
José Sarukhán
Miembro de El Colegio Nacional
[...]
Entro a El Colegio Nacional como biólogo en lo que se refiere a mi profesión, y como ecólogo en cuanto a mi especialización. Ocupo, me imagino, un nicho similar al dejado por otro biólogo, que en compañía de los mexicanos más ilustres de su tiempo (compañía quizá no repetida hasta ahora), participó en la fundación de El Colegio hace 44 años. Me refiero a Isaac Ochoterena. Desde su muerte, la Biología holística dejó de estar representada en las actividades de difusión de la cultura por parte de El Colegio Nacional. Es solamente justo que ahora, 37 años después, se integre de nueva cuenta al acervo de conocimientos comunicado por esta Casa académica, ya que representa una parte central del conocimiento humano y de la cultura de un pueblo. Me siento en extremo honrado de llevar sobre mí la responsabilidad de atender esta parcela de la cultura.
[...]
La biología comparte con las ciencias sociales, una dimensión desconocida y prácticamente irrelevante para otras ciencias naturales como la física o la química: el tiempo. Esta similitud no es sorprendente, puesto que el sujeto mismo de las ciencias sociales es un producto de la evolución orgánica.
La dimensión temporal que afecta a la biología co-ocurre inseparablemente con otra dimensión: la espacial. En consecuencia, la fenomenología biológica debe estudiarse en una matriz compuesta por dos dimensiones: la del espacio y la del tiempo, cuyos valores extremos difieren por lo menos en 16 órdenes de magnitud y en la que los fenómenos más veloces ocurren en las dimensiones espaciales más pequeñas y los más lentos en las dimensiones mayores. Sin embargo, la componente temporal no es unívoca; esto es, diversos acontecimientos a lo largo del eje temporal afectan diferentemente el devenir de muchos fenómenos biológicos. En consecuencia, la historia es un tercer parámetro relevante en la biología.
La visión moderna de la biología se desplaza en tiempos que van desde los microsegundos hasta los millones de años y en espacios que oscilan desde unos cuantos micrómetros hasta la biósfera.
La escala más fácil de comprender del tiempo biológico es la que corresponde a nosotros y a los demás organismos superiores y ocurre en tiempos que van desde unos cuantos segundos o minutos para ciertas acciones críticas, hasta varias décadas. Este es el tiempo organísmico, un tiempo que parece sencillo sólo superficialmente, pues depende de la interacción de numerosos fenómenos fisicoquímicos. Ejemplo de ellos son los que están involucrados en este mismo momento en que yo me dirijo a ustedes y en el que mi voz genera, en cuestión de milisegundos, ondas sonoras por la compresión del aire que nos rodea y que hace vibrar sus tímpanos. Estas membranas transmiten la energía mecánica del aire, a través de tres delicados huesos, a la concha acústica representada por el oído interior, cuyas paredes están cubiertas por epitelios de células sensoriales que responden a los cambios de tono e intensidad de la vibración e inician una descarga eléctrica que activa a otras células que conducen el impulso eléctrico por el nervio auditivo.
Unos cuantos milisegundos más tarde, estas señales, debidamente codificadas, arriban a la parte posterior de su cerebro, se distribuyen hacia el cerebro medio, la corteza auditiva y el cerebro frontal, hasta producir una percepción consciente. En este instante ustedes han escuchado mi voz. Si mis palabras hubiesen formulado una pregunta específica, los pulsos de sus neuronas cambiarían en forma coordinada su secuencia a través de la corteza cerebral, hacia centros especiales emotivos y de la memoria del sistema límbico, generando selecciones y permutaciones instantáneas de conceptos y palabras: estarían ustedes pensando. Sus cerebros combinarían nueva información de los bancos de memoria de largo plazo a los de memoria de corto plazo. En un proceso que consume unas fracciones de segundo, las posibilidades relevantes de respuesta son evaluadas por sus centros emotivos y, simultáneamente, las áreas de Broca y Wernicke en la corteza parietal entran en acción, generando órdenes a través de las células de la corteza motora hacia la lengua, los labios y la laringe. En ese instante estarían ustedes emitiendo una respuesta a mi pregunta. El tiempo total transcurrido en este proceso sería menor a tres segundos. Esta dimensión organísmica, en la que átomos y moléculas se encuentran agregados para formar células, tejidos y órganos, es en la que nuestro corazón palpita, nuestros músculos se contraen y en el que generamos toda nuestra actividad vital. Esta dimensión es también el tiempo en el que nuestro cerebro opera para comprender los procesos biológicos que ocurren en nuestro cuerpo.
La relación más detallada de los procesos anteriores requiere de dimensiones espaciales y temporales que se describen en unidades tales como micrómetros y milisegundos. Ésta es la única forma de observar y estudiar la descarga que se produce a lo largo de la membrana de una célula nerviosa y que genera una caída secuencial en el voltaje de la misma conforme los iones de sodio penetran al interior de la membrana, de tal manera que la señal eléctrica recorre todo el axón de la célula (de unos 100 micrómetros de largo) a velocidades de 360 kilómetros por hora.
Ésta es, igualmente, la dimensión en la que ocurren, en los genes, las delicadas disecciones proteínicas por parte de moléculas enzimáticas y que son responsables del funcionamiento del universo celular, de su metabolismo y de las bases mismas que determinan los programas genéticos de células o de organismos enteros. Estamos inmersos en el tiempo bioquímico, una dimensión espacial y temporal a la que solamente tenemos acceso indirecto a través de una tecnología que el hombre mismo ha desarrollado.
La tercera dimensión biológica es la del tiempo ecológico. Una dimensión en la que, comparada con el tiempo organísmico, los días equivalen a fracciones de segundo, donde el espacio vital de un individuo no es sino un punto en un enorme teatro, donde se representa un drama biológico de dimensiones incomprensibles en nuestras escalas personales de tiempo y espacio. Donde los días y las noches se suceden con velocidad tal que nuestra visión es la de la penumbra y donde se es testigo de un fenómeno nuevo: poblaciones enteras de organismos, cual anémonas plásticas, cambian de tamaño y extensión en un vasto territorio. Donde algunas de estas poblaciones se expanden colonizando nuevas áreas y quizá otras desaparecen del escenario. Donde los fenómenos físicos del ambiente revelan claramente sus tendencias y donde los ecosistemas y las poblaciones que los constituyen, se convierten en los sujetos de estudio.
En esta dimensión, el escenario relevante puede ser el de un gran valle rodeado de montañas nevadas, donde un volcán, apenas reconocible como una pequeña prominencia entre muchas otras, vomita violentamente las entrañas pastosas de la tierra, devastando todo a su paso: plantas, animales, edificios piramidales; la lava extiende su cobija ardiente sobre una gran área, se fragua y se enfría casi instantáneamente; primero líquenes, luego musgos y pequeñas plantas se suceden en rápida secuencia sobre la piel rugosa y desnuda del pedregal, para dar paso en seguida a una pléyade de plantas y animales que constituyen un frondoso bosque de pinos y encinos [...]