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¿Puede una planta originaria de México dejar de ser mexicana porque una nueva variedad fue desarrollada en otro país?

¿Existe realmente el “cempasúchil chino”?

Flor. Campo de cempasúchil.

“No compres ese, es chino.”

La señora observa detenidamente las macetas de cempasúchil acomodadas frente al vivero. Toma una planta, la gira entre sus manos y vuelve a dejarla sobre la mesa.

“El bueno es el mexicano” —dice convencida mientras continúa buscando entre las flores de color naranja intenso.

El vendedor sonríe. No es la primera vez que escucha ese comentario. Cada año, conforme se acerca el Día de Muertos, la escena se repite una y otra vez en mercados, viveros y centros de jardinería de todo el país.

La conversación parece sencilla, pero esconde una de las historias más interesantes de la horticultura mundial.

¿Puede una planta originaria de México dejar de ser mexicana porque una nueva variedad fue desarrollada en otro país? ¿Existe realmente el “cempasúchil chino”? ¿Por qué un país considerado uno de los principales centros de origen de plantas ornamentales importa semillas y variedades producidas en el extranjero?

Responder estas preguntas implica recorrer más de cinco siglos de historia, desde las primeras expediciones botánicas hasta los modernos programas de mejoramiento genético.

Un país donde nacieron miles de plantas

México es reconocido como uno de los países megadiversos del planeta. Aunque ocupa apenas alrededor del 1 % de la superficie terrestre, alberga aproximadamente entre el 10 y el 12 % de las especies conocidas del mundo. Esta extraordinaria riqueza biológica es resultado de su compleja geografía, sus numerosos climas y su historia evolutiva.

Además de ser un centro de diversidad biológica, México es también uno de los principales centros de origen y diversificación de plantas cultivadas. El científico ruso Nikolái Vavílov, identificó a Mesoamérica como una de las regiones donde numerosas especies fueron domesticadas o presentan una enorme diversidad genética.

Cuando pensamos en ese patrimonio solemos recordar alimentos como el maíz, el frijol, el chile, la calabaza, el aguacate o el jitomate. Sin embargo, pocas personas saben que México también es uno de los grandes centros mundiales de plantas ornamentales. Dalias, cempasúchil, zinnias, tigridias, salvias, nochebuenas, begonias, agaves, cactáceas y cientos de orquídeas forman parte de un patrimonio vegetal que ha cautivado al mundo durante siglos.

Flor. Figura 1: Sistemas de producción de cempasúchil en México. (Fotografías: Carlos A. Zárate Pérez.)

Tras la llegada de los europeos a América, el intercambio de plantas entre ambos continentes transformó para siempre la agricultura y la jardinería mundial. Mientras el trigo, los cítricos y las rosas llegaban al continente americano, miles de especies americanas emprendían el viaje inverso. Naturalistas, médicos y exploradores enviaban semillas, bulbos y esquejes hacia jardines botánicos y colecciones privadas en España, Francia, Inglaterra, Alemania y Holanda. Muchas de aquellas plantas sorprendieron por la intensidad de sus flores, la forma de sus hojas o su facilidad de cultivo.

Lo que inicialmente eran simples curiosidades botánicas pronto se convirtió en una nueva industria. Los horticultores europeos comenzaron a seleccionar las plantas con las características más atractivas: flores más grandes, colores más intensos, mayor número de pétalos, tallos más resistentes o plantas de menor tamaño para cultivarse en maceta. Así nació el mejoramiento vegetal ornamental.

Una especie, miles de variedades

Existe una idea equivocada muy frecuente: creer que una variedad nueva equivale a una especie diferente. En realidad, ocurre exactamente lo contrario.

Cuando un horticultor desarrolla una nueva variedad, no está creando una especie nueva. Está seleccionando individuos con características particulares que ya existían dentro de la variabilidad genética de esa especie y, mediante cruzamientos controlados, fija esos rasgos para obtener plantas uniformes. A estas plantas se les conoce como cultivares o variedades.

Su origen geográfico puede ser Holanda, Japón, China, Alemania, Estados Unidos o México, pero su origen biológico sigue siendo el mismo. Es decir, una variedad desarrollada en China no convierte al cempasúchil en una planta china, del mismo modo que una variedad obtenida en Holanda no hace que la dalia deje de ser mexicana.

Pocas plantas ilustran mejor este proceso que la dalia (Dahlia spp.), considerada la flor nacional de México. Las primeras especies llegaron a España a finales del siglo XVIII. Lo que comenzó con unas cuantas plantas silvestres terminó convirtiéndose en uno de los programas de mejoramiento ornamental más exitosos de la historia.

Actualmente existen decenas de miles de cultivares registrados alrededor del mundo. Flores pequeñas y gigantes, simples y dobles, con pétalos curvos, planos o enrollados, en prácticamente todos los colores imaginables. Sin embargo, detrás de toda esa diversidad permanece el mismo origen: las montañas mexicanas donde evolucionaron las especies silvestres.

Entonces… ¿existe el “cempasúchil chino”?

La respuesta es no. No existe una especie de cempasúchil originaria de China; lo que existen son variedades comerciales desarrolladas en distintos países utilizando como base genética especies originarias de México, principalmente Tagetes erecta. China, India, Estados Unidos, Holanda y el propio México han desarrollado líneas adaptadas a diferentes necesidades del mercado, como flores más grandes para corte, plantas compactas para maceta, floraciones uniformes o mayor resistencia al transporte. Cuando un productor mexicano adquiere estas semillas no está cultivando una especie diferente, sino una variedad obtenida mediante años de mejoramiento vegetal, un proceso que requiere miles de cruzamientos, evaluaciones, inversión, infraestructura y personal especializado.

Muchas de estas variedades, además, fueron desarrolladas a partir de germoplasma que originalmente salió de México, por lo que, en cierto sentido, la planta está “regresando” a casa. México importa estas variedades no porque sean de otro origen biológico, sino porque incorporan características que permiten a los productores ser más competitivos, como una mayor vida de anaquel, resistencia a enfermedades, mejor sincronización de la floración con fechas comerciales como el Día de Muertos o cualidades específicas para flor de corte y plantas de maceta. Por ejemplo, las variedades de cempasúchil destinadas a maceta comienzan a producirse desde mediados de junio para que alcancen su máximo desarrollo durante octubre, mientras que otras se cultivan para flor de corte, con tallos largos y resistentes, ideales para la elaboración de arreglos y altares. Sin estas innovaciones sería mucho más difícil satisfacer la demanda del mercado ornamental actual (Fig.1).

Este modelo de producción también plantea algunos desafíos. Muchas de las variedades comerciales son híbridos, por lo que sus semillas no conservan las mismas características de la planta madre y, en algunos casos, presentan una fertilidad muy limitada. Como resultado, los productores deben adquirir semilla certificada en cada ciclo de cultivo. Al mismo tiempo, el éxito comercial de estas variedades ha desplazado paulatinamente a materiales locales. La creciente demanda de cempasúchiles compactos para maceta ha llevado a muchos productores a sustituir variedades tradicionales e incluso poblaciones nativas, como el llamado clemolito. Esta tendencia reduce la diversidad cultivada y nos recuerda que el futuro del mejoramiento vegetal depende, en última instancia, de conservar la diversidad genética de la que surgieron estas variedades.

El verdadero tesoro sigue estando en la naturaleza

Existe, sin embargo, un aspecto que pocas veces se menciona.

Cada nueva variedad desarrollada en cualquier parte del mundo depende, en última instancia, de la diversidad genética que conservan las poblaciones silvestres. Cuando un mejorador busca una planta resistente a una enfermedad, más tolerante a la sequía o capaz de florecer bajo determinadas condiciones ambientales, con frecuencia necesita recurrir a genes presentes en las poblaciones naturales.

Por ello, conservar las especies silvestres no es solamente una tarea de los biólogos o de los jardines botánicos. Es una necesidad para garantizar el futuro de la agricultura, la horticultura y la seguridad alimentaria. Si desaparecen las poblaciones naturales, también desaparece la materia prima con la que podrán desarrollarse las variedades del futuro.

Mucho más que un “cempasúchil chino”

Quizá la próxima vez que alguien afirme que una planta “es china” o “es holandesa”, la conversación pueda tomar otro rumbo. Porque detrás de esas flores no sólo hay un país donde se desarrolló una variedad comercial. Hay siglos de intercambio de conocimientos, exploración botánica, investigación científica y mejoramiento vegetal. Pero, sobre todo, hay un patrimonio biológico que nació en México y que sigue alimentando la horticultura mundial.

El verdadero orgullo no debería consistir en rechazar una variedad por el país donde fue desarrollada, sino en reconocer que la extraordinaria biodiversidad mexicana ha dado origen a algunas de las plantas ornamentales más apreciadas del planeta. Y, al mismo tiempo, asumir la responsabilidad de conservar las especies silvestres que hicieron posible esa historia.

Porque, al final, las variedades cambian, los nombres comerciales también y los países lideran distintas etapas de la innovación. Lo que permanece es el origen biológico de esas plantas: la riqueza natural de México, un patrimonio vivo que continúa floreciendo en jardines de todo el mundo.

La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa una postura institucional.

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