Academia

Columna “PRAXIS EDUCATIVA”

La educación según Jung

Columnista David Alejandro Díaz es catedrático de posgrado en la Universidad del Tepeyac.

El fenómeno educativo transita por muchas formas de acción, lo que es innegable es que la educación contemporánea sufre de una grave neurosis colectiva. Nos hemos convertido en jueces implacables del sistema, de los planes de estudio, de la gestión directiva y del proceder del docente o alumno que tenemos enfrente. Criticamos con ferocidad la paja en el ojo ajeno, pero somos trágicamente omisos ante la viga en el propio.

Desde la psicología analítica de Carl Gustav Jung, este fenómeno no es más que la proyección masiva de nuestra propia sombra: volcamos en el exterior las deficiencias, mediocridades y frustraciones que somos incapaces de reconocer en nuestro propio accionar educativo.

Vivimos atrapados en la tiranía de la persona, esa máscara social que el educador o el teórico se coloca para cumplir con las expectativas del entorno. El aula se transforma entonces en un teatro de apariencias, donde se prioriza el cumplimiento burocrático, el aplauso fácil o el estatus intelectual por encima de la transformación real, sin embargo, habitar exclusivamente desde la máscara genera un vacío existencial profundo.

A muchos les fascina y les acomoda vivir así, refugiados en el rol de expertos o víctimas del sistema, porque mantener la careta es infinitamente más cómodo que asumir la responsabilidad ética de mirarse al espejo. Es más fácil dictar cátedra sobre cómo cambiar el mundo que cambiar la propia dinámica.

En este letargo institucional, cobra un sentido urgente la célebre advertencia de Jung: Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta.

La educación actual está llena de soñadores que miran hacia afuera, diseñan utopías pedagógicas sobre el papel y exigen reformas estructurales, pero permanecen dormidos, atrapados en una fantasía de superioridad moral. Proyectan sus propios conflictos no resueltos en el alumnado, exigiendo una madurez y una coherencia que ellos mismos no poseen.

Es cierto que los sueños y los ideales educativos tienen un valor intrínseco, pero Jung nos recordó que estos también reflejan nuestros conflictos internos más profundos. Un sistema obsesionado con el control y la evaluación punitiva solo proyecta su propio miedo al caos y a la insuficiencia. Una pedagogía que evade la autocrítica está destinada a perpetuar el trauma individual y colectivo.

Este fenómeno de ceguera psicológica no es exclusivo de las aulas; se manifiesta con igual o mayor crudeza en el ámbito familiar, donde los padres de familia operan bajo la misma lógica de evasión y son incapaces de mirar hacia adentro.

Muchos padres proyectan en la escuela, en los profesores o en los propios hijos sus propias frustraciones, traumas infantiles e inseguridades no resueltas. Exigen al sistema educativo la perfección y los límites que ellos son incapaces de construir en el hogar, utilizando la queja externa como un mecanismo de defensa para no ver su propia realidad.

Una práctica educativa auténtica exige integrar todas las partes de la personalidad, lo que implica abrazar tanto nuestras luces intelectuales como nuestras sombras, miedos y neurosis.

Mientras el acto educativo siga siendo un ejercicio de evasión personal, continuaremos fabricando individuos vacíos, alienados y fragmentados. Solo cuando todos dejen de usar el entorno como un chivo expiatorio, la educación dejará de ser una simulación para convertirse en un verdadero despertar del espíritu.

*Catedrático de posgrado en la Universidad del Tepeyac

davidalejandrodiaz7@gmail.com

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