
El pensamiento de Jean-Paul Sartre nos enfrenta a un espejo incómodo, especialmente cuando lo trasladamos al ámbito de las aulas. Tradicionalmente, la escuela se ha concebido como un refugio de respuestas correctas y certezas programadas, sin embargo, una verdadera educación de corte sartreano no busca la comodidad del alumno, sino todo lo contrario: provocar una profunda incomodidad educativa.
Educar, desde esta perspectiva, no es adoctrinar ni transmitir conocimientos estáticos, sino enseñar a tomar decisiones. Es ahí donde radica el verdadero conflicto, porque el ser humano está condenado a ser libre porque tiene que elegir, incluso cuando no quiere.
Esa toma de decisiones debiera ser la llave maestra hacia la libertad, pero en el universo de Sartre, la libertad no es una recompensa idílica; es una condena.
Cuando el proceso educativo no prepara adecuadamente a los estudiantes para gestionar este peso, la libertad se transforma en una fuente asfixiante de ansiedad, presión y duda constante. Elegir implica renunciar, y renunciar duele. En el momento en que un joven se descubre frente a un abanico infinito de posibilidades sin un guion preestablecido, el suelo tiembla.
Esta angustia nace de una verdad radical: todo lo que se hace es responsabilidad absoluta del individuo. En la escuela, y no es el único ámbito en que sucede, solemos buscar culpables —el sistema, los profesores, la dificultad del examen— para evadir la autoría de nuestra propia vida. Pero el existencialismo destruye esos pretextos. Cada estudiante debe comprender que incluso la parálisis, el silencio o el negarse a elegir es, en sí mismo, una elección. No decidir es decidir dejar que otros elijan por ti, y la responsabilidad de esa sumisión sigue siendo tuya. No hay refugio posible tras la ignorancia o la apatía.
Si no logramos permear esta incómoda realidad a las nuevas generaciones, las condenamos a un limbo peligroso, un limbo habitado por adultos infantilizados que buscan permanentemente directrices externas, incapaces de asumir las consecuencias de sus actos y presas fáciles del autoengaño o la “mala fe”.
Los niños y jóvenes de hoy necesitan aprender a habitar la incertidumbre, se les debe enseñar, desde la infancia, que aceptar la libertad es aceptar el peso de la propia existencia.
Construir la propia vida no es un juego de manualidades con instrucciones precisas; es un acto de creación absoluto y, a menudo, solitario.
La incomodidad educativa no debe ser evitada mediante el paternalismo, sino abrazada como el motor indispensable del crecimiento. Solo al confrontar a las nuevas generaciones con la angustia de su propia libertad les permitiremos madurar. Al final del día, la educación no tiene como fin hacer la vida más fácil o predecible, sino formar seres humanos lo suficientemente enteros como para sostener el peso de sus elecciones y comprender, de una vez por todas, que cada uno es el único arquitecto de su propio destino pero no como cliché barato, sino como actitud de vida.
Nos falta corregir muchas cosas, una buena forma de iniciar implicaría, por ejempo, no complacer a los hijos en todo; hoy, un niño de 10 años le dice al padre en que escuela quiere ir, y acaba saléndose con la suya.
Ejemplos así hay muchos, ¿Cómo esperamos que la gente crezca? Imposible.
*Catedrático de posgrado en la Universidad del Tepeyac
davidalejandrodiaz7@gmail.com