
A partir de la crisis en el proceso de admisión a la licenciatura de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) 2026, que derivó de los resultados atípicos del examen en línea, es momento de reflexionar qué sigue, esto es, qué cambios y ajustes son necesarios. Toda crisis, además de los efectos que se presentan, abre caminos que dan lugar a repensar, rectificar y avanzar hacia un modelo de universidad que fortalezca el sentido social e inclusivo que requiere el país.
En esta crisis se han dado respuestas inmediatas para encauzar el proceso de admisión, tal y como fue la anulación del examen en línea y la aplicación del examen de control, sin embargo, más allá de la coyuntura se requiere la revisión integral del proceso de admisión a la UNAM, en el que descansa el sentido mismo de la universidad, esto es, a quién atiende.
Es momento de valorar otras opciones alternas o complementarias al examen de admisión. Efectivamente, la UNAM no puede dar cabida a la alta demanda y, por tanto, no es un problema que le compete exclusivamente, sino al sistema de educación superior en su conjunto. La alta demanda de acceso a la UNAM refleja que, en México, el sistema de educación superior está segmentado y esta universidad se coloca en el primer lugar de las preferencias para estudiar.
La segunda limitación que debe reconocerse es que la investigación educativa ha mostrado que el examen de admisión no es un buen predictor del desempeño académico, esto es, que un aspirante que logra un alto puntaje no necesariamente va a permanecer y a egresar de la universidad “exitosamente”.
Por su parte, la investigación también ha demostrado que el proceso de ingreso, desde la lógica del mérito presenta sesgos de género y de clase social, esto es, favorece a los hombres y a los grupos sociales con mayores recursos económicos y con más alto capital cultural de la familia de origen. En este contexto de acceso limitado, se pueden hacer ajustes que rompan con la inercia del clásico examen de conocimientos y habilidades con 120 preguntas de opción múltiple, en el que a decir de los y las aspirantes “en tres horas te juegas tu futuro”.
Considero que es necesario revisar el contenido del examen de admisión, ya que, además de los sesgos mencionados, existe un componente de conocimientos disciplinarios que se derivan de los planes y programas de estudio del bachillerato de la UNAM.
Este hecho coloca en desventaja a los y las aspirantes que no cursaron el mismo plan de estudios. Por su parte, dicho examen se compone de preguntas de cuatro áreas de conocimiento, que si bien se otorga mayor peso al área de la carrera que se desea ingresar, esta situación ha llevado al absurdo de que aspirantes que, por ejemplo, van a carreras de humanidades, no alcanzan el puntaje por la falta de aciertos en física o química. Otra de las críticas de fondo es que el examen contiene preguntas, a partir de las cuales puede medir la memoria, pero no la capacidad de aprendizaje. En cuanto a la forma, hay aspirantes que consideran que hay preguntas confusas, encuentran más de una opción correcta o todas las opciones son incorrectas.
En cuanto a la aplicación del examen, todo apunta a que, de acuerdo con la experiencia del examen de control, se regrese a la modalidad presencial, con la ayuda de dispositivos digitales como lap tops y tablets sin conexión a internet. Difícilmente se va a optar nuevamente por la opción a distancia, ya que se ha mostrado que cualquier candado de la Inteligencia Artificial (IA) se puede abrir.
De acuerdo con las declaraciones del rector de la UNAM, el próximo año se abrirían sedes para la aplicación del examen en distintas regiones del país y para evitar los problemas generados, yo agregaría que cada aspirante tuviera la oportunidad de elegir la sede en que prefiere presentar el examen.
Es importante analizar los procesos que han llevado cabo otras Instituciones de Educación Superior (IES) nacionales e internacionales que han transitado hacia exámenes que miden habilidades lógico-matemáticas y de comprensión lectora de los y las aspirantes, lo cual apunta hacia la capacidad de aprendizaje para cursar una licenciatura. Por otra parte, me parece conveniente valorar la opción de algunas IES, como la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) que ponderan 30% del promedio de bachillerato y 70% del resultado del examen y, de esta manera, se valora el desempeño de los tres años del bachillerato.
En el debate se encuentran también como opciones, la exigencia de abrir más lugares, la aplicación de políticas afirmativas que favorecen el ingreso a grupos vulnerables, el acceso abierto a la demanda o los cursos propedéuticos. Cabe mencionar que cualquier medida o cambio genera controversias, pero es necesario llevar a cabo un proceso de revisión profunda y pausada, que se adapte a las dimensiones de la demanda de la UNAM y que nos pueda llevar a construir una mejor universidad.
*Investigadora del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias (CRIM) de la UNAM