Cultura

Las jóvenes promesas que nacen en las escuelas del Cenart

La música como puente y legado familiar

Adolfo Aguilar Diez (Giovanna Morales Gómez)

“Me gustaría ser parte del cambio de esa percepción”. El joven pianista Adolfo Aguilar Diez habla de su formación, los retos de la música clásica y el afán de acercar el arte a nuevos públicos.

Cuando Adolfo Aguilar se sienta frente al piano, encuentra algo más que un instrumento musical. Ahí están años de disciplina, viajes interminables para llegar a clases, concursos, dudas vocacionales y la certeza de haber encontrado aquello a lo que quiere dedicar su vida.

A sus 23 años, el joven pianista, originario de Puebla y residente de la Ciudad de México desde hace más de una década, acaba de concluir la Licenciatura en Música con especialidad en piano clásico en la Escuela Superior de Música del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBAL). Su historia comenzó mucho antes de los escenarios y los reconocimientos, en una familia donde la música formaba parte de la vida cotidiana.

“Mi familia es de músicos también y yo tenía un teclado cuando era muy joven. Me gustaba jugar con él”, recordó Aguilar Diez.

Más tarde, Adolfo descubriría otro instrumento en casa de su abuela: un piano vertical blanco que terminaría por convertirse en el centro de una pasión que lo acompañaría durante toda su infancia. Lo que comenzó como un juego pronto se convirtió en una vocación.

A los 8 años, el joven pianista ingresó formalmente a la Escuela Superior de Música tras presentar un examen de admisión. Sin embargo, el camino estuvo lejos de ser sencillo.

“Era muy inquieto y me gustaba más jugar. Cuando se empezó a sentir como una obligación, le huí un poco”, admitió Adolfo Aguilar.

Con el tiempo, la práctica diaria dejó de ser una tarea para convertirse en un hábito. La observación de compañeros más avanzados, el apoyo de su familia y el deseo de mejorar fueron moldeando una disciplina que hoy considera indispensable para cualquier músico. “Al día de hoy es una de las cosas que hago con más control y paz. Sentarme varias horas a estudiar ya forma parte de mi vida”, aseguró el pianista.

Una vocación puesta a prueba

La música no siempre fue la única opción de Adolfo.

Durante la preparatoria también sintió interés por la química, la astronomía, las ciencias de la Tierra, la lingüística y las relaciones internacionales. Como muchos jóvenes, se enfrentó al dilema de elegir un camino profesional.

La pandemia terminó por inclinar la balanza.

El confinamiento y las clases virtuales lo llevaron a cuestionarse qué quería hacer realmente con su futuro. Después de años de combinar los estudios generales con los musicales, comprendió que intentar recorrer dos caminos al mismo tiempo implicaría sacrificar el sobresalir en ambos.

“Me di cuenta de que, si estudiaba otra carrera al mismo tiempo que la música iba a terminar haciendo las dos a medias”, afirmó Aguilar Diez.

La decisión fue apostar por completo al piano.

Poco después llegaría uno de los momentos que marcarían la carrera de Adolfo Aguilar. Durante su debut como solista junto a la Orquesta Sinfónica de Coyoacán, interpretó el Concierto para piano en Si bemol mayor de Beethoven. Mientras tocaba, algo cambió.

“Estaba conectado con la pieza, con la orquesta, con el instrumento y con el público. En ese momento dije: estoy haciendo lo que amo”, asintió.

Aquel instante terminó de convencerlo de que más que sentir pasión por la música, era ese el camino que quería seguir profesionalmente.

Adolfo Aguilar Diez (Giovanna Morales Gómez)

El aprendizaje detrás de sus premios

A lo largo de su formación, Aguilar Diez ha participado en numerosos concursos. Durante su infancia obtuvo dos segundos lugares y un primer lugar en certámenes internos de la Escuela Superior de Música. Más adelante compitió en encuentros nacionales, y ya como estudiante de licenciatura, consiguió el segundo lugar en el Concurso Interno de Piano 2024 y el primer lugar en la edición de 2025.

El triunfo le abrió las puertas de uno de los escenarios más importantes del país: la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

“Lo veo como un cierre de ciclo. Es algo que me hace sentir orgulloso y que siempre voy a guardar”, precisó Adolfo.

Aun así, Aguilar Diez procura no medir el valor de un artista únicamente por los premios.

“Los resultados dependen de la opinión del jurado. Uno tiene que aprender a aceptar la crítica, pero también a confiar en sí mismo”, resaltó.

Para él, las competencias son espacios de aprendizaje más que campos de batalla.

“Nunca me gusta pensar en rivalidad. Lo mejor es verlo como un intercambio y una oportunidad de crecimiento”, mencionó Adolfo Aguilar.

La experiencia le ha enseñado al joven que la carrera artística está llena de altibajos. Existen momentos de reconocimiento, pero también etapas de duda y autocrítica.

“Cuando hay un momento bajo, sé que es cuestión de paciencia, esfuerzo y disciplina para volver a subir”, puntualizó Adolfo.

Maestros, referentes y nuevos horizontes

Al hablar de las personas que han marcado su formación, Adolfo Aguilar Diez mencionó de inmediato al doctor Radek Materka, quien ha sido su profesor durante gran parte de su carrera.

“Mucho de lo que he aprendido ha sido gracias a él”, comentó.

También reconoció la influencia de su familia y de pianistas como Krystian Zimerman, Nikolai Lugansky, Mitsuko Uchida y Martha Argerich, cuyas grabaciones han acompañado sus años de estudio.

Pero no toda la inspiración proviene de figuras consagradas.

“Mis compañeros también me inspiran. Su pasión, su dedicación y la manera en que viven la música forman parte de mi aprendizaje”, apuntó Adolfo.

Actualmente, el pianista combina su actividad artística con la docencia. Imparte clases de piano y entrenamiento auditivo en una escuela de iniciación musical en Iztapalapa, una experiencia que le ha permitido descubrir otra faceta de sí mismo.

“Me gusta trabajar con personas de todas las edades y ayudarlas a desarrollar su potencial”, expresó.

Por ello, Aguilar contó que entre sus planes futuros contempla cursar una maestría en interpretación pianística en el extranjero, aunque tampoco descarta especializarse en pedagogía musical.

Adolfo Aguilar Diez (Aryan Sanders)

La música para todos

Si hay un tema sobre el que Aguilar Diez reflexiona constantemente es el acceso a la música.

El pianista legitimó que la música clásica aún carga con una imagen de elitismo construida durante siglos. Los instrumentos son costosos, la formación exige tiempo y muchas familias simplemente no cuentan con los recursos para acercarse a ella.

“Aprender música sigue siendo un privilegio para muchas personas”, manifestó.

Sin embargo, está convencido de que esa percepción puede cambiar.

Como docente, Adolfo ha comprobado que el interés existe; lo que muchas veces falta son oportunidades y acompañamiento.

“Hay que acercar a los jóvenes a la idea de que tocar un instrumento es algo admirable y emocionante”, exteriorizó. Para él, una de las formas más efectivas de acercar nuevos públicos consiste en partir de la música que ya escuchan. Mostrarles que las canciones que les gustan también pueden interpretarse en un piano y que la música de concierto no es un territorio ajeno.

“He visto cómo llegan alumnos con poca información y después empiezan a descubrir piezas, compositores y posibilidades que no conocían”, confirmó el pianista.

Esa visión también se fortaleció durante su participación en proyectos comunitarios y culturales impulsados en distintas zonas de la Ciudad de México, entre ellos programas vinculados a las UTOPÍAS y actividades de servicio social.

“Nos llevaban a lugares inusuales y la gente lo disfrutaba. A veces nos decían que no entendían mucho lo que escuchaban, pero les gustaba”, expresó.

Lejos de considerar que comunidades como Iztapalapa están alejadas del arte, Aguilar Diez sostiene que éste se encuentra presente en sus expresiones cotidianas.

“El arte está vivo. Está en los murales, en las fiestas, en las bandas, en las tradiciones. Solamente hay que poner atención”, declaró.

Adolfo también considera que México aún tiene una deuda con sus jóvenes artistas.

“No creo que existan suficientes oportunidades. Hacen falta más intercambios, más espacios y más difusión”, instó.

A quienes sienten curiosidad por aprender música, pero creen que ya es tarde o que no tienen acceso, Aguilar Diez les respondió con una invitación sencilla.

“Acérquense. Nunca es tarde para aprender”, comunicó.

El siguiente movimiento

Mientras prepara nuevos proyectos y analiza opciones para continuar su formación académica, Aguilar Diez tiene una meta clara: realizar una maestría en el extranjero.

“Quiero hacer mi maestría en el extranjero. Eso sí lo tengo muy claro. Pero realmente, a partir de ello, no tengo un plan definido. Quiero también dejárselo un poco a la vida”, subrayó.

Lo que sí sabe es que quiere seguir vinculado a la música durante toda su vida, ya sea desde los escenarios, la enseñanza o en ambos espacios.

“Si puedo enseñar, también me gusta enseñar. Son pilares que sé que me gusta hacer”, reiteró.

Entre los escenarios donde Adolfo sueña presentarse aparecen nombres que cualquier músico reconocería de inmediato. A corto plazo le gustaría tocar en el Teatro Degollado de Guadalajara. Más adelante imagina la posibilidad de llegar al Teatro Colón de Buenos Aires y, algún día, conocer desde el escenario la emblemática Ópera de Sídney.

Pero quizá lo que más lo entusiasma no son los recintos, sino la posibilidad de seguir descubriendo la música.

Cuando Crónica le preguntó al pianista qué obra nunca se cansa de tocar, respondió sin dudar: la Balada No. 4 de Frédéric Chopin.

“Cada que la reencuentro y la reaprendo descubro cosas nuevas y me vuelvo a enamorar de ella”, sostuvo.

Esa capacidad de transformación es precisamente lo que Adolfo mantiene intacta de su fascinación por el piano.

“Saber que la música es para toda la vida. Conforme vaya creciendo la voy a vivir de forma distinta. La experiencia me va enriqueciendo y eso hace que siempre esté descubriendo cosas nuevas”, manifestó.

Fuera de los escenarios, Adolfo se define como alguien que valora profundamente los vínculos humanos. Disfruta pasar tiempo con su familia y amigos, caminar, bailar, viajar, salir de noche o simplemente quedarse en casa.

“Me gusta mucho la conexión humana. Siento que mi amor se expresa a través de la música”, enteró.

Por ende, su historia no puede entenderse únicamente a través de concursos, premios o conciertos. Detrás del pianista hay una persona que encuentra en la música una forma de relacionarse con el mundo y con quienes lo rodean.

Porque detrás de cada concierto, cada reconocimiento y cada aplauso permanece aquel niño que descubrió en un piano blanco la libertad de crear sonidos y que, años después, sigue encontrando en cada tecla una forma de dialogar con el mundo.

La Crónica de Hoy 2026

Tendencias