Cultura

Cuento

La profundidad de una fosa

Nací en Jalisco, eso es lo que sé. En un rincón apartado donde los claxon de autobuses suenan distantes, como un grito ahogado en medio de la nada.

Comencé como algo pequeño, apenas transitaban por mi interior las alimañas, quienes se escondían durante el día y en la noche transitaban otros senderos, a veces volvían, a veces no. El tiempo discurrió y crecí hasta albergar un pedazo de oscuridad helada. El cielo nocturno reverberaba en mis adentros para después dar pie a un sol infernal que no se calmaba hasta que alguna cabeza con gorra y un paliacate se asomaba y proyectaban un poco de su sombra.

Los ojos de los hombres que me crearon me estudian constantemente, hablan entre ellos, con suspiros y pocas palabras, son más bien gestos, quejidos y poco más.

–Ya hay que usar esta… –suelta uno de ellos.

–Ey, en la noche que los echen.

–¿Pero quién? Yo no, ¿eh?, güey… qué hueva.

–No, que lo hagan los nuevos, sirve que se van curtiendo en este pedo.

Su mirada me absorbe, después se alejan. Suena el motor de una camioneta, arranca. Silencio.

Vuelven en la noche. Siento las pisadas que se intercalan en zancadas y pasos nerviosos que se detienen hasta habitar mis orillas y observarme desde arriba. Son tres hombres.

Uno de ellos respira y habla con autoridad. Los otros dos se acongojan, su postura es similar a la de un caracol que se envuelve para desaparecer, son delgados, sus movimientos crispados me indican su nerviosismo.

–Órale pues, van… ahí mero los meten. Yo aquí los voy a estar checando.

Los hombres caracol se miran entre ellos, asienten sin decir nada. Ellos no tienen por qué estar aquí, están sin quererlo. La madrugada se traga el ruido. Avanzan en silencio, arrastran algo hasta dejarlo caer en mi vientre. Es un cuerpo inerte que siembra vida en mi interior.

Mi cuerpo lo abraza, por más que nos separe una bolsa de plástico negra yo percibo ese calor que se ha desvanecido, abrazo el cadáver que descansa en mi profundidad e imagino un escenario donde germina como una pequeña semilla y la vida se esparce. Llegan más. Son varios. Uno tras otro, algunos más livianos y pequeños.

Los hombres caracol no miran hacia abajo, no disciernen que, en mi profundidad, aparece un destello, una madre que aguarda como fosa y espera a los que vienen para resguardarlos. Se acabó. Lo que sea que padecieron en vida llega a su fin y se quedan aquí, donde se gestarán en mi vientre hasta desaparecer. Crecer hacia adentro, hasta que en lugar de formarse, se deshagan y queden solo huesos.

Cuando terminan su labor agarran un par de palas mientras el hombre autoritario enciende un cigarrillo y las volutas de humo caliente se funden con la noche y se elevan hasta un cielo estrellado que no volveré a ver.

Estoy llena de cadáveres, mis hijos muertos, a quienes cobijo cuando el último montículo de tierra cubre mi profundidad.

Los días son lentos, pesarosos, el hedor no se expande, se queda dentro acumulado, adhiriéndose a mis paredes de tierra. A veces escucho pasos que circulan por la zona, algunos se sienten ajenos, otros, desesperados. De vez en cuando las voces se filtran en mi letargo.

–No, señora, no, aquí no hay nada.

–Queremos buscar, déjenos excavar –suplica una voz femenina.

–No, que le digo que aquí no se puede… aquí no hay nada.

Las voces se vuelven lamentos, mujeres que lloran y se desgarran por dentro. El hombre las despacha, pero ellas siempre vuelven.

No sé cuánto tiempo pasa cuando ellas regresan envueltas en la noche. Sus pasos son ligeros, silenciosos. Sé que son varias. Murmuran. Sus palabras emiten ecos de amor y pena, entre ellas se entrelazan. Cavan, me circundan, pero no me encuentran. No sé si son sus hijos o los míos, pero dentro mío siguen reposando los cuerpos inertes, retozan, hablan entre ellos, a veces escucho el rumor de una conversación que se quedó estancada en ellos antes de morir, y la rumian aquí.

Ellas buscan, siempre buscan. Cavan con o sin palas, a veces hasta con las manos. Lloran en silencio. Caminan pero no se detienen sobre mí, no alcanzan a distinguir el hedor que me impregna, el vientre funesto que resguardo.

Se marchan cuando el silbido de una bala atruena en el cielo. La tierra se estremece cuando sus pisadas desesperadas desaparecen, entonces llega él con su camioneta y varios hombres.

Por primera vez en mucho tiempo vuelvo a ver el cielo estrellado y, seguido de eso, un hombre de rostro férreo. Se tapa la nariz mientras suelta un alarido de disgusto.

–Apesta horrible… – suelta mientras retrocede.

Otros rostros se asoman, ríen, parecen haber encontrado una mina de oro.

–Sáquenlos pues, tenemos dos horas para llevarlos al Purgatorio.

Los demás hombres asienten. Ellos no son como los caracoles. No, ellos quieren estar aquí. Tienen brazos y manos fuertes, sacan a mis hijos uno a uno, se los llevan y me despojan de la muerte que se gestaba en mi vientre.

Escucho cómo los suben a la camioneta. Me quedó así. Sola.

–¿Cubrimos la fosa otra vez? – pregunta uno.

–Mañana venimos temprano, ahorita ya vámonos que estos le urgen a Silvana.

Se van. Y yo quedo así: vacía, abierta, me lleno de la noche y la indiferencia. Pienso entonces en que ya no soy una fosa, sólo un hoyo sin propósito. No soy la madre de los cadáveres, solo su escondite. Soy el hueco en el corazón de una madre que busca y no encuentra.

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