Beatriz Serrano pone sobre el papel aquello que muchos viven en silencio: el hastío cotidiano de la vida godín. El descontento no es solo una novela sobre una oficina, sino una radiografía emocional de una generación atrapada entre la estabilidad laboral y el vacío existencial que esa misma estabilidad puede provocar.

Durante varios meses, El descontento se mantuvo en la mesa de lectura de creadores de contenido en español, quienes coincidían en algo: el libro era divertido, incómodo y dolorosamente honesto. Una historia que se atreve a narrar la vida en la oficina desde el punto de vista del trabajador que ya no encuentra sentido en su rutina, pero tampoco puede escapar de ella.
El término “godínez” —tan popular en el imaginario latinoamericano— suele referirse a la persona que pasa ocho horas (o más) en una oficina, rodeada de estereotipos reconocibles: comida llevada en recipientes de plástico, tazas con frases motivacionales, juntas interminables, chismes de pasillo y un código de vestimenta que borra cualquier atisbo de individualidad. Serrano toma este universo aparentemente banal y lo convierte en el escenario de una crítica feroz.
La historia se centra en Marisa, una mujer en sus treinta que trabaja en una agencia de publicidad y que ha aprendido a anestesiar su existencia mediante ansiolíticos y videos de YouTube. Su presencia física en la oficina no responde a una vocación ni a una ambición profesional, sino a una lógica absurda pero familiar: ahorrar dinero en aire acondicionado durante el sofocante agosto madrileño. Marisa odia su trabajo, pero no puede dejarlo. Le gustan demasiado las cosas bonitas, esas que solo puede pagar si sigue ahí.
En ese punto, El descontento deja claro que no se trata únicamente del rechazo al trabajo, sino de la contradicción central del sistema: la necesidad de sostener una vida que, al mismo tiempo, te va quitando la posibilidad de vivirla. La novela se mueve entre el humor ácido y la angustia silenciosa, mostrando cómo la rutina laboral puede convertirse en una forma de desgaste emocional constante.
El detonante narrativo es la semana previa a un team building organizado por la empresa. Para Marisa, la idea de convivir un fin de semana completo con sus compañeros resulta insoportable. Lo que debería ser una actividad de integración se transforma en una amenaza directa a su frágil equilibrio mental. En ese contexto, un recuerdo traumático del pasado emerge, y la máscara social que ha perfeccionado durante años comienza a resquebrajarse hasta hacerlo estallar todo.
Serrano construye una novela que funciona como un dardo afilado: cada página atraviesa al lector con una verdad incómoda. El descontento habla de la crisis de quienes trabajan, de la soledad que persiste incluso en espacios llenos de gente, y de la urgente necesidad de vínculos reales para no sucumbir al pensamiento recurrente de querer desaparecer un lunes por la mañana.
Pero la crítica va más allá del espacio físico de la oficina. La novela cuestiona aquello que el trabajo arrebata: el tiempo, la energía, la identidad y la idea misma de una “vida de verdad”. ¿Qué significa vivir auténticamente en un mundo que mide el valor personal en función de la productividad? ¿Es suficiente cumplir un horario, ser eficiente y cobrar a fin de mes?
Beatriz Serrano no ofrece respuestas fáciles. Reconoce que hay quienes encuentran en esta vida un sueño cumplido, una fuente de estabilidad y sentido. Sin embargo, también da voz a quienes, como Marisa, buscan algo distinto y no saben muy bien qué es, pero sienten con claridad que no puede ser esto.
En ese sentido, El descontento se inscribe como una novela generacional: incómoda, lúcida y necesaria. Un espejo que refleja el malestar cotidiano de una época donde trabajar es obligatorio, pero estar satisfecho parece casi un privilegio.