
Cuando Gregorio Arreola habla de su trayectoria no comienza por Bellas Artes, ni por los escenarios internacionales, ni por los conciertos junto a orquestas. Comienza hablando de un niño introvertido de Acámbaro, Guanajuato, que encontraba en el arte un lugar donde podía ser él mismo.
“Cuando estaba en el escenario mágicamente me desenvolvía”, recuerda.
Años después cantaría en el Palacio de Bellas Artes, en el Auditorio Nacional y en recintos de Europa y Estados Unidos. Sin embargo, para él, la historia no trata de los escenarios alcanzados, sino del camino que tuvo que recorrer para llegar hasta ellos.
Ese camino estuvo marcado por rechazos, problemas de salud, sacrificios y una realidad que muchos jóvenes artistas conocen bien: crecer en provincia y soñar con dedicarse al arte.
“Sí es más difícil para un niño de provincia el acercamiento a las artes. Sí es más difícil, pero no imposible”.

Un sueño que parecía lejano
Gregorio creció lejos de los grandes centros culturales del país, y aunque desde niño sentía una conexión especial con el arte, el acceso a una formación profesional parecía complicado “la música no está incorporada a nuestra educación”, reflexiona.
Para él, una de las mayores desigualdades está precisamente en las oportunidades. Mientras en la Ciudad de México existen escuelas, programas gratuitos e instrumentos disponibles para los estudiantes, en muchas comunidades del interior del país el acceso sigue siendo limitado “un niño de provincia, la verdad es que no lo tiene”.
Aun así, con esa pasión que lo caracteriza, decidió intentarlo.
Su primer gran objetivo fue estudiar música en Guanajuato. Sin embargo, las cosas no salieron como esperaba. En esa etapa también enfrentó problemas de salud que terminaron por cambiar su perspectiva de vida y, en medio de esa incertidumbre, llegó uno de los momentos que más lo marcarían.
“Me dijeron tristemente que no, que no servía para esto”.
Si bien esas palabras pudieron haber significado el final del camino, para él terminaron convirtiéndose en un impulso.
“Nadie tiene el poder solamente yo de decir qué puedo y qué no puedo hacer”, expresa. “Hoy valoro mucho los no que me han dicho”.
Lejos de abandonar su sueño, decidió insistir. Antes de llegar a la Ciudad de México continuó su preparación en Querétaro, en donde comenzó a adquirir las bases musicales que no había tenido durante su infancia y adolescencia. Aquella etapa le permitió desarrollar conocimientos técnicos y confirmar que quería dedicar su vida al canto.
Con una formación más sólida y una visión más clara de lo que buscaba, dio el siguiente paso y se trasladó a la capital del país y fue entonces cuando descubrió algo que reforzó una idea que lo acompaña hasta hoy: muchas veces el problema no es la falta de talento, sino la falta de oportunidades.
Mientras en provincia había encontrado obstáculos constantes, en la Ciudad de México fue aceptado en instituciones donde pudo continuar su formación profesional, algo que años atrás parecía inalcanzable.
Aquello confirmó algo que más tarde entendería con claridad: el acceso al arte sigue siendo desigual dependiendo del lugar donde se nace. Por eso insiste en que acercar la música y las artes a niñas, niños y jóvenes fuera de las grandes ciudades puede cambiar vidas, como terminó cambiando la suya.
Aprender a resistir
La formación artística le enseñó algo que pocas veces se ve desde afuera: el talento por sí solo no basta.
“Todo requiere mucha disciplina, mucha práctica, mucha resistencia”.
Gregorio habla del canto como su algo que le apasiona, pero a lo que también le ha dado mucho de sí: horas de estudio, ejercicios, repeticiones y una búsqueda permanente por mejorar. Fuera de la música esa misma disciplina lo ayudó a tener buenos hábitos de vida para cuidar su salud.
“Lo hago porque sé que puedo (...) gané hasta una competencia fit, no puedo creerlo”.
Aquella experiencia le enseñó que muchas metas no se alcanzan sólo por inspiración momentánea o pasión, sino por constancia.

Bellas Artes y los escenarios soñados
Con los años llegaron experiencias que parecían impensables como la primera vez que cantó en el Palacio de Bellas Artes, experiencia que aún recuerda con asombro. Desde los grandes escenarios mexicanos hasta sus giras y actuaciones en el extranjero, el poder vivir eso lo describe como un sueño cumplido.
Sin embargo, a pesar de toda la grandeza que representan los escenarios pisados, reconoce que los lugares más importantes no siempre son los más memorables.
“Hay cosas que no son, entre comillas, importantes, pero te llenan el alma de una manera muy bonita”.
El Cenart y el encuentro con la gente
Durante su servicio social participó en el programa Cenart Sale a la Calle, una iniciativa que lleva actividades artísticas a hospitales, asilos y comunidades con pocos recursos. Ahí descubrió otra dimensión de la música y fue una oportunidad que lo llevó a cantar para adultos mayores, pacientes, familias y niños.
“Yo también soy ellos” admite, pues esta experiencia tuvo un significado especial para él debido a los tratamientos médicos que sigue recibiendo por su condición de salud. Entendía perfectamente a quienes pasaban horas esperando una consulta, y en una de esas jornadas ocurrió algo que conserva como uno de los recuerdos más valiosos de su carrera.
Después de una presentación en un hospital, una niña que esperaba consulta le dejó una hoja decorada con un mensaje decía: “cantas muy bonito, no dejes de cantar”.
Gregorio nunca supo quién la escribió. “Se me hace un regalo precioso” cuenta con evidente emoción “algo que no se paga”.
La pandemia y el reencuentro consigo mismo
La pandemia representó otro punto de inflexión, pues como ocurrió con miles de artistas, los escenarios desaparecieron de un día para otro.
“A pesar de que yo ya había cantado muchas cosas, no me conocían hasta la pandemia”.
Durante ese periodo comenzó a presentarse más en su comunidad y, sobre todo, a preguntarse qué tipo de artista quería ser. Hasta entonces gran parte de su vida había girado alrededor de la ópera y la música académica.
“No soy un tenor (...) sí tengo tesitura de voz, pero soy un ser humano, soy un artista”.
Aquella reflexión lo llevó a volver a escribir, explorar otros géneros y permitirse crear desde un lugar más personal. Además, también empezó a abrazar una idea que había dejado de lado durante años: la posibilidad de construir una voz propia más allá de las etiquetas.
El arte como refugio
Hoy Gregorio continúa construyendo su carrera de manera independiente. Además de cantar, dedica horas a organizar proyectos, buscar espacios, editar videos, gestionar redes sociales y aprender aspectos administrativos que antes desconocía.
Sueña con seguir viajando gracias a la música, visitar los cinco continentes y desarrollar sus propias composiciones.
“Quiero ser cada vez más yo”.
Por encima de cualquier escenario o reconocimiento, hay una idea que atraviesa toda su historia: “el arte me salva la vida, siempre es mi lugar seguro”. Quizá por eso, cuando mira hacia atrás, no piensa primero en Bellas Artes ni en los aplausos, piensa en aquel niño introvertido que encontró en la música una manera de habitar el mundo y en el camino que lo llevó a descubrir que, pese a todos los obstáculos, el artista que buscaba siempre había estado ahí.
“Hay que escarbar adentro para encontrar ese artista que ya está”.