Cultura

Entrevista a Benito Taibo

Leer nos salva: Benito Taibo

Benito Taibo (Fernando Carranza García)

Una tarde, recorriendo la Biblioteca Central de la UNAM, me encontré con un libro cuyo título me pareció el más revolucionario del mundo: De la función social de las gitanas. ¿Aquellos seres desterrados y temidos podían tener alguna función? Inmediatamente lo abrí. Su contenido me sorprendió aún más. No era una tesis, ni artículos ni ensayos, sino poemas. Mientras leía, fue invadiéndome el recuerdo de aquella mañana en Lisboa: yo estaba por comprar castañas dulces cuando, saliendo de la niebla helada, una gitana se me apareció:

Las gitanas son seres luminosos

Que se visten con trozos

De colores

Se cuelgan piezas de oro

Usan zapatos altos

Y ahuyentan el mal fario

Con pañuelos de seda

Que les cubren el pelo.

Esos versos, naturalmente, revivieron en mí la radiante silueta de aquel ser luminoso, vestido con trozos de colores. El poema también me arañó el pecho, pues de alguna forma resarció el agravio que sufrió aquella gitanita: la vi llorar y huir, exiliada a gritos por la anciana de las castañas. Pobre gitanita. La humillación todavía retumba en mis oídos: “E você, garoto, não se aproxime dela. Ela é a pior, ela é cigana”. Entre el recuerdo y el poema: comprendí que nadie conoce a los gitanos. De ellos, solo sabemos los mitos y prejuicios que los dibujan, engañosas palabras que los confinan a la soledad y a ser temidos. Recordé a Benedetti: …Es tan poco… lo que conozco de ti/ lo que conozco /es la tristeza /de tu casa vista de afuera /son los postigos de tu tristeza /el llamador de tu tristeza. /Pero no llamas. /Pero no llamo”.

¿De dónde surge el poema, Benito? Su respuesta me hizo sentir, por un momento, como si ambos hubiésemos vivido la misma situación:

En la calle de Campeche frente al cine Gloria, que eran mis territorios cuando yo era un niño, había una tribu de gitanos, gitanos romaníes, que vivían en una suerte de vecindad. Entrabas y era un pasillo largo largo y había pequeñas viviendas, tenían un oso─ ¡un oso con el que hacían espectáculos! ─. Y había también todo este atavismo cultural contra ellos; las madres decían que eran roba-chicos, que eran ladrones, etc. Y un día pasando por ahí, yo venía con mi tío abuelo, un anarcosindicalista, y le dije: “Híjole, dicen que hay que tener mucho cuidado”. Me agarró de la mano y me metió al lugar: estuvimos conviviendo con ellos, comimos con ellos, pude acariciar al oso. Y esto es una de las grandes lecciones de mi vida: el otro es solo un reflejo de ti mismo (…) Aquel que es aparentemente distinto a ti por su color, su religión, su preferencia sexual, su género, no es el enemigo, es solo un espejo que te refleja y te hace ser humano

Descubrí, entonces, que aquel poema, aunado a la íntima lección de la infancia de Benito, habían aliviado una de mis dolorosas memorias. Eso logra la literatura: construye puentes de comprensión que nos acercan a los otros. Benito lo entiende, por eso insiste en que: Leer es resistir. La lógica de cómo vas creándote a ti mismo a partir del libro y la lectura te complementa, te hace, te determina, quita atavismos culturales de ti mismo; hace que veas al otro como una extensión de ti mismo: deja de tener color, sexo, preferencias religiosas y se convierte en un ser humano exactamente como lo eres tú; ese es el enorme poder y magia que tiene el libro y la lectura como transmisor no sólo del conocimiento, sino de sensaciones, de pasiones, de formas de ver. Yo creo que es tan fácil como eso, leamos, leamos, pues.

Quizá si el mundo tuviese más lectores habría menos fechas negras, tristes, vergonzosas: la limpieza étnica que azotó a la ex Yugoslavia, el genocidio en Ruanda, el Holocausto, las bombas nucleares o las leyes de Brunéi que hoy, en pleno 2019, condenan a los homosexuales a morir apedreados. Y en vez de eso, tendríamos más gitanos como Melquíades, que habita un mundo eterno y maravilloso llamado “Cien años de Soledad”, donde aquel ser luminoso nos deslumbra, alimenta el alma, la imaginación, con las novedades que vienen “de fuera”.

No es extraño que para los regímenes autoritarios no exista nada más peligroso que un lector. La prueba es que bajo cualquier autoritarismo la lectura es proscrita. Cuando vagaba por Alemania, visité Bebelplatz: la Plaza de la Ignorancia. Tal nombre era incomprensible para mí, pues el lugar se encontraba a un costado de la Universidad Humboldt y detrás de la Ópera de Berlín. Después, alguien me dijo que el nombre era para recordar aquella noche aciaga del 10 de mayo de 1933, cuando en ese sitio los nazis habían alimentado una hoguera con los libros que decidieron censurar. Para no olvidar el hecho, en el centro de la plaza, hay una losa de cristal desde la que puede verse el estante que dejó vacío el fuego de la ignorancia.

No es baladí que al preguntarle a Benito sobre su pasión por la difusión cultural, respondiera, no sin sonrisas: contar por qué el libro salva, por qué la literatura es esta piedra de toque fundamental para la creación de civilización, de personalidad, de humanidad. De ahí su ímpetu por la promoción de la lectura: yo estuve en las sesiones de trabajo de la creación de la Ley del Libro; yo discutí mucho, muy violentamente incluso en algunos casos, acerca de la necesidad de convertir al libro en un objeto que pudiera estar dentro de la canasta básica, como bien público. Razón le sobra a Benito. Urge cambiar el paradigma: entender a la cultura ya no como un agregado o, en el peor de los casos, como un acto recreativo, de mero entretenimiento, sino como cohesionador social y, principalmente, como fórmula de descubrimiento identitaria, del Otro y de uno mismo.

Por eso, alegra saber que la labor del Director de Radio UNAM no pasa inadvertida. Su estrategia es tan acertada como contagiosa: despertar la empatía a partir de la emoción, de la aventura de convertirse en el protagonista de los libros: “Cámara carnal, no sabes lo que te estás perdiendo, aquí dentro se encuentra el universo, aquí dentro estás tú mismo: tú puedes ser Wendy, tú puedes ser Mobi-Dick, tú puedes ser Aureliano Buendía, tú puedes ser Gregorio Samsa, tú puedes ser el Lobo Estepario, tú puedes ser el que se te antoje sin dejar de ser tú mismo”. Hoy, que ser “el Otro” es pecado y delito, es urgente aprovechar la semilla de empatía que siembra la lectura con estrategias tan apasionadas como la suya.

Déjenme contarles una anécdota muy bonita. Un día llegamos a la Biblioteca Pública de Nueva York, una de las más espectaculares del mundo, entras y es una especie de iglesia para “cultos”. Y yo, jugando con mi mujer, escribí en el catálogo: Benito Taibo [todos reímos]. Yo no esperaba nada; había tres libros míos. Y uno de ellos era De la función social de las gitanas”. Y ahí va la parte bonita: el libro estaba en la sección de “Sociología”. Claro, nadie lo abrió y lo leyó, sino que dijeron: “¿función social de las gitanas?”, y lo mandaron a “Sociología”. Que haya un libro de poesía mío en la sección de “Sociología” de la Biblioteca Pública de Nueva York, me encanta; eso demuestra que el mundo es más ancho, ajeno y raro de lo que parece siempre.

Quizá no sea un error. Robert Nisbet demuestra, en La sociología como forma de arte, que en la literatura suelen hallarse reflexiones que luego adquirirán forma en los tratados sociológicos. De ahí que la lectura alimente tanto al ciudadano como al académico. Por eso: Leamos, leamos pues para ver seres luminosos donde siempre nos han dicho que hay que correr.

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