Cultura

En el marco del Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, Ana Patricia González Rodríguez señaló que ante la incertidumbre se interrumpen los rituales sociales del duelo y dificulta reorganizar los roles familiares

Desaparición forzada, vivir entre la esperanza y la incertidumbre

Desaparición. Ana Patricia González Rodríguez, directora del Colegio de Psicología de la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Desaparición.

La pérdida ambigua (ambiguous loss) es un tipo de duelo confuso e incompleto que ocurre sin la posibilidad de un cierre o una certeza definitiva. Este concepto creado por la psicoterapeuta e investigadora estadounidense Pauline Boss en la década de 1970, la diferencia de la muerte tradicional, pues en ésta no existe un certificado de defunción ni un final claro que permita procesar el dolor de forma convencional.

“Implica la imposibilidad de tener un cierre ante la pérdida y de reconstruir dinámicas que seguirán en la vida después de la partida del ser querido, pues la incertidumbre sobre su destino imposibilita el cierre de ciclo y el desarrollo normal de la vida”, explicó la maestra Ana Patricia González Rodríguez, directora del Colegio de Psicología de la Universidad del Claustro de Sor Juana (UCSJ).

En el marco del Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, que se conmemora cada 30 de agosto a iniciativa de la Asamblea General de las Naciones Unidas, la académica de El Claustro señaló que, al no poder confirmar plenamente la vida ni la muerte, la incertidumbre interrumpe los rituales sociales del duelo y dificulta reorganizar los roles familiares.

“Guardar las pertenencias, mantener activo el teléfono o continuar preparando un lugar en la mesa no necesariamente expresa negación patológica, puede ser una forma de conservar el vínculo mientras no exista certeza”, explicó.

La desaparición de personas en México no puede comprenderse únicamente como una cifra criminal. Es un fenómeno complejo que produce efectos jurídicos, familiares, económicos, comunitarios y psicológicos.

En un informe de febrero de 2026, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) calificó la desaparición en México como generalizada. El documento señala que el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO) acumulaba más de 128,000 personas desaparecidas y no localizadas, con datos consultados el 3 de junio de 2025.

La cifra no representa exclusivamente desapariciones ocurridas durante 2025 o 2026, sino casos acumulados de distintos periodos que permanecían registrados como desapariciones o no localizaciones.

“Cada registro representa a una persona cuyo paradero se desconoce y a una familia obligada a vivir entre dos posibilidades contradictorias: conservar la esperanza de encontrarla con vida y enfrentar el temor de que haya muerto”, acotó.

Expuso que la desaparición tampoco debe reducirse a un episodio pasado, pues para los familiares, la amenaza continúa en el presente: cada llamada puede contener una noticia, cada hallazgo forense puede activar esperanza o temor y cada trámite puede reabrir el trauma.

“La literatura especializada relaciona esta experiencia con estrés postraumático, depresión, ansiedad y aflicción intensa y persistente. También propone entenderla como un trauma crónico, porque la incertidumbre no tiene un cierre temporal definido”, aseveró.

Y aclaró que el sentir miedo, insomnio, tristeza, culpa o hipervigilancia ante la desaparición de un familiar puede ser una respuesta comprensible a una situación extrema y no deben convertirse automáticamente en diagnósticos, para ello se requiere una evaluación profesional que ahonde en la duración, intensidad y afectación funcional de estos síntomas.

La desaparición forzada de una persona puede producir efectos como la incertidumbre y búsqueda compulsiva de información. La falta de respuestas activa un proceso constante de anticipación en la que los familiares revisan mensajes, hospitales, expedientes, redes sociales y noticias sobre hallazgos. “Esta conducta cumple una función real de búsqueda, pero también puede mantener al organismo en un estado prolongado de alerta”.

También está la culpa y pensamiento contrafactual donde son frecuentes las preguntas: “¿por qué no le llamé?”, “¿pude impedirlo?” o “¿estoy haciendo lo suficiente?”. Este pensamiento intenta devolver una sensación de control frente a un hecho impredecible. Sin embargo, puede generar culpa aun cuando el familiar no haya tenido responsabilidad alguna.

Otros de los efectos son las alteraciones emocionales y físicas, que se pueden manifestar como insomnio, pesadillas, fatiga, irritabilidad, problemas de concentración, tristeza persistente, ansiedad, síntomas somáticos y reacciones intensas ante llamadas, fechas o noticias. “La exposición repetida a fotografías, expedientes y hallazgos puede provocar reactivación traumática”.

Si la persona desaparecida podía ser proveedora económica, cuidadora o figura central de la familia, su ausencia obliga a redistribuir tareas, genera gastos de búsqueda y puede producir conflictos sobre cuánto tiempo o dinero dedicar al proceso, “niñas, niños y adolescentes pueden asumir responsabilidades adultas antes de tiempo”.

Las familias enfrentan pérdida de ingresos, ausencias laborales, gastos de transporte y asesoría, además de posibles estigmas. Las insinuaciones de que la persona “estaba involucrada en algo” desplazan injustamente la sospecha hacia la víctima y pueden aislar a sus familiares.

En un contexto donde las manifestaciones de la violencia adquieren formas cada vez más complejas, resulta indispensable generar espacios académicos que promuevan el intercambio de conocimientos, la discusión teórica y la construcción de propuestas que fortalezcan tanto la práctica clínica como las políticas de atención e inclusión.

En ese contexto, el Colegio de Psicología de la UCSJ realizará el Coloquio Internacional “Crisis Humanitaria, violencias, subjetividad y estados de marginalidad”, los días 28 y 29 de septiembre, espacio de reflexión interdisciplinaria que convoque a especialistas comprometidos con el análisis crítico de las manifestaciones de la violencia.

Participaran investigadores y académicos de diversas instituciones del país, así como las periodistas María Cortina y Marcela de Jesús Natalia, indígena Ñomndaa’ (también conocida como Amuzgo) y defensora de derechos humanos, entre otros participantes.

 

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