
El relato se llama Ye Xian y lo escribió Duan Chengshi. La protagonista no calza zapatillas de cristal, sino de oro. En lugar de hada madrina, hay peces voladores que cumplen deseos. Y la madrastra no se redime: termina devorada por esos mismos peces como castigo brutal.En Ye Xian, la lógica es otra.
Es la China del siglo IX, con magia ancestral, budismo y taoísmo.Ye Xian es huérfana de madre. Su madrastra la maltrata y la obliga a acarrear leña. La chica, en secreto, cría en el estanque un pez de tres metros. Es su único amigo.
Cuando la madrastra lo descubre, lo mata y se lo come.Ye Xian llora. Entonces se le aparece un anciano que en realidad es un espíritu del cielo y le dice: “Los huesos del pez son mágicos. Entiérralos y pídeles lo que necesites”.
De ahí salen los zapatos de oro. Ye Xian le pide a los huesos ropa para ir al Festival de Año Nuevo. Los huesos le entregan un vestido de plumas de martín pescador y zapatos de oro puro. En vez de varita mágica, hay huesos de pez mágico.Ye Xian quiere ir al Festival de la Cueva, una celebración popular a la que acuden todos: pobres, ricos, campesinos. Va a escondidas porque su madrastra se lo prohíbe. Quiere ver sin ser vista.
En el festival, Ye Xian baila. Sus hermanastras la reconocen. Ella huye para que no la acusen con la madrastra y, en la carrera, pierde un zapato de oro. Se le cae por miedo.Un campesino encuentra el zapato y lo vende. La prenda pasa de mano en mano hasta llegar al rey de Tuo Han, en una isla cercana.
El rey queda obsesionado: “Quien calce este zapato diminuto debe ser extraordinaria”.Manda buscar a la dueña por todo el reino. La rastrea como si fuera un tesoro.Encuentran a Ye Xian escondida en su casa. Se prueba el zapato y le queda a la perfección. Saca el otro, que tenía guardado, y aparece vestida con las plumas de martín pescador. El rey se casa con ella.La madrastra y la hermanastra mueren aplastadas por piedras voladoras.
Los huesos del pez cobran venganza. En ese cuento chino del siglo IX no hay perdón.Ocho siglos después, en 1697, Charles Perrault publica su versión. Aparecen la calabaza que se convierte en carroza, los ratones cocheros y el toque de medianoche. El zapato ya es de cristal. La madrastra y las hijas sobreviven. Se perdona.En 1812, los hermanos Grimm recogen la historia. Las hermanastras se cortan dedos y talones para que el zapato les entre.
En la boda, unas palomas les sacan los ojos. No hay perdón en este final sangriento.Luego, en 1945, Serguéi Prokofiev estrena en el Bolshói, en plena guerra, su ballet Cenicienta basada en la versión de Perrault. Mientras Europa es ceniza, él le pone campanadas al cuento. Metales, percusiones, relojes. Aquí la magia dura doce golpes y luego se acaba, pero no sin dejar rastro.En 1950, Disney estrena su película: animalitos cantando, príncipe sin nombre, una Cenicienta que espera ser rescatada. Se vuelve cuento rosa.
Mercancía.Un último comentario sobre La Cenicienta, ballet de Serguéi Prokofiev, que presentó la Compañía Nacional de Danza del INBA hace unos días: el programa de mano, o más bien programa digital. ¿Pensaron que no podía ser peor que el que hicieron para El amor brujo, cargado de furcios?
Pues este lo superó, y ahí está la evidencia al final de este texto para que la vean.Titular la obra como “La Cenicienta de Ben Stevenson” es la mayor falta de respeto que se le puede hacer a Prokofiev. ¡Él es el autor! No Stevenson: es solo uno de al menos siete coreógrafos que ha tenido este ballet.
Su versión es la más moderna y su trabajo es genial, pero no es el autor.Nueve fotografías de Elisa Ramos, ninguna de Prokofiev, ningún dato biográfico ni sobre la génesis de la obra. A nadie se le ocurre decir El Cascanueces de Marius Petipa. Es El Cascanueces de Tchaikowsky. ¡Punto!Estos errores imperdonables, de autor desconocido, terminan manchando irremediablemente la imagen del INBA y de su directora. E
s una lástima.
El enlace:https://drive.google.com/file/d/1hei82tpY-_I-niHClJcwSZwz1_gW3Nxj/view?usp=drivesdk