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Imaginar el mundo antes de los humanos puede parecer algo cercano a la fantasía. Sin embargo, mucho antes de que existiera nuestra especie, los murciélagos ya volaban sobre la Tierra. Cuando los primeros seres humanos aparecieron, ellos ya dominaban la noche

Murciélagos entre templos mayas y el inframundo

Murciélago Diversidad morfológica de murciélagos presentes en la región de Calakmul, Campeche, México. Fotografías: Ángel Uriel Torres Alcántara.

Aunque ambos grupos de mamíferos son organismos placentarios, su historia evolutiva es muy distinta. Los murciélagos surgieron hace aproximadamente 50 millones de años, durante el Eoceno, mientras que los seres humanos aparecieron mucho más recientemente, hace alrededor de 300 mil años, en el Pleistoceno. Esto significa que, cuando los primeros humanos comenzaron a caminar sobre la Tierra, los murciélagos ya llevaban millones de años volando en la noche. Durante miles de generaciones, ambos han compartido los mismos paisajes: bosques, ríos, cuevas y selvas. Mientras los humanos aprendíamos a encender fuego, cultivar plantas y construir ciudades, ellos seguían saliendo cada noche a volar bajo la oscuridad.

No es extraño que estos animales silenciosos y nocturnos despertaran nuestra curiosidad, respeto e incluso un poco de temor. Con el tiempo, los murciélagos comenzaron a aparecer en historias, mitos y explicaciones sobre cómo funciona el mundo.

La antigua civilización maya, por ejemplo, los murciélagos no eran simples animales nocturnos. Formaban parte de una cosmovisión, es decir, una manera más amplia de entender el universo. Para los mayas, el mundo estaba organizando en tres planos, el cielo, la tierra donde vivimos los seres humanos y un mundo subterráneo y oscuro conocido como el inframundo.

Gran parte de lo que sabemos sobre esta forma de entender el mundo proviene de un antiguo relato maya llamado Popol Vuh. Este libro reúne historias que explican cómo se creó el universo y cómo surgieron los primeros seres humanos. En él se cuenta que los dioses intentaron varias veces crear a la humanidad. Primero lo intentaron con barro, pero los cuerpos se deshacían. Después los formaron de madera, pero esas personas no tenían memoria ni entendían el mundo que los rodeaba. Finalmente. Lograron crear verdaderos hombres y mujeres a partir de masa de maíz, seres con conciencia, capaces de sentir emociones y reconocer a sus dioses.

Por eso, en la tradición maya se dice que los seres humanos estamos hechos de maíz. Y si el maíz nace de la tierra, entonces el interior del mundo, esa oscuridad bajo nuestros pies también está ligada al origen de la vida. Para los mayas, el inframundo no era sólo un lugar de muerte. Era también un lugar donde la vida comienza y se renueva. Como el maíz que germina desde la tierra la semilla cae, desaparece en la oscuridad y, tiempo después, vuelve a surgir convertida en una nueva planta.

En ese mismo relato aparecen unos héroes gemelos, Hunahpú e Ixbalanqué, quienes deciden descender al inframundo para enfrentar a sus gobernantes y restablecer el equilibrio del mundo. En la tradición maya, el inframundo recibe el nombre de Xibalbá, que puede traducirse como “lugar del miedo” o “lugar de los que se desvanecen”. Allí gobernaban varias entidades conocidas como los señores de Xibalbá, personajes asociados a enfermedades, dolor y muerte. En la historia, estos gobernantes habían derrotado con anterioridad al padre de los gemelos (Hun Hunahpú) y extendían su poder desde el inframundo, alterando el equilibrio entre los distintos planos del universo. Por eso los gemelos no solo descienden para vengar a su padre, sino para restablecer el orden entre el cielo, la tierra y el mundo subterráneo.

En el Popol Vuh, el inframundo no es un lugar vacío. Está lleno de desafíos. Para llegar hasta los señores de Xibalbá, los gemelos deben atravesar una serie de pruebas cada una representada por una casa distinta. Existen casas de oscuridad total, casas de frío intenso, casas llenas de jaguares y otras donde el fuego nunca se apaga. Cada una pone a prueba su inteligencia, su resistencia y su capacidad para sobrevivir.

En esas pruebas aparece una de las más inquietantes, la casa de los murciélagos. En este lugar oscuro y silencioso revolotean criaturas nocturnas que cortan el aire con sus alas. Allí habita Camazotz, un dios asociado al murciélago con el poder de la noche. En algunas representaciones aparece con cuerpo humano y cabeza de murciélago, simboliza el vínculo entre el mundo humano y el mundo subterráneo.

Una de las escenas más impactantes del relato ocurre cuando uno de los gemelos asoma la cabeza durante la noche dentro de la casa de los murciélagos. En ese momento Camazotz lo decapita con rapidez. Para muchas culturas, perder la cabeza significa la muerte definitiva. Pero en el pensamiento maya la cabeza era vista como el centro de la conciencia y del espíritu. La sangre, que fluye desde ella, era considerada una sustancia poderosa, portadora de vida. Por esa razón, en muchos rituales mayas la sangre tenía un papel fundamental y los sacrificios formaban parte de ceremonias destinadas a mantener el equilibrio del universo. Dentro de esa lógica simbólica, la decapitación en el relato no representa simplemente destrucción. Forma parte de un proceso de transformación.

Más adelante los gemelos logran recuperar la cabeza perdida, y después de atravesar por esta transformación que les otorga nuevos conocimientos y sabiduría, continúan su camino hasta derrotar a los señores de Xibalbá. Al hacerlo, restablecen el equilibrio entre distintos planos del universo.

Por eso, los murciélagos en esta historia no aparecen solo como criaturas temibles. Son habitantes naturales de ese espacio de transición entre la vida y la muerte, entre la oscuridad y el regreso a la luz.

No es casual que, en la cosmovisión maya, estos animales quedaran ligados a lugares oscuros y profundos como cuevas, montañas y entradas al inframundo. Para los antiguos mayas, estos espacios representan portales hacia el interior del mundo. De hecho, muchos templos y edificios ceremoniales fueron construidos para simbolizar montañas sagradas llamadas witz, que conectaban los tres planos del universo: el cielo, la tierra y el inframundo. Sus fachadas, con grandes bocas abiertas que parecen devorar a quién entra, representan el acceso al inframundo. Cruzar esas puertas no era simplemente entrar a un edificio, sino atravesar un umbral entre distintos planos del universo.

Siglos después, esas mismas construcciones de piedra siguen en pie en medio de la selva, aunque hoy las visitamos como sitios arqueológicos, muchas de ellas conservan condiciones muy similares a las de una cueva natural como la oscuridad, humedad y temperaturas relativamente estables. Para los murciélagos, esos lugares pueden convertirse en refugios ideales para descansar durante el día o criar a sus crías. Así, lo que alguna vez fue concebido como un portal simbólico al inframundo también puede funcionar hoy como un hogar para los verdaderos habitantes de la noche.

Ahora, la región donde floreció la civilización maya es conocida como la Selva maya, uno de los bosques tropicales más extensos de Mesomérica. Este enorme territorio se extiende por el sureste de México, Guatemala y Belice, y alberga una gran diversidad de murciélagos. En estos bosques viven decenas de especies con tamaños y formas de vida muy distintas. Entre ellas, los murciélagos, algunos tienen mandíbulas fuertes y un gran olfato para alimentarse de frutas, ayudando a dispersar semillas por toda la selva. Otros poseen hocicos y lenguas alargadas que permiten alimentarse del néctar de las flores y transportar polen. Muchos más tienen dientes afilados y se alimentan de insectos, mientras que unas pocas incluso cazan pequeños vertebrados. A pesar de sus diferencias, todas estas especies cumplen funciones importantes en el ecosistema y comparten una necesidad fundamental: encontrar refugios seguros donde descansar durante el día.

En la naturaleza, esos refugios suelen encontrarse en cuevas, grietas en las rocas o huecos en los árboles. Sin embargo, en algunas regiones de la Selva maya existen otros espacios que ofrecen condiciones muy similares. Entre la vegetación y las antiguas ciudades mayas, varios templos y estructuras de piedra conservan las condiciones ambientales estables, como baja luminosidad, alta humedad y temperaturas relativamente constantes, que muchos murciélagos necesitan para refugiarse.

Uno de estos lugares se encuentra en Calakmul, en el estado de Campeche, una de las áreas naturales protegidas más importantes de México. Dentro de esta vasta selva se localizan numerosos sitios arqueológicos mayas, entre ellos el antiguo asentamiento conocido como Hormiguero. En este sitio, algunos templos fueron construidos con fachadas monumentales que presentan la boca abierta de una montaña sagrada. Como el witz, la montaña simbólica que para los antiguos mayas conectaba el cielo, la tierra y el inframundo.

Lo que resulta particularmente interesante es que, aún siglos después de su construcción, estas estructuras continúan siendo utilizadas por murciélagos como refugio. De manera casi poética, lugares que alguna vez simbolizaron al inframundo hoy sirven de hogar para los verdaderos habitantes de la noche que viven entre dos planos: la tierra y el inframundo, el Xibalbá.

Pero entonces inevitablemente nos preguntamos: ¿qué murciélagos viven realmente en estos templos mayas? Y la respuesta es que no se trata de una sola especie. Diversas especies de murciélagos pueden utilizar estos espacios como refugio temporal o permanente. Sin embargo, entre ellos hay uno que resulta particularmente interesante, el Chrotopterus auritus, conocido como el falso vampiro lanudo, uno de los murciélagos más grandes de América, puede medir hasta poco más de 12 centímetros de longitud.

A diferencia de muchas especies que se alimentan de frutas o insectos, Chrotopterus auritus es un depredador. Sus grandes orejas, su agudo sentido del oído y sus poderosas mandíbulas le permiten cazar pequeños vertebrados como roedores, aves e incluso otros murciélagos. Durante el día suelen refugiarse en lugares oscuros y protegidos, como cuevas, grietas o espacios cerrados dentro de estructuras rocosas o construcciones antiguas. En este sentido, los templos mayas pueden ofrecer condiciones muy similares a las de su hogar natural, como cuevas, refugios subterráneos e incluso árboles huecos.

Murciélago Natalia Aguillón Monter. (Facultad de Ciencias,UNAM).

No obstante, a lo largo de la historia los murciélagos han sido percibidos de muchas maneras. En algunas tradiciones occidentales suelen asociarse con la oscuridad o el miedo. Para los antiguos mayas, en cambio, estos animales también formaban parte de los ciclos de transformación del mundo. Habitaban los lugares profundos de la tierra, los mismos espacios donde germina el maíz y comienza la vida. Comprender estas distintas formas de mirar a los murciélagos nos invita también a reconsiderar nuestra propia relación con ellos.

Hoy sabemos que estos mamíferos nocturnos cumplen funciones fundamentales en los ecosistemas: dispersan semillas, polinizan plantas y ayudan a controlar poblaciones que pueden volverse plagas sin la ayuda de nuestros amigos murciélagos. Si nos vamos más allá, a ellos les debemos el tequila, el jitomate, el arroz y un sinfín de cosas que ni siquiera nos damos cuenta. Lejos de ser criaturas temibles, son aliados silenciosos de los bosques tropicales.

Así, los murciélagos que hoy descansan en los templos mayas recuerdan que naturaleza y cultura han convivido por siglos. Lo que se imaginó como entrada al Xibalbá ahora es su refugio. Y… quizá por eso siguen volando entre dos mundos: los templos mayas y el inframundo.

Therya ixmana 5(2):109-111

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Facultad de Ciencias, Universidad Nacional Autónoma de México,

Ciudad de México, Ciudad de México, México. nataguillon@ciencias.unam.mx

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