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Cuando la movilidad se restringió y el acceso a alimentos se volvió incierto, el monte, entendido como espacio natural circundante a las comunidades rurales que incluye selvas, acahuales y áreas de uso común donde se desarrollan prácticas tradicionales como la cacería y la recolección, proporcionó proteína animal y jugó un papel central en la subsistencia de muchas familias campesinas

Cuando el monte alimenta: subsistencia durante la pandemia

Therya ixmana Entre las especies más aprovechadas destacaron mamíferos como el venado cola blanca (Odocoileus virginianus) y el armadillo (Dasypus mexicanus) y aves como la pava cojolita.

En las comunidades rurales del sureste de México, la fauna silvestre no es solo forma parte del paisaje; es alimento, conocimiento y una estrategia de vida profundamente arraigada. A estas especies de fauna silvestre se les llama comúnmente “carne de monte”. En regiones tropicales del mundo se ha documentado ampliamente que la carne de monte constituye una fuente clave de proteína animal para poblaciones rurales. Esta dependencia tiende a intensificarse en contextos de crisis, cuando los sistemas alimentarios convencionales fallan. La pandemia por COVID-19 representó uno de esos momentos críticos, poniendo a prueba la resiliencia de las comunidades rurales y su relación histórica con los recursos naturales.

                 En un estudio reciente realizado en comunidades del sureste de México durante el periodo más crítico de la pandemia y los meses posteriores, a través de entrevistas con campesinos-cazadores y registros participativos de las salidas de caza, se entrevistó a más de un centenar de personas, en su mayoría jefes de familia, con fuerte arraigo comunitario y experiencia en el manejo del monte. A lo largo de casi tres años se registraron más de 300 salidas de caza, con la obtención de cerca de 300 animales silvestres de distintas especies. La carne obtenida se destinó casi en su totalidad al autoconsumo familiar, lo que confirma que, durante la pandemia, la cacería funcionó principalmente como una estrategia alimentaria, más que como una actividad comercial.

Entre las especies más aprovechadas destacaron mamíferos como el venado cola blanca (Odocoileus virginianus) y el armadillo (Dasypus mexicanus) y aves como la pava cojolita (Penelope purpurascens) y el faisán (Crax rubra), animales tradicionalmente consumidos en la región. En conjunto, estas presas aportaron más de seis toneladas de biomasa, lo que permitió a muchas familias enfrentar los periodos más restrictivos del confinamiento sin depender completamente de alimentos externos.

                 Un patrón interesante fue que, aunque el número de animales cazados disminuyó con el paso de los años, la cantidad total de carne obtenida se mantuvo relativamente estable. Esto sugiere que los campesinos ajustaron su esfuerzo de caza y la selección de presas conforme se modificaban las condiciones sociales y económicas, manteniendo la cacería como una fuente constante de alimento.

                 La modalidad de cacería individual fue ampliamente predominante. Para los campesinos, salir solos al monte no solo es una práctica culturalmente aceptada, sino también una estrategia eficiente y segura. Durante la pandemia, esta modalidad adquirió un valor adicional, ya que reducía el contacto con otras personas y, por lo tanto, el riesgo de contagio.

                 Muchos entrevistados señalaron que dedicaron más tiempo a la cacería durante los meses más duros de la pandemia. Sin embargo, también reconocieron que con el paso del tiempo comenzaron a percibir una menor disponibilidad de presas, lo que atribuyeron tanto a la presión de caza como a la transformación del hábitat.

                 Un aspecto preocupante fue el registro aislado de caza de especies con algún grado de protección legal o alta relevancia ecológica. Estos eventos, aunque no representativos de la práctica cotidiana, reflejan un contexto de escasa vigilancia ambiental durante la pandemia, cuando muchas instituciones redujeron su presencia en campo, aunado también a que son especies potenciales para el comercio clandestino. Este escenario pone de manifiesto la necesidad de fortalecer estrategias de conservación que consideren las realidades locales, especialmente en momentos de crisis. Ignorar el papel de la fauna silvestre en la subsistencia rural puede conducir a enfoques poco realistas y socialmente conflictivos.

                 Para los campesinos-cazadores, la cacería no es solo una forma de obtener alimento, sino también un conocimiento que se transmite entre generaciones. La mayoría expresó el deseo de que sus hijos aprendan a cazar, aunque también reconocen que las nuevas generaciones muestran intereses distintos y una relación diferente con el monte.

                 Esta transición generacional plantea retos importantes para el futuro de la cacería de subsistencia y para el manejo comunitario de la fauna silvestre, especialmente en regiones donde el conocimiento local ha sido clave para el uso sostenible de los recursos.

                 La pandemia por COVID-19 dejó claro que la cacería de subsistencia puede funcionar como un mecanismo de amortiguamiento social y alimentario en comunidades rurales. Lejos de ser una práctica marginal, la carne de monte se reafirmó como un recurso estratégico en contextos de crisis.

                 Reconocer este papel es fundamental para diseñar políticas de conservación más justas y efectivas, que integren el conocimiento local y fortalezcan la resiliencia comunitaria sin comprometer la biodiversidad. En tiempos de incertidumbre, el monte volvió a alimentar, recordándonos que la relación entre las personas y la fauna silvestre sigue siendo vital en el sureste mexicano. Finalmente, comprender el papel que tuvo la cacería de subsistencia durante la pandemia por COVID-19 permite dimensionar la estrecha relación entre la fauna silvestre y la seguridad alimentaria en comunidades rurales del sureste de México. Más allá de una práctica tradicional, la carne de monte funcionó como un recurso clave para enfrentar una crisis sin precedentes.

                 Integrar este conocimiento en estrategias de conservación y gestión territorial es fundamental para fortalecer la resiliencia comunitaria, reducir conflictos socioambientales y avanzar hacia esquemas de manejo de la fauna que reconozcan tanto su valor ecológico como social.

Therya ixmana 5(1):39-40

https://mastozoologiamexicana.com

Marcos Briceño-Méndez*1,2 y Salvador Montiel1

1Departamento de Ecología Humana, Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional, Unidad Mérida. Mérida, Yucatán, México.

marcos.briceno@cinvestav.mx (MB-M), montiels@cinvestav.mx (SM),

2Tecnológico Nacional de México. Instituto Tecnológico Superior del Sur del Estado de Yucatán. Oxkutzcab, Yucatán, México.

*Autor de correspondencia

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