19 de mayo
¿No es extraño cómo funcionan los recuerdos? Hoy desperté con el baño de mi primera casa en la mente. Sujeté el recuerdo y quise ver hasta donde me llevaba. Olí los silencios de la casa y traté de iluminar los rincones. Dicen que en esa casa había fantasmas. Una amiga vio un decapitado, yo una señora que se sentó en mi cama. Mi madre evadía el tema. Mi padre decía que era obvio que los fantasmas existían y que debían de estar en algún lugar. ¿Por qué no en la casa?
He estado lejos de esa casa por mucho tiempo. Esa casa era fría y mi mente joven escuchaba toda clase de ruidos. Era una casa de dos plantas pero las escaleras fueron clausuradas para crear dos espacios independientes. La parte de abajo se rentaba para oficinas y la parte de arriba era donde mi familia y yo vivíamos. Los inquilinos también veían cosas y algunos cancelaron el contrato.
Con estas ideas y sensaciones me incorporo en la cama. Me froto la cara y parpadeo hasta sentirme menos adormilada. Me pongo las pantuflas y camino hasta la cocina. Pongo agua a hervir, un poco de café me hará sentir mejor. Mi mente sigue en el pasado, veo con claridad mi cuarto infantil. Me sorprendo de recordar algunos detalles: el tapiz azul oscuro con semicírculos y la alfombra no tan suave pero por lo menos caliente. El closet era muy grande, otras mañanas he despertado pensando en cómo acomodaba mi ropa allí. No tenía tanta, ¿cómo llenaba todo ese espacio? Algunas veces en sueños mezclo la ropa que tengo ahora con lo que tenía entonces y tampoco así lleno todo ese espacio. Las puertas eran corredizas, de color café despintado con el tiempo. A veces las puertas se caían y tenía que pedir ayuda para arreglarlas. En las paredes había repisas de vidrio, sobre ellas libros y peluches. No tenía cuadros, tenía posters, de animales. Los primeros años solo tenía mi cama, las repisas y un mueble pequeño para la TV. Después entré al colegio y necesitaba un espacio para estudiar. Mis padres me compraron un escritorio que pusimos frente a la ventana.
El sonido del agua hirviendo me hace volver la cabeza a la estufa. Giro la perilla. Pongo cuatro cucharadas grandes de café en la prensa francesa y vierto el agua caliente. Me froto las manos. Siento frío. Supongo que el recuerdo de esa casa me envolvió hoy porque sé que tengo que volver. Me sirvo el café y tomo un trago. Reviso el celular. Estoy buscando algo. Cierro los ojos y veo mi cuarto, con su closet amplio y su tapiz simétrico. Sé que tengo que volver. Comienzo a preparar unas mudas de ropa para el viaje. Mi padre era quien vivía allí y tengo la certeza de que ha muerto.
24 de mayo
Escribo desde un hotel porque me ha dado miedo dormir allí. Todo sigue tal y como lo recuerdo. Es como si la misma casa fuera un fantasma. De mi padre no he sabido nada. Tuve que llamar a unos cerrajeros para que abrieran la casa. Me parece increíble que nadie pregunte si eres o no el habitante del lugar. Solo llamas, esperas en la puerta y llegan a abrir. Les pagas, les das una propina y no hacen ninguna pregunta. Creo que les dije que había perdido mis llaves, lo cual es cierto. Solo que esas llaves las perdí desde hace mucho años.
No quería volver a esta casa. No quería tener que ver todo esto que quizá hubiera cambiado. Las plantas en el jardín siguen siendo casi las mismas. Me preguntó cuánto tiempo viven las orejas de elefante y las bugambilias; había un árbol al fondo, ya no está. Mi celular no tiene ninguna llamada, ni mensaje. Traté de comunicarme con mi tía Margarita, fui a su casa, que estaba a unas cuadras de la de mi padre. Ahora es un edificio muy alto con departamentos y balcones. Pregunté al guardia pero me dijo que no sabía nada de nada. Es nuevo en el lugar.
27 de mayo
¿Cómo se hace para encontrar a la gente perdida? He estado yendo a la casa, poco a poco me adentro en ella. Sigo sin dormir allí, tengo miedo. Hoy exploré mi cuarto, su tapiz está un poco desgastado pero sigue siendo color azul. La alfombra fue reemplazada por otra alfombra exactamente igual. Sé que es distinta por el olor, la mía no olía así. Ya no están los pósters. Solo hay un cuadro, una fotografía mía de cuando era bebé. Podría ser cualquier bebé pero creo que reconozco mi mirada.
Tuve que ir al baño. Antes había mosaicos pequeños de colores, hoy hubo algunos menos. Creo que se cayeron con el tiempo y nadie los reparó. Me sentí con ganas de tomar una ducha. Pensé en hacerlo, pero no sé cómo sacar agua caliente y no encontré toallas. Mientras las buscaba entré al cuarto de mi hermana, aún tenía la alfombra rosa que sí era suave. No recordaba el sillón morado. La cama estaba destendida, como si fuéramos otra vez la familia que vivía en este lugar.
05 de junio
Hoy me dediqué a recorrer los lugares de mi juventud. Fui a la escuela donde estudié y me sorprendí de que la directora siguiera en su puesto. Me reconoció enseguida y me dejó entrar. Me dirigí instintivamente a la biblioteca, tomé uno de los volúmenes enciclopédicos. Con el tomo Naturaleza y sociedad a través de los siglos me dirigí al jardín y me senté bajo un árbol. Leí algunas páginas dejándome distraer con el sonido de las voces infantiles en los salones. Escuché como las maestras daban la clase y luego preguntaban para asegurarse que los niños hubieran entendido. Me recordé siendo la que siempre levantaba la mano y tenía la respuesta. Recordé que algunas veces las maestras preguntaban si alguien más sabía la respuesta. No me gustaba cuando hacían eso, mi mamá me decía que era para que otros niños también participaran.
Al mediodía regresé a la casa, nunca me gustaron los recreos. Demasiado ruido. La casa seguía igual. Comenzó una llovizna que me hizo apresurar el paso en el patio. Tropecé. Me manché las rodillas con lodo. Entré a la casa, dejé mi chamarra en la cocina y pensé que debía cambiarme. Abrí el closet de mi cuarto y me sorprendí de encontrar ropa. Yo no había traído esas prendas hace unos días que llegué, esas eran prendas distintas. Era ropa mía, de eso estaba segura, eran mi talla y estilo. Pero no era la que tenía en mi departamento. Tampoco eran las que tenía cuando vivía allí. No sé cómo llegaron al closet. Me distraje por el frío que sentía y tomé un suéter, unos jeans, unas botas y una camiseta. Me desvestí y con una toalla sequé mi cabello. En mi maleta encontré un cepillo. Me sirvió para desenredar los nudos que se me habían hecho con el viento y el agua.
07 de junio
Volví a la casa temprano. El cielo estaba nublado, pero no llovía. Abrí la puerta con la misma facilidad que los otros días. Entré sin pensar en el gesto, como si hubiera olvidado que al principio me costaba hacerlo. Dejé las llaves sobre la mesa de la cocina.
No miré a mi alrededor. Caminé como si supiera a dónde iba. El piso crujía igual que antes. Pensé que ese sonido no había cambiado nunca, aunque todo lo demás sí.
Me detuve frente a la puerta del cuarto de mi padre. La puerta estaba entrecerrada.
Empujé apenas. El cuarto olía distinto al resto de la casa: había algo agrio. La cama estaba hecha, demasiado tensa. Sobre la silla que mi padre había usado como buró había un vaso de vidrio con una marca opaca en el fondo, como si hubiera tenido agua y se hubiera evaporado. No toqué nada.
Abrí el clóset. Había camisas colgadas, pantalones doblados, zapatos alineados. Todo ordenado con una precisión inquietante. Las prendas colgaban con más espacio entre ellas, como si alguien hubiera quitado algunas. Metí las manos en mis bolsillos, tratando de encontrarles un lugar.
Me asomé por la ventana. Desde ahí se veía el patio. El lugar donde antes estaba el árbol. Ahora solo tierra húmeda. Sentí frío, pero no me moví.
Estuve ahí dentro más tiempo del que planeaba. Al salir, dejé la puerta como estaba: apenas abierta.
Tuve que ir al baño, sentía unas inmensas ganas de hacerlo. Allí encontré una toalla doblada sobre el lavabo. Blanca. Limpia. No recordaba haberla traído. La tomé y la olí. No olía a jabón, ni a humedad. Olía a nada. La dejé donde estaba.
Pensé en mi padre. Me di cuenta de que hacía horas que no pensaba en él, aunque estaba en su cuarto, no pensaba en él. Era la casa la que dominaba mis pensamientos.
Regresé al hotel. Me dolía la espalda. Al quitarme la chamarra noté que olía a ese cuarto. No la colgué. La dejé sobre la silla.
Antes de dormir pensé que quizá el miedo no tiene que ver con lo que aparece, sino con lo que insiste.
No dormí bien.
9 de junio
Hoy entré a la casa a mediodía. Me quedé en la cocina. Había luz suficiente, así que no encendí las luces como los otros días. La ventana estaba abierta. Cerré con cuidado, como si alguien pudiera molestar a alguien que estuviera durmiendo.
Puse agua a hervir. Encontré la olla donde siempre estuvo. No tuve que buscarla. Encendí la estufa. El gas hizo el mismo ruido de siempre. Pensé que era extraño reconocerlo después de tantos años lejos. Me apoyé en la encimera mientras esperaba. Con la yema de mis dedos toqué algo, había una taza allí. Blanca. La sostuve. No estaba fría.
Bebí despacio. El café estaba demasiado cargado, como le gustaba a mi padre. Debí de haberme distraído mientras lo preparaba.
Escuché el sonido del refrigerador encenderse y apagarse. Conté los segundos entre un ruido y otro. Me sorprendí de recordar exactamente cuántos eran. Me serví una segunda taza de café.
Al terminar, lavé la taza y la coloqué boca abajo, la única que había usado. Me quedé mirando el fregadero un momento. El agua tardó en irse. Pensé que debía destapar el desagüe, pero no lo hice.
Antes de internarme en la casa, pasé la mano por encima de la estufa para asegurarme de que estuviera apagada. Todavía estaba tibia.
Necesitaba abrir las ventanas para dejar correr el aire.
12 de junio
Hoy crucé el pasillo.
No lo había hecho así antes, con calma, incluso con una parsimonia como si estuviera cómoda dentro de esta casa. Siempre lo atravesaba rápido, como si fuera solo un tramo entre dos puntos. Hoy no. Me detuve ahí, en medio. No encendí ninguna luz. Había claridad suficiente entrando por las ventanas de los cuartos, una luz desordenada, sin dirección.
El pasillo es más angosto de lo que pensaba. O quizá siempre fue así y ahora mi cuerpo ocupa más espacio. Caminé despacio, midiendo cada paso. El piso crujía, pero no de la misma forma en todas las tablas. Algunas sonaban huecas, otras no. Pensé que alguien que conociera bien la casa sabría dónde pisar.
Las paredes estaban limpias. Demasiado. No había cuadros, ni marcas, ni clavos. Me acerqué y pasé la mano por una de ellas. Estaba fría. Retiré la mano de inmediato, como si hubiera tocado algo que no debía.
Desde ahí podía ver las puertas: la mía, la de mi hermana, la de mi padre. La del baño de él y la del nuestro. Los baños cerrados, las recámaras abiertas. Me quedé quieta un momento, escuchando. La casa respirando como siempre.
Sentí ganas de sentarme en el suelo. No lo hice. Pensé que si me sentaba quizá me costaría levantarme. Pensé también que nadie sabría si me quedaba ahí un rato más. No entendí la importancia del gesto.
Volví sobre mis pasos sin mirar atrás. Me dolían las piernas, como si hubiera caminado mucho más de lo que en realidad caminé.
Antes de irme, miré el pasillo desde la entrada. Me pareció distinto. No sabría decir por qué.
No regresé al hotel de inmediato. Caminé un poco por el barrio hasta que oscureció.
Cuando cerré los ojos esa noche, no soñé con mi padre. Soñé con la casa viéndose a sí misma. Los fantasmas la habitaban y ella se sabía hogar.
14 de junio
Fui a la oficina de servicios. No sabía exactamente qué trámite iba a hacer, solo sabía que tenía que ir. Hice fila. Nadie me miró. Cuando me tocó el turno dije mi nombre completo. Mi madre decía que las casas escuchan cuando se dicen en voz alta, por eso hay que cuidar cómo se las nombra. Por eso, al decir la dirección, bajé un poco la voz sin saber por qué.
La mujer tecleó un momento. No levantó la vista. Me pidió una identificación antes de decir nada más. Se la di. La sostuvo un momento. Tecleó despacio. Esperé.
—Está a su nombre —dijo al fin, todavía sin levantar la vista.
Pensé que iba a corregirla. No lo hice. Me habló de adeudos pequeños, de fechas, de un ajuste pendiente. Firmé donde me indicó. Usé una pluma que no era mía. Al terminar, me devolvió los papeles con cuidado, como si fueran frágiles.
Salí sin revisar nada.
En la calle, el sol era fuerte. Me di cuenta de que había salido sin chamarra. Aun así, sentía frío.
17 de junio
Dormí dentro de la casa.
No cerré la puerta del cuarto.
Dejé prendida la luz del pasillo.