
Además de su origen oaxaqueño, los artistas plásticos Rufino Tamayo, Rodolfo Nieto y Francisco Toledo tienen un cimiento común a partir del amor al arte prehispánico y popular, así como una estancia en París que se explora en las salas 3 y 4 del Museo Tamayo.
“Tamayo, Nieto, Toledo. Los años en París” se puede visitar hasta el 15 de febrero de 2027. “Esta gran exposición ha tomado muchos años de preparación: reunir más de 100 obras de estas tres figuras fundamentales del arte mexicano requiere un gran trabajo de equipo y la sinergia de un ecosistema cultural”, invita Andrea Torreblanca directora del Museo Tamayo
Durante la inauguración de la muestra, Andrea Torreblanca recuerda que este año el Museo Tamayo celebra su 45 aniversario, por lo que el equipo realiza exposiciones y programas que revisitan y reflexionan sobre el pasado desde el concepto “lo contemporáneo desde el origen”.
“Esto quiere decir que indagamos sobre lo que significa la actualidad y la contemporaneidad del museo desde ideas, conceptos y contextos que han marcado históricamente el arte y la sociedad”, explica.
En el caso de esta exposición considera que nos sitúa en un momento fundacional de tres artistas de Oaxaca que viajan a la capital francesa durante la posguerra y dejan una huella imprescindible en esta ciudad y en el arte mexicano”.
De acuerdo con la directora del Museo Tamayo, revisitar estas tres trayectorias permite ampliar nuestra comprensión de la historia del arte mexicano, “preguntarnos por sus rupturas y continuidades, configurando las formas en que pensamos y producimos arte en la actualidad”.

PRIMERA VEZ EN UN MUSEO
El recorrido a través de los 3 núcleos inicia con líneas cronológicas que apuntan a los momentos de producción relevantes de Rufino Tamayo (Oaxaca, Oaxaca, 1899 – Ciudad de México, 1991), Rodolfo Nieto (Oaxaca, Oaxaca, 1936 – Ciudad de México, 1985) y Francisco Toledo (Juchitán, Oaxaca, 1940 – 2019, Oaxaca, Oaxaca).
La lectura se enfoca en la relación que tuvieron con París, un territorio de encuentro, de confrontación y de libertad creativa, así como en las afinidades e intereses estéticos que tuvieron estos artistas en relación con la vanguardia de la segunda mitad del siglo XX y que más tarde fue fundamental para la renovación del arte mexicano.
Destacan obras que no se habían visto antes en México. “Por ejemplo, La mujer temblorosa de 1949 de Rufino Tamayo; la serie de ocho cuadros de Zoología fantástica de Rodolfo Nieto; y las obras Animal y cazador, la Amazona y Compañero de viaje de Francisco Toledo”, según indica Alejandra de la Paz, directora general del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura.
Por su parte, el curador Juan Carlos Pereda, subdirector de Colecciones del Museo Tamayo señala que Mujer temblorosa (1949), de un colorido “contrastante, vivo, vibrante”, es el último cuadro que Tamayo pintó en Nueva York antes de llevarlo consigo a París, donde lo muestra “en todas las exposiciones que hace”.
En el caso de Rodolfo Nieto, el curador apunta que sus miedos, angustias, nostalgias y recuerdos de Oaxaca se transformaron en seres fantásticos; mientras que en el trabajo de Toledo destaca una vitalidad de recuperación de lo popular.

DE LA SALA DE ESTAR A ESTAR EN SALAS
Durante una sesión de preguntas con la prensa, Juan Carlos Pereda subraya que los orígenes de las piezas reunidas en “Tamayo, Nieto, Toledo. Los años en París” son diversos.
Hay dos colecciones procedentes de California, una de Guatemala, otras de Monterrey y la mayor parte de la Ciudad de México que, en total, suman 47 coleccionistas, además de instituciones como el Museo de Arte Moderno, el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca y el CINVIA.
El trabajo para reunir estas piezas implicó contactar nuevamente a coleccionistas con quienes ya se había establecido relación durante los tres años que tomó preparar el proyecto y aceptaron prestarlas gracias a la confianza generada por el museo.
Asegura que muchas de esas obras son “tesoros” y “el centro” de las casas donde permanecen habitualmente.
“Desmantelé casas enteras, cuya columna vertebral es el cuadro que tienen, entonces, sacarlo de esa casa significó haber modificado el entorno”, por lo que considera difícil presentar esta exposición posteriormente.
Juan Carlos Pereda también considera que todavía quedan muchas obras que se quedaron en París y que no se han exhibido en México. Por ejemplo, señala “Animal y cazador” (1963), óleo y arena sobre tela, de Francisco Toledo, “ese cuadro el coleccionista lo compró en París y lo colgó en su casa y nunca había salido”.
Aunque existen excepciones, como un cartón para un tapiz que Toledo inició en Francia y que finalmente fue tejido en Teotitlán del Valle, el curador indica que la gran mayoría de las pinturas se hicieron en París.
Más que buscar influencias directas entre artistas, el curador plantea que el encuentro parisino debe entenderse como un espacio de diálogo.
“Yo creo que no hay influencias, hay diálogos. Hay confrontaciones, hay tensiones, hay admiraciones”, afirma. En ese intercambio, cada artista amplió sus recursos sin abandonar la herencia cultural con la que llegó a Europa.
Esa herencia es el hilo que tiende el curador para entender las tres trayectorias. “El protagonista de la exposición no es ni Tamayo, ni Toledo, ni Nieto. Es Oaxaca”, sostiene, pues aparece en las obras a través de tejidos, canastas, tocados y escenas de la vida cotidiana, pero no como una representación literal, sino “todo filtrado a través de la imaginación y del talento de cada artista”.