Cultura

De gala

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—La vida es sufrimiento —dice mi abuelo—. Tu nacimiento fue causa de sufrimiento. ¿Sabes por qué? —me mira a los ojos—. Porque a tu madre le dolió; tu padre tuvo que pagar; el médico se perdió la final de fútbol y tú, pos naciste llorando. Pero uno aprende a ser feliz a pesar de toda esa pena.

Regresa su mirada al frente. Lleva puesta su vieja camiseta de las Chivas -siempre dice que es su uniforme de gala-, un pequeño gorro de lana y un bastón de madera. A pesar de sus palabras hay una sonrisa pacífica en su rostro. Intento tomarle la mano pero la levanta con el dedo índice apuntando a un grupo de personas a lo lejos.

—Mira. Nunca creí que la vería llorando. Tu abuela no es muy expresiva. Callada, fuerte. Una gran mujer. ¡Ah, pero cómo sabe tiznar mi gorda! Suelta una risita.

--­Qué te digo niño. Las cosas que hace uno por amor.

—Abuelito ¿cómo estás?

La lluvia comienza a caer y encima de nosotros la fronda del árbol nos protege del agua.

—Muy bien. Nunca estuve mejor.

Su voz cambia. Se siente lejana. Sigue observando a las personas.

–Me preocupa tu madre. Tan sentimental desde chiquilla. Lloraba todo el tiempo. Y mírala tan calladita. Pero te va a necesitar mi niño. Y te vas a convertir en una gran persona. Este pinche país necesita hombres y mujeres chingones. No le digas a tu mamá dónde aprendiste esas majaderías ¿eh? —Me guiña un ojo.

Mi cabello está mojado así como mi traje negro. En cambio veo la camiseta de mi abuelo seca; igual su sombrero.

— ¿Estás asustado abuelito?

Esta vez me rodea los hombros con su brazo.

—La muerte no se teme si se ha vivido sabiamente.

Noto que no son gotas de lluvia en mi rostro sino lágrimas cálidas.

Nos quedamos abrazados unos minutos más hasta que me suelta dándome un coscorrón y dice:

—Bueno, ya estuvo. Regresa con tu mamá y tu abue. No les comentes de nuestra plática. Dirán que estás chiflado.

Me giro y la figura de mi abuelo es casi transparente, como humo desvaneciéndose en el aire.

—Recuerda: al final todos somos una historia. Haz que la tuya sea una buena –alcanzo a escuchar como una voz entre el viento.

De pronto me encuentro solo debajo de ese árbol. Vuelvo mi vista al frente y veo a mi madre en su traje negro haciendo señales para que me acerque.

Corro hasta estar con ella. Camino entre todas las personas vestidas de negro y me quedo en medio de mi madre y mi abuela.

—No entiendo por qué enterrar a mi papá con una mugrosa playera de fútbol —comenta.

—Es su uniforme de gala —respondo con orgullo mientras veo el ataúd en que está siendo enterrado el cuerpo de mi abuelito.

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