
En los bosques de niebla que rodean a la región de Xalapa aún es fácil ver algunos de los representantes más evidentes de la flora arbórea de este ecosistema: olmos gigantes (Ulmus mexicana). Enclavados en las húmedas y profundas barrancas que caracterizan la zona, los olmos alcanzan tallas superiores a los 40 m de altura, con copas extendidas que pueden observarse a kilómetros. Estos árboles presentan amplios contrafuertes que les dan estabilidad, y una corteza desprendible en lajas. Sus hojas lanceoladas de margen aserrado asemejan a las de un pipinque (Carpinus tropicalis) o a las de las hayas mexicanas (Fagus grandifolia subsp. mexicana), también habitantes del bosque de niebla, pero sus flores y frutos confirman sus diferencias e identidad. Paisajísticamente son muy notorios por su capacidad de reverdecer majestuosamente, después de un invierno que les ha tirado las hojas por completo, en unos cuantos días producen miles de ellas para cubrir sus ramas desnudas (Ver fotografía del cintillo).
Por otro lado, sus diminutos frutos de 3 mm son dispersados largas distancias por el viento. Sus semillas, con una excelente capacidad de germinación, y sus plántulas de rápido crecimiento propician que sea común encontrarlos en espacios verdes urbanos, carreteras arboladas o fincas de café. La presencia de estos gigantes no solo trae consigo un beneficio estético, también son refugio para decenas de especies de aves y otros animales del bosque, retienen el suelo en las escarpadas pendientes y son de vital importancia para la captura de humedad.
Debido a que se trata de árboles de rápido crecimiento, en unos cuantos años —digamos 20— es posible tener ejemplares de 15 a 20 m de alto, con diámetros de hasta 60 cm en su tronco principal y copas amplias que aportan una gran belleza a los espacios naturales. En el INECOL se pueden encontrar varios olmos de estas dimensiones rodeando sus instalaciones; el más emblemático se ubica en la entrada del Jardín Botánico Francisco Javier Clavijero (JBFJC) (Fotografía 1). Fue sembrado hace 144 años por el Ingeniero Ortiz y se ha convertido en un ejemplar digno de reconocerse por sus visitantes.
En años recientes se ha visto en la región un aumento en la cantidad de plantas parásitas (muérdago o corrihuela) que crecen sobre las copas de algunos árboles, incluidos nuestros grandes olmos. En casos no controlados, estas pueden matar individuos adultos relativamente longevos (30 años), pero con tallas ya considerables (observación personal en San Antonio de Hidalgo, Tlalnelhuayocan). Una alta densidad de muérdago —como Psittacanthus schiedeanus o Struthanthus sp.— en sus copas augura un probable destino fatal para ellos.

En áreas antropizadas la presencia de un árbol muerto que sigue en pie representa un peligro para las personas y construcciones que lo rodean, de igual forma un árbol vivo con una alta densidad de plantas epífitas y parásitas, ramas secas o muy inclinado implica un riesgo latente. En este sentido, el mantenimiento para cuidar a estos grandes árboles es necesario. Este trabajo va mucho más allá de simplemente cortar ramas, pues antes de cualquier intervención, se requiere una evaluación de riesgos (en sitios donde hay tránsito de personas o construcciones que puedan salir dañadas), un sólido conocimiento de la biología del árbol, entender su respuesta a la poda, saber qué cantidad de follaje se puede retirar sin estresarlo, e identificar los sitios correctos para realizar los cortes de modo que la herida pueda compartimentar (sanar) adecuadamente y evitar el riesgo de pudrición.
Afortunadamente, cada vez más personas se interesan en conservar los árboles que con los que conviven y confían su cuidado a personal debidamente capacitado. Un ejemplo notable de poda especializada fue el realizado por el equipo de jardineros del JBFJC del INECOL, A. C. en 2024. Durante casi un mes de trabajo continuo, los arboristas Carlos Iglesias, Javier Hernández, Manuel Ortiz y el trepador y podador Jerónimo Hernández, acompañados por Luis Méndez como personal de apoyo, brindaron mantenimiento preventivo al olmo de la entrada.
El trabajo consistió en una poda de saneamiento para retirar ramas enfermas, dañadas, secas, cruzadas y parasitadas. Con ello se logró eliminar el muérdago que infestaba varios puntos de la copa, incluso hasta la parte más alta (~32 m de altura). Asimismo, se eliminaron ramas muertas de distintos tamaños para reducir el riesgo de ruptura y caída. También se retiraron un importante número de plantas epífitas principalmente bromelias cuya densidad y pesos representan un riesgo importante para la caída de ramas. Sin embargo, se dejaron en el árbol aún otros tipos de epífitas como orquídeas, helechos y peperomias.
Este trabajo de poda demanda de personal con gran habilidad, destreza y una excelente condición física con capacidad de autocontrol para laborar durante horas en el dosel a gran altura. Estas cualidades describen a Jerónimo Hernández como el arborista responsable de ejecutar el 100 % de las labores en la copa del majestuoso olmo, bajo la dirección técnica del personal del jardín botánico y con el apoyo de técnicos y personal operativo. (Fotografía 2).
Intervenir y podar árboles históricos y centenarios, como el olmo del JBFJC implica una enorme responsabilidad y compromiso: por un lado, asegurar la salud y permanencia del ejemplar; por el otro, mitigar cualquier riesgo para las personas y la infraestructura. No podemos negar el deleite de convivir de manera segura y en armonía con árboles tan viejos, grandes y sanos, ni la importancia de contar con personal especializado que les dé mantenimiento para asegurar su longevidad durante varias generaciones más.