
La película “La Vache” (2016), dirigida por el director franco-argelino Mohamed Hamidi, relata la historia de un pastor que tiene una relación muy profunda con su vaca, la única que tiene y que para él es la vaca más maravillosa del mundo. La comedia franco-belga relata este vínculo y amistad que establece con la rumiante a quien quiere llevar a un concurso a París. En ese trayecto sucede una historia que va más allá de los personajes y simboliza un viaje hacia algo más profundo, señala la bióloga Rocío Santos Gali.
“El transitar de este hombre con su vaca me recuerda mucho el tránsito de la humanidad con la domesticación de los animales. Hay que tener presente que el humano es humano por esta relación con otros animales”, añade la académica, quien en entrevista con Ciencia por México nos platica sobre su investigación relacionada con la única ganadería que debería existir: la sostenible.
Particularmente, en México la transición hacia una ganadería sostenible pasa necesariamente por replantear la manera en que históricamente se ha producido alimento en el campo. Para la especialista en sistemas silvopastoriles, el problema más importante no es la ganadería en sí misma, sino el modelo extensivo que durante décadas ha transformado selvas y bosques en grandes superficies de pastoreo degradado.
“Esta ganadería ha sido una ganadería expansiva, en el sentido de que ocupa áreas que anteriormente eran de vegetación nativa”, apunta la Investigadora por México adscrita al Instituto de Ecología de la UNAM. Tan sólo en el estado de Veracruz –donde lleva a cabo buena parte de su investigación y donde se concentra uno de los mayores números de cabezas de ganado del país–, el crecimiento de esta actividad implicó la remoción masiva de ecosistemas enteros para sembrar pastos destinados a alimentar vacas.
Las consecuencias ambientales han sido profundas: reducción y contaminación de cuerpos de agua, la compactación de los suelos, la pérdida de árboles y el aumento de temperatura en las zonas ganaderas. A ello se suma el estrés fisiológico que sufren los animales al permanecer bajo altas temperaturas y con poca sombra. “Este estrés calórico hace que se reduzca la producción”, señala. “La cantidad de leche que puede producir una vaca o la cantidad de peso que puede ganar un animal disminuye dadas las condiciones en las que se encuentra”.
Paradójicamente, este modelo extensivo resulta poco eficiente, puesto que los animales necesitan grandes extensiones de tierra, pero la productividad disminuye conforme los suelos se degradan y el sobrepastoreo elimina la capacidad natural de recuperación de la vegetación. Para mantener la producción, entonces, la frontera agropecuaria continúa expandiéndose.

SISTEMAS SILVOPASTORILES.
Frente a este escenario, la científica y otros especialistas trabajan en una alternativa: la ganadería sostenible basada en sistemas silvopastoriles intensivos. La idea central es recuperar la diversidad vegetal en los espacios ganaderos y convertir el paisaje en un ecosistema funcional que beneficie simultáneamente al ambiente, a los animales y a las personas.
“Estamos transitando hacia una ganadería sostenible que tiene que ver con la implementación de diferentes estratos de vegetación”, explica. Esto significa que las vacas no sólo se alimentan de pastos, sino también de arbustos y árboles cuidadosamente seleccionados.
El sistema silvopastoril incorpora tres componentes principales: pastos, arbustos forrajeros y árboles. Los arbustos aportan proteínas y nutrientes adicionales; los árboles generan una “sombra difusa” que protege del calor sin impedir el crecimiento de la vegetación inferior. La combinación crea un microclima más estable y reduce el estrés calórico del ganado.
“Es como cuando nosotros comemos una ensalada. No comemos nada más hojas de lechuga, a veces lo combinamos con otras cosas”. De la misma manera, las vacas evolucionaron alimentándose de distintas especies vegetales y no exclusivamente de pastos, como ocurre en muchos modelos modernos de producción.
El sistema también modifica la organización espacial de los ranchos, puesto que, en lugar de dejar a los animales en enormes áreas abiertas, los potreros se dividen en secciones más pequeñas para permitir rotaciones. “Aquí es divide y ganarás”. La lógica consiste en mover al ganado periódicamente para evitar el sobrepastoreo y permitir que la vegetación se regenere.
Otro cambio importante es la gestión del agua, ya que en los sistemas tradicionales, los animales suelen entrar directamente a ríos, lagunas o manantiales, lo que provoca erosión y contaminación. En los modelos sostenibles, el agua llega a los animales mediante redes hidráulicas instaladas dentro del rancho. “Los animales no tienen que ir al agua, sino el agua a los animales”.
Además de mejorar el bienestar animal, esta reorganización del paisaje permite liberar zonas ambientalmente frágiles. Rocío enfatiza que muchas áreas con pendientes pronunciadas nunca debieron utilizarse para el ganado. Una vaca de más de cuatrocientos kilos caminando sobre laderas compacta el suelo y favorece deslaves y escorrentías. Por ello, parte del trabajo consiste en restaurar ecológicamente esas regiones mediante la plantación de árboles nativos.
“Esas áreas que no deben de ser ocupadas por los animales se restauren ecológicamente para producir otra vez el beneficio del funcionamiento del ecosistema como era naturalmente”.
GIRASOLES PARA LAS VACAS.
La selección de especies vegetales depende de las condiciones ecológicas de cada región. No existe una receta universal. “Cada lugar es único”, explica Rocío, “en cuanto a la diversidad de especies, la cantidad de lluvia y el clima”.
En la región de Los Tuxtlas, Veracruz, donde predominan ambientes tropicales húmedos, el equipo trabaja con el llamado girasol mexicano, conocido científicamente como Tithonia diversifolia. Se trata de una planta arbustiva de rápido crecimiento y alto contenido proteico que soporta grandes cantidades de humedad y abundante radiación solar.
En zonas más secas, como partes de Michoacán, utilizan especies distintas. Una de las más importantes es la leucaena o guaje, una leguminosa ampliamente conocida en la gastronomía mexicana. “Oaxaca viene de la palabra guaje”, recuerda la investigadora, aludiendo a la abundancia histórica de esta especie en ese estado.

La leucaena cumple múltiples funciones: sirve como alimento para el ganado, genera sombra y mejora la fertilidad del suelo. Sus raíces albergan bacterias del género Rhizobium, capaces de fijar nitrógeno atmosférico y transferirlo al suelo, enriqueciendo así el crecimiento de los pastos.
En el norte del país también emplean mezquite, otro árbol leguminoso adaptado a ambientes áridos. “Da una sombra muy difusa”, explica Rocío, y ayuda a mantener condiciones favorables para el crecimiento de la biomasa vegetal.
La investigación de Rocío no se ha limitado al diseño teórico de estos sistemas. Durante casi una década ha trabajado directamente en campo con productores de Veracruz, particularmente en la región cercana a Catemaco, para resolver problemas prácticos relacionados con el establecimiento del girasol mexicano.
Uno de los principales obstáculos era la germinación de las semillas. En otros países apenas se alcanzaban tasas cercanas al 19 por ciento, por lo que la planta se propagaba mediante esquejes o fragmentos del tallo. El equipo de Rocío descubrió que las semillas poseen un periodo de latencia: necesitan almacenarse algunos meses antes de germinar adecuadamente.
“Alcanzamos germinaciones del 90 por ciento”, explica con orgullo. Este hallazgo permitió desarrollar métodos más eficientes y económicos para sembrar grandes extensiones.
El impacto práctico fue considerable, debido a que transportar semillas resulta mucho más sencillo que mover toneladas de esquejes vegetativos; adicionalmente, la académica y sus estudiantes elaboraron manuales y talleres para capacitar directamente a productores rurales.
“Siempre hemos trabajado de manera transdisciplinaria con la gente”, puntualiza. “Hacemos talleres en el campo para saber cuáles son sus expectativas de sus ranchos”. El objetivo, dice, es que las comunidades participen activamente en el diseño de la transición hacia modelos sostenibles.
Los resultados han sido alentadores. Uno de los aspectos más importantes es la mejora en la calidad nutricional del alimento. Mientras un pasto convencional contiene alrededor de ocho por ciento de proteína, el girasol mexicano alcanza cerca del 28 por ciento.
“Ya esos niveles nos están hablando de una alimentación de mejor calidad para los animales”, afirma.
SALUD ANIMAL.
La mejora nutricional tiene consecuencias adicionales. De acuerdo con los modelos desarrollados por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), una dieta más rica reduce las emisiones de metano producidas por el ganado. Cuando los animales consumen alimentos de mayor calidad, el proceso digestivo en el rumen genera menos gases de efecto invernadero.
Pero quizá uno de los hallazgos más sorprendentes surgió en torno a la salud animal. Rocío Santos relata el caso de un productor cuyas vacas padecían mastitis, una inflamación de las ubres causada frecuentemente por infecciones bacterianas. Cerca del 70 por ciento de sus animales sufrían el problema. Tras incorporar el girasol mexicano en la dieta, la situación cambió radicalmente. “Disminuyó la mastitis a cero”, asegura.
Más allá de la productividad, la investigadora insiste en que el debate sobre la ganadería debe centrarse en el bienestar integral del ecosistema. Los sistemas silvopastoriles no sólo buscan producir carne o leche; también restauran paisajes, regulan el clima local, recuperan fuentes de agua y generan entornos más habitables.
“Estamos pensando en un paisaje que es también benéfico para el humano”, afirma. Frente a los terrenos deforestados y áridos de la ganadería extensiva, estos sistemas ofrecen espacios con árboles, sombra y temperaturas más moderadas.
La investigadora reconoce que la ganadería ha sido señalada globalmente por sus impactos ambientales, pero considera que es necesario distinguir entre distintos modelos productivos. “Es cierto”, dice sobre las críticas, “pero es un tipo de ganadería. Otro tipo de ganadería es posible”.
A su juicio, ni la ganadería extensiva tradicional ni los grandes corrales de engorda industriales representan una solución sostenible. En los “feedlots”, advierte, los animales viven hacinados y son más vulnerables a enfermedades y condiciones de estrés severo.
Por ello, considera indispensable transitar hacia sistemas silvopastoriles capaces de equilibrar producción alimentaria, bienestar animal y conservación ambiental. “Puede haber un bienestar para el ecosistema, un bienestar para los humanos y evidentemente un bienestar para los animales”, resume.
De regreso a su comentario sobre el filme referido, Santos Gali enfatiza que nuestro vínculo con las especies que hemos domesticado nos debe de sensibilizar y aumentar la empatía con ellas. “También pensar que su bienestar es algo que nos va a dejar bastante más tranquilos al momento de tener que alimentarnos porque al final, sin la proteína que nos han aportado la evolución del ser humano no sería como la conocemos”.
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