valentía, generosidad, rebeldía o astucia. En otras narraciones se le muestra como un bebedor ingenioso que sustrae pulque directamente de los agaves, emborrachándose y compartiéndolo con otros animales; en cambio, el mezcal lo sustrae de los demonios que lo custodian, fingiendo, embriaguez para distraerlos, escapar y luego compartirlo con los humanos. En su libro, “Los mitos del tlacuache: caminos de la mitología mesoamericana”, López Austin explica que un mismo relato puede presentarse de formas distintas según la tradición de cada pueblo mesoamericano. Por ejemplo, en una de las versiones, este “Prometeo americano” roba el fuego de los dioses y guarda cuidadosamente una brasa en su marsupio, para entregarlo luego a los seres humanos o compartirlo con otros animales, un acto que simboliza ingenio y rebeldía en beneficio colectivo. En otras versiones, más recientes y con influencia cristiana, el animal recibe como resultado de su acción el don de la resurrección. Esta interpretación se vincula con el estado de tanatosis, el cual es un mecanismo de defensa mediante el que el tlacuache finge estar muerto.
Características como estas se siguieron resaltando entre los pueblos mesoamericanos, donde el tlacuache llegó a usarse como símbolo, tal como lo representan algunos códices precolombinos. En el códice Fejérváry-Mayer (aproximadamente finales del siglo XV) se le asocia con el planeta Venus y su imagen aparece en casi todos los códices mayas, por mencionar algunos ejemplos. Con la llegada de los primeros europeos, la visión sagrada del tlacuache empezó a diluirse, lo que probablemente dio origen a la del rechazo. Animales como este, integrados en el imaginario indígena, fueron observados con extrañeza y clasificados a partir de comparaciones con lo ya conocido en Europa. Esta forma de entender lo nuevo —mediante la comparación y con asombro— modificó la percepción del marsupial.
Un ejemplo es el primer contacto documentado durante la expedición de Vicente Yáñez Pinzón alrededor del año 1500, quien capturó una hembra de tlacuache que más tarde sería descrita por el humanista italiano Pietro Martire d’Anglería. En su descripción se presenta como una criatura compuesta por partes de distintos animales: «cara de zorro, cola de mono, orejas de murciélago, manos de humano, pies de mono, que adondequiera que quiere ir lleva a sus crías en un vientre externo en forma de gran bolsa». Lo que escribió da cuenta del desconcierto que generaba el animal ante ojos europeos, pero también de su singularidad biológica. Por otro lado, no todas las crónicas se limitaron a este tono fantasioso. Diego de Landa, en su obra “Relación de las cosas de Yucatán” (1566), ofreció una visión más detallada, no solo de su aspecto físico, sino también de su comportamiento, ya que describió también su andar torpe, su constante apetito y sus hábitos nocturnos.
Esta conexión cultural con el tlacuache no ha desaparecido con el tiempo. A pesar de los cambios históricos, algunos pueblos indígenas mantienen una relación simbólica hasta hoy. Los Lacandones, por ejemplo, llaman chän och (pequeño tlacuache) a los bebés que aún están en el vientre materno. Consideran que, al nacer, los humanos perdemos nuestra cola, que dejamos de ser tlacuaches poco a poco hasta recibir un nombre y completar nuestra transformación. Esta visión ilustra una profunda conexión con el entorno, donde los animales no son seres ajenos, sino parte integral de la vida y la cultura.
A lo largo de la historia, como hemos visto, este pequeño mamífero ha sido protagonista de múltiples relatos: portador del fuego, embaucador astuto, ladrón del pulque y mezcal. Sin embargo, con el tiempo también ha sido señalado como un vecino incómodo, un animal sucio y acusado de robar animales domésticos. Esta dualidad, entre el mito y la marginalidad, ha marcado su relación con los humanos. Más allá de la tradición oral y escrita, este pequeño marsupial continúa cumpliendo un papel silencioso pero esencial en los ecosistemas que compartimos con él. Hay entornos humanos en los que especies como el tlacuache ha encontrado un nicho, es decir un rol ecológico, definido por lo que comen, su comportamiento y la adaptación que les permite coexistir en áreas rurales, periurbanas o urbanas. Un factor determinante en la supervivencia es su dieta, en este caso, si alguien es omnívoro ese es el tlacuache. Comen prácticamente todo lo que encuentran en su camino, desde frutas y semillas hasta insectos, pequeños vertebrados, carroña e incluso desperdicios humanos. Esta flexibilidad alimentaria no solo le permite vivir en selva o en la ciudad, sino que también los convierte en aliados ecológicos muchas veces invisibles: al comer fruta, dispersan semillas, al consumir residuos y restos orgánicos, contribuyen a la limpieza del entorno, al visitar flores o alimentarse de frutos, pueden transportar polen y contribuir sin saberlo a la polinización como ha sido reportado recientemente. Estas acciones, conocidas como servicios ecosistémicos, son fundamentales para mantener el equilibrio ambiental. Además, los tlacuaches forman parte de la red alimentaria, son presa de depredadores como búhos, coyotes y felinos silvestres, lo que contribuye a mantener relaciones funcionales dentro de la cadena trófica.
A pesar de su valor, este marsupial enfrenta amenazas constantes: atropellamientos, envenenamientos y agresiones motivadas por prejuicios y desinformación. En el tlacuache convergen funciones ecológicas clave, saberes tradicionales y mitos fundacionales. Su historia nos recuerda que los animales no son meros recursos ni enemigos, sino compañeros con los que compartimos territorio, cultura y destino.
Recuperar esta mirada, desde la ciencia y desde las memorias comunitarias es necesario, y es también una forma de imaginar un futuro sostenible para todos los seres que habitamos este planeta.
Therya ixmana 4(3):209-210
https://mastozoologiamexicana.com

1Grupo ciudadano Ooch. Mérida, Yucatán, México. paola.tenorio@correo.uady.mx (PAT-R), isolis@prepaiberomerida.edu.mx (GISD)
2Departamento de Biología Marina, Universidad Autónoma de Yucatán. Mérida, Yucatán, México.
*Autor de correspondencia