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El biocarbón aprovecha residuos orgánicos, mejora propiedades del suelo y ofrece una alternativa prometedora, aunque requiere manejo cuidadoso y evaluación local para productores agrícolas mexicanos

¿Cómo se come el biocarbón?

Inecol Figura 1. Ciclo de producción de biocarbón con rastrojo de maíz. Realizado con ilustraciones de María Teresa Jiménez Segura.

En el menú de las soluciones sostenibles, cada tanto aparece un ingrediente de moda. Primero nos hablaron de biocombustibles, luego de envases biodegradables y, en años recientes, del biocarbón. El nombre despierta curiosidad: suena a algo que nadie pediría en un restaurante. De ahí la pregunta: ¿cómo se come eso? En realidad, no se come. Se produce y, si se maneja con criterio, puede incorporarse al suelo como una herramienta para aprovechar residuos orgánicos y mejorar algunos procesos agrícolas.

El biocarbón, o biochar, es un material rico en carbono que se obtiene al calentar residuos orgánicos con poco oxígeno mediante un proceso denominado pirólisis. Dicho sin bata de laboratorio, es una forma de “quemar sin quemar”: no es una fogata ni una quema a cielo abierto, sino una transformación térmica controlada. Como materia prima pueden usarse rastrojos, podas, madera, pajas, restos agroindustriales, excretas de animales y otros residuos que, con frecuencia, terminan acumulados, desaprovechados o quemados de manera poco conveniente (Figura 1).

Pero no todos los biocarbones son iguales. Sus propiedades dependen de la materia prima, la temperatura, el tiempo de pirólisis y el manejo previo del residuo. El biocarbón producido a partir de madera puede desarrollar muchos poros pequeños y una gran superficie interna; mientras que el que se produce a partir de paja o rastrojo puede comportarse de manera distinta frente a los nutrimentos (Figura 2); y otros más derivados de residuos animales pueden aportar más nitrógeno o potasio. Hablar de “el biocarbón” como si fuera un producto único es como hablar de “la comida” sin distinguir entre sopa, tortilla y mole.

La porosidad es una de sus cualidades más valiosas, si observamos muy de cerca, una partícula de biocarbón puede comportarse como una esponja de carbono. Sus poros ayudan a retener agua y nutrimentos, y también ofrecen refugios microscópicos para bacterias y hongos del suelo. Esto importa porque un suelo sano no es sólo polvo con minerales: es un sistema vivo donde raíces, microorganismos, aire, agua y materia orgánica interactúan todo el tiempo.

Inecol Figura 2. Representación microscópica de una partícula de biocarbón. a) Biocarbón producido con madera a “alta” temperatura con mayor cantidad de microporos. b) Biocarbón de rastrojo de maíz a “baja” temperatura con macroporos. Realizado con ilustraciones de María Teresa Jiménez Segura.

La temperatura de producción también cambia la receta (Figura 2). A temperaturas bajas pueden conservarse compuestos más lábiles, algunos útiles y otros potencialmente problemáticos si el material se aplica sin manejo adecuado; mientras que a temperaturas muy altas, el proceso puede orientarse más a generar gases, aceites o energía, que a producir una enmienda agrícola. Para suelos, suelen buscarse condiciones intermedias que equilibren rendimiento, estabilidad y funcionalidad. En pocas palabras: no basta con hacer carbón; hay que producir el biocarbón correcto para el suelo correcto.

¿Y qué puede hacer cuando llega al campo? En ciertos suelos, algunos biocarbones pueden reducir la acidez, aumentar el carbono orgánico, mejorar la retención de humedad y favorecer la disponibilidad o conservación de nutrimentos. También se ha observado que pueden estimular la actividad microbiana y disminuir pérdidas de nitrógeno por volatilización o lixiviación; es decir, ayudan a que algunos nutrimentos no se escapen tan fácilmente al aire o con el agua.

En las plantas, los resultados también son prometedores, aunque no automáticos. En algunos cultivos se han reportado mejoras en germinación, crecimiento vegetativo y tolerancia frente a ciertos tipos de estrés. Además, el biocarbón ha despertado interés en la remediación ambiental, porque algunos materiales pueden inmovilizar contaminantes o elementos potencialmente tóxicos, reduciendo su disponibilidad para las plantas. Adicionalmente, como parte de su carbono es relativamente estable, también se discute su posible contribución al almacenamiento de carbono en el suelo.

Inecol. Figura 3. Fenómeno de hormesis: dosis bajas del agente provocan una estimulación en el crecimiento de la planta, mientras que dosis más elevadas lo inhibe. Fotos de César Figueroa.

Hasta aquí, el biocarbón suena como el invitado perfecto. Entonces, ¿por qué no se usa en todos lados? Porque todavía no existe una receta universal. La literatura científica muestra respuestas positivas, neutras e incluso negativas. En dosis pequeñas, ciertos biocarbones pueden estimular algunos procesos; en dosis altas, pueden inhibir la germinación o el crecimiento. A este comportamiento se le conoce como hormesis: poco puede ayudar, mucho puede estorbar (Figura 3). Traducido al campo, aplicar más no siempre significa aplicar mejor.

A esa variabilidad se suman otros retos: costos de producción poco claros, falta de evaluaciones locales y poca comunicación fuera del ámbito especializado. El conocimiento no debería quedarse sólo en artículos, congresos o laboratorios. Para que el biocarbón sea útil, debe hablar el idioma del productor: cuánto cuesta, cómo se hace, dónde se aplica, cuánto se usa y qué beneficios reales puede ofrecer en un suelo determinado.

Una ruta prometedora es combinar biocarbón con biofertilizantes (ej. composta o vermicomposta). Estas mezclas pueden mejorar su desempeño y facilitar su incorporación al manejo agrícola, sin sustituir de golpe las prácticas ya conocidas. La recomendación debe construirse caso por caso: qué residuo se transforma, bajo qué condiciones, en qué suelo, con qué cultivo, en qué dosis y con qué propósito.

Más que una moda, el biocarbón es una alternativa en construcción. No debe venderse como polvo mágico, pero tampoco descartarse como ocurrencia pasajera. Su valor radica en ayudarnos a elegir mejor el destino de los residuos orgánicos y así mejorar la salud de los suelos. La pregunta de fondo no es si sirve o no sirve, sino cuál biocarbón conviene producir, para qué suelo y en qué condiciones. Ahí está la verdadera receta. Y ahora sí: así se “come” el biocarbón.

Fuentes de consulta

Castillo-Paredes, D., Gaona-Chanalata, J., & Barrezueta-Unda, S. (2022). Construcción y validación de un reactor de pirólisis para la obtención de biocarbón. Conference Proceedings (Machala), 6(1).

Escalante Rebolledo, A., Pérez López, G., Hidalgo Moreno, C., López Collado, J., Campo Alves, J., Valtierra Pacheco, E., & Etchevers Barra, J. D. (2016). Biocarbón (biochar) I: naturaleza, historia, fabricación y uso en el suelo. Terra Latinoamericana, 34, 367-382.

Joseph, S., et al. (2021). How biochar works, and when it does not: A review of mechanisms controlling soil and plant responses to biochar. GCB Bioenergy, 13, 1731-1764. https://doi.org/10.1111/gcbb.12885

Pérez-Cabrera, C. A., Juárez-López, P., Anzaldo-Hernández, J., Alia-Tejacal, I., Salcedo-Pérez, E., & Balois-Morales, R. (2021). Beneficios potenciales del biocarbón en la productividad de cultivos agrícolas. Revista Mexicana de Ciencias Agrícolas, 12(4), 713-725. https://doi.org/10.29312/remexca.v12i4.2542

Este trabajo forma parte del proyecto apoyado por la SECIHTI al INECOL (PEE-2025-G-503). Proyecto de Investigación Científica y Humanística en Ejes Estratégicos “Alternativas para incrementar la productividad y calidad de diferentes razas de maíz mediante la aplicación de antrosol elaborado a partir de vermicomposta del sustrato residual del champiñón y biochar de residuos orgánicos locales”.

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