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El politólogo español participó en la presentación de su libro La brecha entre saber y hacer: democracias más fuertes con políticas más efectivas, coordinada por Silvia Giurgoli, miembro de El Colegio Nacional

Tenemos más ciencia que nunca, pero no dejan de crecer los problemas, asegura Joan Subirats

Joan Subirats en El Colegio Nacional El politólogo español Joan Subirats es catedrático de la Universidad de Barcelona.

Con más de medio siglo como catedrático en la Universidad de Barcelona, el politólogo español Joan Subirats ha tenido, desde 2018, lo que define como “una corta, pero intensa experiencia en la política directa” y, por lo tanto, también ha podido poner en práctica las ideas, las teorías y las reflexiones que, en el ámbito de políticas públicas, “me habían ocupado desde hace muchos años y proyectarlas en el ámbito más práctico de políticas primero culturales, educativas y científicas en el ayuntamiento de Barcelona”.

“Mi experiencia política-práctica me hizo ver muchos vacíos, muchas carencias, en la relación entre el saber y el hacer, y puso de relieve una frase que en el libro cito, no por ser partidario de las citas de Henry Kissinger, pero su frase es espectacular: ‘una conclusión no es una decisión’”, aseveró durante la presentación del libro La brecha entre saber y hacer: democracias más fuertes con políticas más efectivas (Anagrama, 2026).

Se trata de una frase que para el politólogo es reflejo o resumen de muchas cosas que suceden entre la universidad y la práctica, pues mientras los procesos de investigación universitarios cuentan con conclusiones, y las conclusiones cierran procesos, a veces muy largos, de investigación, “Kissinger insiste en que una conclusión no es lo mismo que una decisión, incorpora muchos otros elementos”.

“Hay una frase que aparece en el libro de Jean-Claude Juncker, primer ministro de Luxemburgo y después presidente de la Comisión Europea, que dice: ‘los políticos sabemos muy bien lo que tenemos que hacer, lo que no sabemos es cómo ganar elecciones si hacemos lo que tenemos que hacer’.

“Ese conjunto de elementos ponen de relieve que tenemos un problema, porque contamos con más ciencia que nunca, se ha cuadruplicado la producción científica en los últimos 20 años, y con la inteligencia artificial ya ni sé cómo podemos acabar en este tema. Y en cambio, digamos, no dejan de crecer los problemas, en un momento especialmente significativo desde el punto de vista de aceleración: de aceleración de los tiempos, de los problemas, de las dificultades y, mires por donde mires, ese elemento de aceleración aparece como un elemento central”.

En un acto celebrado en el Aula Mayor de El Colegio Nacional, Joan Subirats recordó que cuando ejerció como ministro de Universidades, a veces quería provocar al auditorio durante su visita a universidades en España, donde les decía que la sociedad tiene problemas y la universidad departamentos, “como una forma de explicar de otra manera la idea de policrisis: los problemas sociales, los problemas habituales a los que nos enfrentamos están atravesados por muchas lógicas distintas”.

“En cambio, la estructura con la que tenemos organizada a la universidad está centrada en disciplinas, áreas de estudio, departamentos y no precisamente ayuda esta estructura a ser capaces de abordar los problemas con la complejidad creciente que requiere.

En el ámbito de las políticas públicas se habla de los problemas malditos; es decir, hace años cuando me iba dedicando a políticas públicas, que ha sido mi campo de análisis, decíamos que se articula sobre la base de: ‘conozco el problema, no conozco la solución’, pero últimamente estamos ante la situación de no puedo definir el problema y no tengo ni idea de cómo solucionarlos”.

Desde su perspectiva, eso pone de relieve que, si no somos capaces de avanzar en la articulación y la mejora de las relaciones entre ciencia y decisiones políticas, en aquellos que defienden la democracia aumenta su preocupación, porque está en juego la democracia, en particular si se considera que no se trata solamente de votar, si no de conseguir que las condiciones de dignidad, igualdad y libertad de los ciudadanos se cumplan de la mejor manera posible.

“Y la capacidad para que esas políticas consigan resultados es determinante desde el punto de vista de la legitimidad del sistema democrático, de lo contrario aparecen otras alternativas que prometen eficacia, aunque sin la legitimidad democrática que esa eficacia, en especial aquellos que creemos en la democracia, precisamos”.

No se trata de un debate de lujo, científicamente interesante o deseable: es urgente, más allá de la necesidad de ofrecer respuestas a corto plazo, esa sensación constante de que cualquier pequeñez se convierte en un incendio y se produce ese efecto en que todo el mundo debe discutir sobre la última cosa que acaba de pasar, mientras los elementos más estratégicos acaban no siendo significativos, resulta “muy desesperanzador”.

“El otro elemento que me impresionó es la barrera que existe entre la cantidad de conocimiento y el tipo de dinámica en la que te encuentras a la hora de tomar decisiones, donde se aparece una estructura de intereses, valores, sistema de actores, que condicionan muchísimo. Lo cual no quiere decir que no se pueden hacer cosas, pero es evidente que no basta con el conocimiento, sino que ese proceso de traducción, de construcción de confianza, de una agenda común, son esenciales y esos no forman parte de la solidez o no solidez del conocimiento científico, sino forman parte de otro debate”, destacó Joan Subirats.

Por tanto, tienen culpa los científicos, en parte sí; tienen culpa los políticos, en parte sí, pero no podemos atribuir a uno de los dos lados de esta ecuación el problema que estamos manifestando: si todo el sistema de evaluación científica se basa en publicaciones en journals y en el citation index, con las conclusiones tenemos más que suficiente, “porque no hay ningún tipo de valoración que salga de ahí”.

Desde la ciudad de Oaxaca, a donde acudió como parte de las actividades del examen de control elaborados por la UNAM, el rector Leonardo Lomelí Vanegas se planteó una pregunta a través de una conferencia telemática: “¿por qué los gobiernos democráticos sistemáticamente no hacen lo que saben que deberían hacer?”. No hablamos aquí de los casos de corrupción o de captura regulatoria, que tienen su propia lógica, ni de las competencias técnicas, que también la tiene, sino de algo más perturbador: la distancia persistente y estructural entre el conocimiento científico disponible y la acción pública efectiva.

Una distancia que se mantiene incluso cuando la ciencia es clara, cuando los recursos existen en la ciudadanía existen y la ciudadanía exige resultados. Joan Subirats aborda el tema con rigor analítico, experiencia acumulada en el campo de las políticas públicas y “una honestidad intelectual que no le permite satisfacerse con respuestas pocas”.

El libro llega en un momento de convergencia que lo hace especialmente oportuno; las democracias occidentales atraviesan lo que varios analistas han comenzado a llamar una policrisis, una crisis singular sin un curso de emergencias: climática, digital, migratoria, epidémica, informativa que se retroalimenta y desbordan los marcos analíticos e institucionales heredados del siglo XX.

La gestión de la pandemia de Covid 19, los retrasos acumulados en la transición energética, la incapacidad de los sistemas políticos para responder con coherencia al cambio tecnológico acelerado, todos estos fenómenos apuntan al mismo modo, pues si bien los gobiernos no carecen de diagnóstico científico sobre lo que ocurre, algunos de ellos sobre-diagnosticados, “lo que falla de manera sistemática y, a menudo predecible, es la traducción de esos diagnósticos en decisiones políticas implementables”, resaltó el rector de la UNAM.

La relación entre ciencia y política ha entrado en una fase de tensión inédita: desde la negación del cambio climático, impulsada por intereses económicos organizados, hasta la desinformación masiva durante la pandemia. La autoridad epistémica de la ciencia está siendo cuestionada en el mismo espacio público en que debería operar como faro.

Paradójicamente, aseguró, esto ocurre en el momento de mayor producción científica en la historia de la humanidad: nunca se había publicado tantos artículos, acumulado tantos datos, desarrollado tantos modelos predictivos y, sin embargo, la capacidad de desinformativa es perturbadora. Nunca ha sido tan generalizada, una tensión entre más ciencia y menos confianza en la ciencia, que se ha convertido en uno de los fenómenos más inquietantes del presente.

“La conversación académica que el libro propone bien enriquecer un debate que tiene profundas raíces. Desde los trabajos pioneros Harold Lasswell, en los años 50 del siglo pasado, que aspiraban a construir una ciencia de las políticas orientadas a los problemas prácticos de la democracia, hasta el movimiento de las políticas basadas en evidencias que cobró fuerza en los años 90, ha existido una ambición recurrente de acercar el conocimiento científico a la decisión gubernamental”.

Aun cuando esa ambición ha producido reformas institucionales importantes, como la creación de agencias de evaluación, oficinas de análisis prospectivo, unidades de planeación y de ciencias del comportamiento en secretarías de Estado y ministerios, también ha generado decepciones proporcionales a sus expectativas.

“Los instrumentos de transferencia de conocimiento se han sofisticado, pero la brecha no siempre se hace angosta: lo que este libro aporta a esa conversación es un diagnóstico más preciso de por qué sucede eso”.

Los desafíos de la democracia

Creyente en la democracia y “muy preocupada por su erosión”, la doctora Julia Carabias, miembro de El Colegio Nacional, se dijo convencida de que la ciencia es indispensable para la construcción del bien común, de un mundo mejor.

“Vale la pena insistir que ambas, ciencia y democracia, están entrelazadas y se necesitan, sobre todo en los tiempos que vivimos, dominados por la desinformación, las noticias falsas, el populismo y el autoritarismo, la superchería, perdidas de valores, la falta de ética”.

Las políticas públicas necesarias para encarar los abrumadores retos de la policrisis, que se conforma de las crisis económicas, sociales y ambientales, deben de construirse con la participación amplia y organizada de los interesados y “estar basadas en la mejor información disponible”, pero para ello, comentó la científica, se requieren espacios democráticos y ciencia robusta.

“La toma de decisiones bajo estas condiciones es mucho más compleja que cuando se hace de manera arbitraria, autoritaria, unilateral, aunque resulta mucho más eficiente, porque se consideran las causas y los efectos del problema a atender, y es duradera porque se construye con acuerdos, los sectores involucrados se hacen corresponsables e, incluso, actúan en su implementación o al menos no la obstaculicen”.

Cuando las políticas se cimientan de esta forma, se construye una política de Estado y formas de gobernanza participativas e incluyentes que generan confianza y, si bien no estarán exentas de tropiezos, “los mecanismos de gobernanza participativa incluyen la evaluación y su reorientación cuando es necesario”.

Durante la mesa, Julia Carabias se refirió a tres condiciones imprescindibles para que esto funcione: voluntad de abrirse a la discusión y al escrutinio, humildad para aceptar la crítica y confianza. Tres “elementos que hoy están en peligro de extinción, y es ahí donde se fincan la peligrosa desazón y desesperanza en la que estamos atrapados”.

“No hemos perdido la batalla y la policrisis no nos derrumbará, pero evitarlo implica que tenemos que rescatar la democracia y reivindicar la ciencia. Ambas muy heridas por los gobiernos autoritarios y populistas que han proliferado en el planeta bajo el liderazgo y apoyo de Trump, entre otros, y México no ha estado exento de esto. Padecimos un sesgo de ataques permanentes a los científicos y activistas, y a la erosión de las estructuras democráticas”.

Desde su análisis, se trata de una situación reversible, aun cuando para ello se requiere convicción, creatividad y capacidad para reaccionar, de ahí la importancia del ensayo de Joan Subirats, tan sugerente, apuntó la colegiada.

La diplomática mexicana e integrante del Institute for AI Policy and Strategy, Gabriela Ramos, se planteó algunas preguntas al participar en la presentación del libro de Joan Subirats: ¿qué tipo de intercambios podemos tener como instituciones, como ciudadanos? y ¿cómo fortalecemos, el eje central de esta de esta obra tan interesante, el diálogo democrático?

En estos momentos, cuando hay una descomposición de la democracia, cuando hay una radicalización, una polarización de las opiniones, un incremento del populismo en muchos países del mundo, “pensar qué tipo de evidencia estamos utilizando para justificar nuestras decisiones, es muy importante”.

“¿Cuál es el papel del científico?, creo que esta reflexión que se hace en la obra es muy importante; qué tanto tenemos que salir como científicos de nuestra torre de marfil, y ensuciarnos con los debates políticos; qué tanto tenemos que buscar, entender el impacto que nuestra investigación científica tendrá en comunidades específicas y diferencias. Son preguntas muy relevantes que se hace la obra y, en el contexto en el que estamos viviendo, son muy importantes”.

A partir de una reflexión de Subirats presente en el libro, cuando explica que no sólo se trata de desarrollar el pensamiento, las propuestas y la evidencia, sino contrastarlas con los no expertos, porque al final los especialistas se pueden encerrar “en nuestra torre de marfil”.

En su participación, quien fuera subdirectora General de Ciencias Sociales y Humanas en la UNESCO, compartió una experiencia personal, al trabajar con un grupo en Francia dedicado a tratar de abordar los temas de pobreza invitando a personas pobres a sentarse alrededor de la mesa.

“Eso es muy complicado, porque debes tener una metodología: no es que se vayan a llegar a sentar y discutir contigo al tú por el tú, debido a que tienen estigmas, mucha inseguridad y vulnerabilidades, pero al final, después de tener la metodología y contrastarla, se da uno cuenta de las personas que están en el centro de la experiencia tienen mucha más pertinencia en sus propuestas que los análisis que podemos hacer.

“En este sentido, me parece que esa vinculación entre ciencia política, política, ciencia, ciudadanía, democracia es muy interesante y nos trae justamente todos los elementos de preocupación que tenemos en estos momentos”, enfatizó Gabriela Ramos.

La doctora Silvia Giurgoli, integrante de El Colegio Nacional, recordó que su primer acercamiento al libro La brecha entre saber y hacer: democracias más fuertes con políticas más efectivas, coincidió con una nota publicada en The New York Times, en donde preguntaban las razones por las que Donald Trump había mantenido su nivel de popularidad, aun cuando los resultados en “términos de política pública, como entendemos la evaluación de política pública, eran muy malos”.

“La nota planteaba la hipótesis de que, en el contexto actual de desconfianza en los políticos, más que los indicadores de política pública o de evaluación de la política pública, importa la identificación con una ideología, con una forma de pensamiento, lo que resume el espíritu de los tiempos donde se ubica el libro, con la sensación de que la democracia nos ha quedado a deber, pero también de desconfianza en el conocimiento científico que compite con un montón de asuntos sin evidencia”.

La presentación de La brecha entre saber y hacer: democracias más fuertes con políticas más efectivas, se encuentra disponible en el Canal de YouTube de la institución: elcolegionacionalmx.

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