Para Eugenia Ladra, la literatura no apareció como un gesto solitario ni como una revelación súbita. Llegó primero desde la escucha. Desde una voz leída en voz alta en un aula de liceo, desde una profesora distinta que, sin saberlo, abrió una grieta por la que entró la obsesión por la literatura. Tenía 15 años y vivía en un pueblo pequeño de Uruguay. Aquella profesora, recuerda, venía de otro lugar, vestía diferente y llamaba la atención incluso antes de hablar. Cuando leía poesía en voz alta, algo extraño ocurría en el salón: un estado casi meditativo del que nadie sabía bien cómo salir.

“No sabía muy bien qué hacer con lo que sentía”, confiesa. Pero ese desconcierto fue el inicio de todo. Eugenia empezó a obsesionarse con la literatura, a ser una buena alumna, a tomar apuntes prolijos en su cuadernola escolar. Y, en paralelo, a construir un archivo secreto: una carpeta donde recortaba textos que le gustaban, los pegaba y los comentaba. Ese gesto íntimo, escondido por vergüenza, fue uno de los primeros espacios donde comenzó a tejerse su escritura.
De ahí surgieron pequeños textos, un blog compartido con desconocidos y una libertad particular: la del anonimato. Nadie sabía quién era ni cuántos años tenía. Escribía sobre lo que le interesaba, copiaba fragmentos que la habían marcado, armaba una versión digital de aquella libreta secreta. Fue un impulso inicial que luego se interrumpió. Siguió leyendo, pero dejó de escribir durante un tiempo. Estudió comunicación y creyó que su camino iba por otro lado. No fue así.
La escritura como espacio colectivo
El regreso llegó a través de los talleres literarios, una tradición muy arraigada en el Río de la Plata. Eugenia los describe como una herencia hermosa: generaciones de escritores formándose unos a otros en espacios íntimos que muchas veces suceden en casas particulares o en librerías cerradas al público. Lugares donde se comparten textos, lecturas y conversaciones que transforman.
El día del taller se convirtió pronto en su día favorito de la semana. Trabajaba durante días un texto para leerlo en voz alta, recibir comentarios, escuchar a los demás y aprender tanto de lo que escribían como de lo que corregían. La clase de literatura del liceo y los talleres posteriores fueron, para ella, espacios colectivos de escritura fundamentales, experiencias que siguen presentes hasta hoy, ya sea como participante o como coordinadora.
Aunque escribir implica sentarse sola frente a una computadora, Eugenia insiste en que hay una dimensión colectiva sin la cual su escritura no funciona. Compartir, generar espacios seguros de lectura y de escucha, hacerse cargo de lo que se escribe frente a otros: todo eso está en el centro de su práctica. El paso del anonimato del blog al taller fue decisivo. Allí aparecieron las relaciones humanas, la comunidad literaria, los lectores de confianza. Y con ellos, una responsabilidad nueva: decir “esto lo escribí yo”.
Narrativa como territorio
Aunque su formación inicial estuvo marcada por la poesía —Rubén Darío fue una presencia constante en aquellas primeras lecturas—, Eugenia Ladra se define sin rodeos como una escritora de narrativa. La poesía le genera un respeto profundo, casi reverencial. No se aventura a escribirla. La admira desde la distancia. Su lugar seguro está en la narración: en leerla, escribirla, obsesionarse con ciertos autores, seguirles la pista libro tras libro.
Actualmente, esa obsesión pasa por Clarice Lispector. Leer Agua viva ha sido, dice, una experiencia que llegó en el momento justo: un libro breve, intenso, difícil de digerir, lleno de frases que se expanden si una se queda a vivir en ellas. Le interesa ese tipo de lectura que no se consume rápido, que propone un juego emocional y conceptual al lector.
“Carnada”: un pueblo, una niña, un verano
Carnada, publicada por Tránsito editorial, es una novela profundamente uruguaya y, al mismo tiempo, universal. Para escribirla, Eugenia inventó un pueblo: Paso Chico. Un territorio ficcional construido a partir de una experiencia vital decisiva. Durante diez años vivió en el interior de Uruguay, a cuatro horas de Montevideo, con su abuela. Pasar de la ciudad a un pueblo de diez mil personas implicó una ruptura radical: cortar la educación escolar, habitar un espacio donde todos se conocen, donde la naturaleza está al alcance inmediato y donde una niña puede pasar el día sola, sin demasiada supervisión adulta.
Esa experiencia fue crucial. La naturaleza no solo define la atmósfera del libro, sino también una forma de libertad y de exposición. Desde ahí nace Paso Chico, un pueblo que le permite hablar de temas que le resultan urgentes: la violencia naturalizada en las comunidades pequeñas y, en particular, la violencia que atraviesa a las mujeres adolescentes.
La protagonista es Marga, que cumple trece años al inicio del libro. La novela acompaña su recorrido durante un verano decisivo. Es una edad extraña, dice Eugenia: una etapa de transición donde una se siente de una forma, pero el mundo mira de otra. Niñas y adolescentes al mismo tiempo, creyéndose adultas, sin palabras suficientes para nombrar lo que ocurre en el cuerpo y en la emoción. Con una educación sentimental casi inexistente, muchas violencias se sienten, pero no se comprenden ni se nombran.
En ese verano aparecen dos figuras masculinas que alteran la vida de Marga: Recio, un joven forastero, y Daniel Doit, un pescador ciego y fundador del pueblo. Todo ocurre dentro de una atmósfera opresiva, dominada por una naturaleza intensa y por un territorio marcado desde su origen.
Paso Chico se funda sobre una tierra inestable: un río que retrocede y deja al descubierto un suelo fangoso que “no era de nadie”. Ese origen quebrado convierte al pueblo en una metáfora de todo lo que está roto desde el comienzo. Un lugar olvidado por el Estado, pequeño, insignificante incluso en su nombre, donde lo chico habla de abandono, de precariedad y de silencios prolongados.
La voz del pueblo
Uno de los grandes desafíos de Carnada fue la construcción del narrador. Aunque la historia está focalizada en Marga, la novela está escrita en tercera persona. Mientras escribía, Eugenia pensaba que quien narraba era el propio pueblo. Una voz inquieta, móvil, capaz de entrar y salir de las conciencias de los personajes, de recorrer todos los espacios sin detenerse. Por eso no hay guiones de diálogo: la voz narrativa se desliza, se filtra, se mezcla.
Hay un capítulo, sin embargo, que fue especialmente difícil de escribir. El corazón de la novela. Una escena de abuso que implicó volver a un lugar doloroso. Vivía entonces en Barcelona y escribía en bibliotecas públicas. Durante semanas postergó ese capítulo, sabiendo exactamente lo que iba a ocurrir. Hasta que un día llegó temprano, a las ocho de la mañana, se sentó y escribió durante cuatro horas sin levantarse. Fue un impulso narrativo único, motivado tanto por la claridad técnica como por el deseo de salir rápido de ese espacio emocional.
Lengua, política y pertenencia
Aunque Carnada es un libro profundamente uruguayo, México está muy presente en su escritura. Desde el epígrafe hasta las lecturas que la acompañaron durante el proceso —El llano en llamas fue una puerta de entrada recurrente a la atmósfera que buscaba—, la literatura mexicana funcionó como una guía emocional. Por eso, llegar a México con este libro le genera una expectativa especial: ver cómo se lee en otro contexto cultural, reconocer las resonancias latinoamericanas, especialmente en torno a la violencia.
Uno de los rasgos más potentes de la novela es su trabajo con el lenguaje. Eugenia rescata palabras, giros y expresiones del interior de Uruguay, muchas de ellas escuchadas en la voz de su abuela. Para ella, trabajar con el habla local es un gesto estético y político. Afecta la respiración del texto, su forma, su música. Y también funciona como un manifiesto: decir “así se habla en mi país”, más allá de la capital.
Defender el castellano uruguayo, especialmente el del interior, es una forma de preservar un tesoro y de compartirlo con el mundo. Así como ella se acerca a otras literaturas a través de sus dialectos, quiso que Carnada permitiera ese mismo acercamiento a su territorio.