Cultura

La cultura de la meritocracia y la repulsión a la mediocridad en la más reciente película de Timothée Chalamet

Todos queremos ser Marty Supreme, pero… ¿por qué?

En la más reciente película protagonizada por Timothée Chalamet, el espectador sigue el recorrido de Marty, uno de los personajes más incómodos y controversiales del cine reciente: un jugador de ping pong obsesionado con convertirse en el mejor. Para lograrlo, Marty está dispuesto a sacrificarlo todo —responsabilidades, vínculos familiares y afectivos, dignidad personal— y a someterse a humillaciones públicas con tal de probar su talento y asegurarse un lugar en la historia.

Dirigida por Josh Safdie, la cinta despliega un universo denso y áspero donde conviven múltiples capas de crítica social: la herida aún abierta de la Segunda Guerra Mundial y los campos de concentración, la aceptación de Japón en el orden mundial tras la guerra, el abandono sistemático de la cultura —en especial del teatro— y la precariedad de la clase baja en Estados Unidos. En medio de este paisaje hostil, Marty no sólo compite: intenta existir, abrirse paso y dejar un legado en un mundo que parece diseñado para expulsarlo.

Marty es arrogante, impredecible, vulgar y profundamente antipático. Su personalidad remite inevitablemente a Holden Caulfield, el icónico protagonista de El guardián entre el centeno de J. D. Salinger. Sin embargo, hay una diferencia crucial: Marty es pobre. No cuenta con el privilegio de la deriva ni con el lujo del desencanto; su desesperación es material y urgente. Necesita dinero para viajar a Japón, donde buscará enfrentar al rival que le arrebató la victoria un año atrás y, con ello, la posibilidad de validarse a sí mismo.

Para cumplir ese objetivo, Marty cruza límites morales sin pestañear: estafa, engaña, roba y se arrastra literalmente ante el mundo de los ricos, aceptando la humillación como moneda de cambio. Su trayecto no es heroico ni edificante, pero sí eficaz. Y ahí reside la clave de su magnetismo.

Entonces surge la pregunta incómoda: ¿por qué Marty, siendo un personaje tan desagradable, ha sido idealizado en redes sociales y celebrado por la audiencia? La respuesta no está sólo en la narrativa, sino en el contexto cultural que la rodea. Marty encarna a la perfección el mandato contemporáneo de la meritocracia: prioriza tus sueños por encima de todo, aunque eso implique agotarte, aislarte y destruirte. Es el hijo perfecto de la llamada cultura del cansancio, donde el éxito individual justifica cualquier sacrificio y la mediocridad se vive como una amenaza moral.

A los ojos del público, Marty es fascinante porque gana. Es divertido, excesivo, impredecible y, sobre todo, el mejor. No pide permiso ni disculpas. La campaña de marketing de la película refuerza esta lectura: Timothée Chalamet declaró que este era el mejor trabajo de su carrera y que lo llevaría al Oscar. El paralelismo es evidente. Así como Marty alcanza la cima a cualquier costo, el actor se presenta como alguien que ha superado sus propios límites para lograr la victoria definitiva.

De este modo, la figura de Marty trasciende la pantalla. Ya no es sólo un personaje, sino un espejo cultural. Su éxito reaviva una fantasía profundamente arraigada: la idea de que alcanzar nuestras metas —cueste lo que cueste— es no sólo deseable, sino admirable. Y quizás ahí radique la inquietud más profunda de la película: no en lo que Marty está dispuesto a perder, sino en lo dispuestos que estamos nosotros a celebrarlo por hacerlo.

Tendencias