
Este Mundial promete romper todos los récords: más selecciones, más partidos, más estadios, más patrocinadores y miles de millones de espectadores alrededor del planeta. Pero detrás de la ultracomercialización del encuentro deportivo, hay una historia que mantiene los valores comunitarios, culturales y políticos del futbol, cuyo nombre es tan provocador como la modificación del juego para introducir nuevas pausas comerciales con el pretexto de la “hidratación” de los jugadores.
Julio Morales López, Investigador por México adscrito al CIESAS Pacífico Sur, explica el fenómeno conocido como “odio al futbol moderno” u “odio al futbol espectáculo”, una corriente de pensamiento que nació principalmente en Europa, pero que poco a poco ha ganado seguidores en África, Asia y América. Más que un rechazo al deporte, se trata de una crítica a la transformación del futbol en una industria global donde el negocio suele imponerse sobre la comunidad, la identidad y la participación de los aficionados.
Lejos de representar una simple nostalgia por el pasado, el llamado “odio al futbol moderno” constituye un movimiento social que cuestiona la creciente mercantilización del deporte más popular del planeta. Para Morales, esta corriente busca recuperar el carácter popular con el que nació el futbol y desafiar el modelo económico que hoy domina las principales ligas y competencias internacionales.
“Se trata de un movimiento social, una contracultura principalmente de aficionados identificados con la clase trabajadora, que rechazan la transformación del fútbol de haber sido un deporte popular y comunitario hacia lo que es ahora un negocio multimillonario, globalizado e híper comercializado”, explica el investigador. En su opinión, el fenómeno también tiene un profundo interés antropológico, pues el futbol “no solo es un juego, sino un fenómeno social” capaz de reflejar procesos económicos, políticos, culturales y rituales que atraviesan a las sociedades contemporáneas.
Desde esa perspectiva, el concepto no implica odiar el futbol, sino oponerse a un modelo único de entenderlo. Morales sostiene que diversas organizaciones de aficionados, clubes populares y movimientos sociales defienden la idea del futbol como una práctica comunitaria, distante de los intereses comerciales que hoy predominan. Por ello, muchas de estas agrupaciones se asumen abiertamente como antifascistas, antirracistas y antisexistas, al considerar que el deporte también debe ser un espacio de inclusión y participación política.

EL BALÓN COMO HERRAMIENTA DE PODER.
La relación entre futbol y política dista mucho de ser una novedad. A lo largo del siglo XX, distintos gobiernos utilizaron el deporte como instrumento de propaganda, legitimación o construcción de identidad nacional.
Los ejemplos abundan, recuerda Julio. El régimen de Benito Mussolini convirtió el Mundial de 1934 en una vitrina para exaltar al fascismo italiano. Décadas después, la dictadura militar encabezada por Jorge Rafael Videla aprovechó el Mundial de Argentina 1978 para intentar ocultar, ante los ojos del mundo, las violaciones sistemáticas a los derechos humanos. En España, el régimen de Francisco Franco encontró en el prestigio internacional del Real Madrid un poderoso símbolo del Estado franquista, mientras que en Italia Silvio Berlusconi consolidó buena parte de su liderazgo político después del éxito deportivo del AC Milán.
Para Morales, estos episodios demuestran que el futbol nunca ha estado separado de la política. Sin embargo, recuerda que sus orígenes cuentan una historia muy distinta.
“El futbol nace como un deporte de la clase trabajadora”, explica. A diferencia del cricket, el rugby o el polo, reservados para las élites británicas del siglo XIX, el futbol comenzó a practicarse entre obreros ingleses después de la Revolución Industrial, cuando la reducción de la jornada laboral permitió disponer del sábado por la tarde como tiempo libre.
En astilleros y fábricas comenzaron a organizarse partidos improvisados entre trabajadores. No hacían falta grandes recursos: bastaban un balón, dos porterías improvisadas y el deseo de convivir. Ese origen popular constituye, precisamente, el punto de partida de quienes hoy reivindican otra manera de entender el deporte.

Con el paso de las décadas, sin embargo, la profesionalización y la llegada de grandes capitales modificaron radicalmente ese escenario. Los clubes con mayores recursos económicos adquirieron mayor poder deportivo, político y mediático, mientras que muchas organizaciones de aficionados comenzaron a denunciar que el futbol se alejaba de quienes le dieron origen.
Fue precisamente en ese contexto donde aparecieron expresiones de resistencia cultural que encontraron en la música un aliado inesperado.
Durante las décadas de 1970 y 1980, géneros como el punk, el ska, el reggae, el blues y el movimiento Oi! acompañaron el surgimiento de numerosas aficiones organizadas que defendían un futbol popular frente al creciente proceso de comercialización. Más que simples canciones de estadio, se convirtieron en himnos que denunciaban la pérdida de identidad de los clubes tradicionales y cuestionaban la lógica del consumo.
“El odio al futbol moderno hace una crítica a esa pasividad que tiene el futbol espectáculo”, resume Morales. A su juicio, el aficionado deja de ser un consumidor pasivo cuando entiende que también puede disputar el significado político y cultural del deporte que ama.
CLUBES QUE JUEGAN CONTRA LA LÓGICA DEL MERCADO.
Para quienes impulsan esta contracultura futbolística, la resistencia no se limita al discurso. En distintas partes del mundo existen clubes que han decidido organizarse bajo principios comunitarios, donde los aficionados participan en las decisiones y el objetivo no es acumular títulos o ganancias, sino preservar una identidad colectiva.
Uno de los ejemplos más emblemáticos es el FC St. Pauli, de Hamburgo, Alemania. Aunque nunca ha figurado entre los gigantes del futbol europeo, su prestigio rebasa ampliamente el terreno de juego gracias a una afición que se identifica con causas antifascistas, antirracistas, feministas y anticapitalistas.
Morales explica que incluso detalles aparentemente menores, como el uniforme marrón del equipo, tienen un profundo significado histórico. Mientras otros clubes privilegian colores llamativos con fines comerciales, el St. Pauli reivindica el tono de la ropa utilizada por los trabajadores de los antiguos astilleros de Hamburgo.

“Por sobre la estética capitalista y por sobre la estética de la ganancia, se da esta otra contracultura y esta lucha por reivindicar aquellos fines políticos que tienen que ver con los principios humanos y no meramente con los principios del capital”, señala.
Otro caso representativo es el del FC United of Manchester, fundado en 2005 por aficionados inconformes con la compra del Manchester United por inversionistas estadounidenses. En lugar de seguir apoyando a un club convertido en corporación global, decidieron comenzar desde las categorías inferiores del futbol inglés bajo un modelo cooperativo donde los socios conservan el control de la institución.
“Son pequeños esfuerzos, pero esfuerzos que van muy hacia lo comunitario y que le restan poder a aquella maquinaria enorme que parece colonizar todo el planeta”, resume el investigador.
PUNK, CANTOS Y RESISTENCIA.
La resistencia al futbol espectáculo también encontró un lenguaje en la música, acota el investigador en el CIESAS. Durante décadas, bandas de punk y Oi! acompañaron a miles de aficionados europeos que rechazaban la creciente mercantilización de los estadios. Canciones como The Terrace Lost Its Soul, de The Business, o Odio el fútbol moderno, de la agrupación española Hoy Se Arma, cuestionan que la pasión futbolística haya sido reemplazada por el consumo de mercancías y el entretenimiento televisivo.
En México también existen expresiones similares. Morales menciona a la banda Filero, cuyos conciertos recuperan el ambiente de las gradas populares y reivindican consignas antifascistas. “Cantar abiertamente ‘somos la hinchada más antifascista y más rebelde de toda la ciudad’ dentro de un estadio constituye una postura política”, afirma.
En este contexto, los cánticos dejan de ser simples formas de animar a un equipo para convertirse en declaraciones de identidad colectiva y de resistencia frente a la lógica comercial que domina el futbol contemporáneo.
MIRAR EL FUTBOL DESDE OTRO ÁNGULO.
La crítica al futbol moderno no significa rechazar este deporte, aclara Morales. Su invitación consiste, más bien, en observar aquello que suele quedar oculto detrás del espectáculo.
Hoy muchos de los clubes más poderosos del mundo pertenecen a grandes corporaciones o incluso a Estados nacionales que utilizan el deporte como instrumento de proyección política y económica. El investigador menciona como ejemplo el caso del Paris Saint-Germain, cuyo crecimiento deportivo ha estado ligado a las inversiones provenientes de Catar, una muestra de cómo el futbol forma parte de estrategias internacionales mucho más amplias que un simple torneo.
Frente a ese panorama, propone “descolonizar” la idea de que el futbol únicamente puede entenderse como el producto que ofrecen las grandes ligas, las televisoras y las empresas patrocinadoras.
“El futbol es un deporte que podemos ejercer entre pares sin necesidad de explotar aquellos otros elementos que nos llevan hacia los lados más desiguales”, sostiene.
Su propia experiencia refleja esa transformación. Durante años fue aficionado de los Pumas, pero poco a poco comenzó a cuestionar la creciente influencia de los intereses comerciales en el futbol mexicano. Paradójicamente, al alejarse del espectáculo redescubrió aquello que originalmente lo había enamorado del deporte: los partidos improvisados con familiares y amigos, lejos de las cámaras, los contratos millonarios y las campañas publicitarias.
Esa mirada también permite reconocer que el futbol genera historias muy distintas a las que suelen ocupar los titulares. Mientras algunos futbolistas aparecen estrechando la mano de líderes políticos o protagonizando campañas publicitarias multimillonarias, otros aprovechan su notoriedad para construir hospitales, financiar proyectos educativos o impulsar iniciativas humanitarias en sus países de origen.

Morales recuerda, por ejemplo, el gesto del capitán de Costa de Marfil que, tras conseguir la clasificación de su selección al Mundial de 2006, se arrodilló frente a las cámaras para pedir el fin de la guerra civil que desangraba a su país. Aquel mensaje trascendió el ámbito deportivo y mostró que el futbol también puede convertirse en una plataforma para promover la paz y la reconciliación.
En tiempos en que el Mundial de 2026 promete romper récords de audiencia, patrocinadores e ingresos comerciales, el investigador invita a no perder de vista esa otra cara del deporte. Detrás del espectáculo global sobreviven cientos de clubes comunitarios, aficionados organizados y proyectos sociales que entienden el balón como una herramienta para fortalecer el tejido colectivo y defender principios de igualdad.
“Quisiera proponer esa otra mirada”, concluye. Una mirada que invita a rascar debajo del brillo de los grandes estadios para descubrir que el futbol sigue siendo, antes que un negocio, un espacio donde millones de personas construyen identidad, comunidad y formas de resistencia. Quizá ahí, lejos de los reflectores y de las cifras multimillonarias, permanezca vivo el espíritu con el que este deporte nació hace más de siglo y medio entre los trabajadores de la Inglaterra industrial.
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