
Con motivo de la misión Artemis II y su exitosa conclusión, en Ciencia por México queremos resaltar un par de temas interesantes en torno a la investigación y a la exploración y explotación espacial. Para ello, charlamos con Beatriz Díaz Bravo y con Jesús Pérez Caballero, Investigadores por México y miembros de SIINTRACATEDRAS, para hablar sobre el pasado primigenio de la Luna, sobre el presente representado con la misión Artemis II y sobre el futuro, acerca de los planes terrestres para “conquistar” la Luna, sus recursos y más allá. Esta ha sido una charla sobre geología, geopolítica y sobre mucho humanismo, la cual se enmarca en el primer aniversario de Ciencia por México.
LA TIERRA Y LA LUNA: UNA HISTORIA GEOLÓGICA COMPARTIDA
Un evento cataclísmico dio origen a la Luna y, con ello, habría moldeado la vida en la Tierra. Planeta y satélite guardan una relación íntima, atestiguada desde sus entrañas rocosas. Beatriz Díaz, Investigadora por México adscrita al Instituto de Geología de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP), especialista en magmatismo interplaca y geoquímica, nos relata esta historia que se remonta a un pasado muchos eones atrás.
“La Luna comparte con la Tierra algunos rasgos, principalmente el origen”, explica. Lejos de ser un cuerpo aislado, nuestro satélite es, en muchos sentidos, un vestigio del pasado violento del planeta. Según detalla, ambos cuerpos comparten tipos de roca como los basaltos y las anortositas, evidencia de una evolución paralela que se remonta a miles de millones de años.
Estos materiales no son simples curiosidades científicas: “Sabemos que en la Luna tenemos basaltos y anortositas. Estos tipos de roca los trajimos a la Tierra en las misiones Apolo”. El basalto, una roca oscura rica en hierro y magnesio, domina tanto el fondo oceánico terrestre como los llamados “mares lunares”, esas manchas oscuras visibles a simple vista desde la Tierra. En México, añade, este tipo de roca puede encontrarse en volcanes como el Paricutín o el Xitle.

En contraste, las zonas claras de la Luna corresponden a las anortositas, ricas en plagioclasa, un mineral más ligero que flotó en el antiguo océano de magma lunar. “Estas partes claras… son las que a veces identificamos como el ‘hombre en la Luna’ o el ‘conejo’”, explica Beatriz Díaz, conectando la ciencia con el imaginario cultural.
Pero el vínculo más profundo entre ambos cuerpos se encuentra en su origen, descrito por una teoría fascinante, que a la vez hace volar la imaginación. “Ambas tienen un origen común en un evento catastrófico, el impacto de un planeta llamado Theia contra la Tierra”. Este choque, ocurrido hace más de 4,500 millones de años, dio lugar a la formación de la Luna. Investigaciones recientes sugieren incluso que fragmentos de ese planeta permanecen en el interior terrestre. “Esto significa que la Tierra no sólo formó la Luna, sino que además conserva fragmentos del planeta que la impactó”, añade.

La influencia lunar no se limita a lo geológico. También ha sido clave para la vida en la Tierra, explica. “Existe una teoría de que la producción de las mareas por parte de nuestro satélite es la culpable de que la vida marina saliera a la superficie”. Sin la Luna, sugiere, la evolución de la vida podría haber sido radicalmente distinta.
LA NUEVA CARRERA ESPACIAL: ENTRE COOPERACIÓN Y COMPETENCIA
Si la geología nos habla del pasado compartido entre la Tierra y la Luna, la geopolítica revela el futuro en disputa. Para Jesús Pérez Caballero, la misión Artemis II no puede entenderse sin su contexto histórico. El programa Artemis es la continuidad del programa Apolo (hermanos en la mitología), pero con una redefinición en el marco actual, refiere el académico adscrito a El Colegio de la Frontera Norte (Colef).
El doctor en seguridad internacional, recuerda que, durante la Guerra Fría, la carrera espacial fue una competencia simbólica entre Estados Unidos y la Unión Soviética, pero hoy, el escenario es más complejo. “Se plantea ya persistir en la presencia, tanto en la Luna como en la posibilidad de la explotación de asteroides”, explica. El objetivo ya no es solo llegar, sino quedarse.
Uno de los ejes centrales de esta nueva etapa es la reinterpretación del derecho espacial, como el Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967 estableció principios de cooperación y prohibió la apropiación soberana de cuerpos celestes. Sin embargo, iniciativas más recientes como los Acuerdos Artemis —impulsados por Estados Unidos— abren la puerta a la explotación de recursos. “Dejan la puerta abierta a que la explotación del recurso sea apropiable por quien lo explote”, señala el investigador del Departamento de Estudios Culturales del Colef.

Esto ha generado tensiones entre bloques. Por un lado, Estados Unidos y sus aliados promueven una mayor participación del sector privado —con empresas como la de Elon Musk, SpaceX— y una visión de la Luna como trampolín hacia Marte. Por otro, China y Rusia cuestionan esta interpretación, argumentando que podría derivar en una apropiación de facto.
La Luna se convierte así en un espacio estratégico, puesto que el hecho de establecer allí una presencia implica logística, nodos, protocolos, explica. Además, su valor militar no es menor: bases lunares podrían funcionar como puntos de observación privilegiados. A esto se suma el interés por recursos como el agua congelada o minerales aún por explorar.
Jesús Pérez advierte que esta dinámica podría escalar incluso a niveles militares. En este contexto, la exploración espacial se asemeja cada vez más a una extensión de las rivalidades terrestres.
HUMANIDAD CONTRADICTORIA.
Más allá del entusiasmo tecnológico, ambos entrevistados coinciden en la necesidad de una mirada crítica. Para Beatriz Díaz, la exploración espacial está atravesada por una contradicción fundamental, casi como ocurrió con el Apolo 8 hace cerca seis décadas. “Es un logro extraordinario de la humanidad, pero también es lamentable que siempre se desarrolla en el contexto de querer demostrar una superioridad”.
La científica plantea una pregunta incómoda: “¿qué dice de nosotros como sociedad poder mirar tan lejos mientras aquí en la Tierra estamos destruyendo nuestro propio planeta?”. En un contexto de crisis ambiental, desigualdad y conflictos, el contraste es evidente.
“Hoy mismo la humanidad es capaz de llegar a la Luna, pero enfrenta crisis profundas en la Tierra”, añade. Desde la explotación de recursos hasta políticas energéticas cuestionables, Beatriz vincula la lógica de la carrera espacial con los mismos problemas que afectan al planeta. “La exploración espacial no tendría que estar separada del cuidado de la Tierra”, afirma.
Jesús Pérez, por su parte, advierte sobre el componente cultural e ideológico de esta nueva etapa. “Se nos lleva preparando para esto décadas”, dice, señalando la influencia de industrias como Hollywood en la construcción de un futuro donde la expansión espacial parece inevitable.

“Tenemos que estar en alerta para no entender esta especie de falso progreso”. La carrera espacial, sostiene, puede reproducir desigualdades y conflictos si no se replantea desde una lógica cooperativa, agrega. “No soy optimista, porque cuando los gobiernos tienen este maximalismo de que hay que llegar a este lugar antes que el otro, lo primero que se hace es arreglar de alguna manera, más pronto o más tarde, los problemas más complejos”.
Ambos entrevistados coinciden en que la Luna no debe ser sólo un nuevo territorio de explotación, sino también un espejo. Un recordatorio de la fragilidad de la Tierra y de la responsabilidad colectiva. Como concluye Beatriz: “Yo preferiría siempre poder vivir y habitar este planeta, es único, es frágil, es momento de revalorizarlo”.
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