
Mientras los estadios se llenan, las transmisiones baten récords de audiencia y los gobiernos celebran la llegada de millones de visitantes, el Mundial de Futbol 2026 también está revelando una serie de tensiones que difícilmente caben en el relato oficial de la fiesta deportiva.
Detrás de los goles, las ceremonias y el espectáculo mediático, emergen preguntas incómodas sobre migración, derechos humanos, protesta social y el papel político que desempeñan los grandes eventos deportivos. La inauguración y partido inicial en el Estadio “Azteca” vio una movilización social que no escapó a las redes sociales y la mediatización; en tanto, en EU se vive la fiesta deportiva en tanto las tensiones bélicas persisten en Medio Oriente.
Para el investigador Erick Galán Castro, adscrito al Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana, el Mundial se ha convertido en un escenario privilegiado para observar una vieja paradoja: la distancia entre el discurso que presenta al deporte como un vehículo natural para la paz y las realidades sociales y políticas que rodean su organización.
PROMESA DE PAZ.
Desde hace décadas, organismos deportivos internacionales han promovido la idea de que el futbol trasciende fronteras, culturas e ideologías. La narrativa se repite en cada edición mundialista: el deporte une a los pueblos, fomenta el entendimiento y construye puentes donde existen conflictos.
Sin embargo, Galán advierte que esta visión suele simplificar procesos mucho más complejos. “Tenemos la gran paradoja entre un discurso que nos habla acerca de cómo el deporte tiene un potencial intrínseco para la paz, para la cooperación y para el juego limpio”.
La contradicción se vuelve especialmente visible en el contexto actual, mientras la FIFA y su presidente, Gianni Infantino, presentan el torneo como una celebración de la diversidad y la inclusión, el Mundial se desarrolla en medio de conflictos internacionales, restricciones migratorias y crecientes tensiones políticas.
Uno de los episodios que mejor ejemplifica esta situación fue la controversia generada por la negativa de ingreso a territorio estadounidense del árbitro somalí Omar Abdülkadir o las hostilidades contra la selección iraní.
Para el Investigador por México, estos acontecimientos obligan a cuestionar la idea de que el deporte puede mantenerse completamente aislado de la política. “La narrativa del futbol como generador de paz se pone a prueba cuando observamos conflictos internacionales, restricciones migratorias o decisiones que contradicen precisamente los valores que se dice promover”.
EU COMO ANFITRIÓN.
La Copa del Mundo representa también una oportunidad política para los gobiernos anfitriones. En el caso estadounidense, sostiene Galán, el torneo funciona como un recurso simbólico capaz de fortalecer determinadas narrativas oficiales.
“Estamos viendo que tanto por un lado esta narrativa de que el fútbol genera paz, como la necesidad de despolitizar el deporte, terminan contribuyendo a que esa visión sea utilizada por gobiernos como el de Donald Trump”.
El investigador considera que existe una tendencia a presentar el Mundial como un espacio neutral, ajeno a los conflictos sociales. Bajo esta lógica, cualquier protesta o cuestionamiento es interpretado como una amenaza para el éxito del evento o para los beneficios económicos asociados a él.
“Hay una idea muy fuerte de que ya tenemos aquí un Mundial y hay que evitar la protesta porque genera ganancias económicas. Entonces se construye una narrativa donde cuestionar ciertas problemáticas parece ir contra el interés colectivo”, explica.
Esta situación produce, añade, una desigualdad en las reglas del debate público. Mientras los gobiernos cuentan con plataformas privilegiadas para difundir mensajes optimistas sobre el torneo, quienes denuncian violaciones a derechos humanos o señalan contradicciones enfrentan mayores exigencias para ser escuchados.

“A los movimientos sociales se les pide pruebas específicas para demostrar que existe un problema. En cambio, cuando los gobiernos dicen que todo está bien y que este es el mejor Mundial de la historia, eso suele aceptarse sin mayores cuestionamientos”, sostiene.
La consecuencia es una especie de blindaje discursivo que protege la imagen del evento y desplaza hacia los márgenes las voces críticas.
MOVILIZACIÓN SOCIAL EN MÉXICO.
Si Estados Unidos enfrenta cuestionamientos relacionados con la migración y la exclusión, en México las tensiones se concentran principalmente en torno a las demandas de justicia de colectivos de familiares de personas desaparecidas.
Desde antes de la inauguración del torneo, diversas organizaciones aprovecharon la atención mediática global para visibilizar una crisis que continúa afectando a miles de familias mexicanas.
Para Galán, estas movilizaciones han cumplido una función fundamental: mostrar aquello que normalmente permanece oculto detrás del espectáculo deportivo.
Las protestas, explica, “evidencian las costuras del performance del Mundial”. Es decir, muestran que detrás de la imagen de inclusión, diversidad y celebración persisten problemas estructurales que no desaparecen con la llegada de un megaevento internacional.
Lo interesante, añade, es que los movimientos sociales han encontrado formas innovadoras de intervenir en la conversación pública sin rechazar necesariamente el futbol.
“Han aprovechado de manera creativa esta oportunidad para seguir hablando de deporte y seguir hablando de su protesta”, señala.
Algunos colectivos han organizado partidos de futbol en espacios públicos o actividades simbólicas que incorporan elementos propios del torneo para llamar la atención sobre la desaparición de personas.
“No es que estén en contra del deporte. Lo que buscan es visibilizar un problema lacerante que sigue existiendo”, explica.

Esta combinación entre protesta y cultura futbolística ha permitido construir nuevas narrativas capaces de escapar de la falsa dicotomía entre celebrar el Mundial o denunciar los problemas sociales.
Más que dos discursos enfrentados, Galán observa un proceso de negociación simbólica donde ambos elementos conviven y compiten por la atención pública.
DESPUÉS DEL MUNDIAL.
La verdadera dimensión política del Mundial probablemente se conocerá cuando termine el torneo y desaparezcan las luces de los estadios.
En México, Galán considera que el gobierno enfrenta una prueba particularmente compleja. La situación recuerda, en cierta medida, otros momentos históricos en los que el país organizó una Copa del Mundo bajo condiciones de fuerte tensión social.
En 1970, el recuerdo de la represión estudiantil de 1968 seguía presente. En 1986, el país aún enfrentaba las consecuencias políticas del terremoto de 1985 y las críticas por la respuesta gubernamental.
Ahora, señala el investigador, los desafíos son diferentes pero igualmente significativos.
“Hay una encrucijada muy fuerte entre el carácter popular del fútbol y la necesidad de atender demandas sociales que no son nuevas”, afirma.
Entre esas demandas destacan la crisis de desapariciones, la atención a víctimas y los debates sobre el sistema de pensiones. A ello se suma un factor adicional: la cercanía de nuevos procesos electorales.
“El gobierno tiene que tratar de mostrarse cercano a la gente y también cercano a las demandas sociales, sin parecer que está ignorando ninguna de las dos cosas”, explica.
En Estados Unidos, el panorama parece distinto. Galán duda que el gobierno tenga incentivos suficientes para flexibilizar sus políticas migratorias o modificar sustancialmente su postura frente a los cuestionamientos que han surgido durante el torneo.
“No estoy muy seguro de que quieran mostrarse más flexibles en torno al tema migratorio”, señala.
De hecho, considera que una postura más dura podría incluso generar mayores beneficios políticos internos, especialmente en un contexto electoral donde el futbol no ocupa un lugar tan central en la identidad nacional como ocurre en México.
Por ello, es probable que las autoridades estadounidenses mantengan la misma línea política una vez concluido el campeonato.
MÁS ALLÁ DEL MARCADOR.
A medida que avanza el Mundial 2026, queda claro que el torneo es mucho más que una competencia deportiva. También es un espejo que refleja las tensiones de las sociedades que lo organizan.
Erick Galán Castro invita a observar el campeonato desde una perspectiva menos complaciente. El futbol puede generar encuentros, emociones compartidas y momentos de celebración colectiva, pero no elimina automáticamente las desigualdades, los conflictos ni las demandas de justicia.
Por el contrario, precisamente por su enorme visibilidad global, el Mundial se convierte en un espacio donde esas contradicciones aparecen con mayor claridad.
Quizá la pregunta más importante no sea si el futbol puede contribuir a la paz, sino qué entendemos por paz cuando millones de personas celebran en los estadios mientras, fuera de ellos, persisten conflictos, exclusiones y reclamos que siguen esperando respuesta.
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