“Qué pedo, banda. Yo soy el Gordo, el mejor vestido de todos los pendejos de este business ”, suelta mientras coloca sus dedos en L, simulando una pistola hacia abajo, y se tambalea de un lado a otro. “Hoy les voy a enseñar qué pedo con mi ropa”.
Siempre le ha importado con qué ropa morirá. Cómo lucirá cuando la tía Alma tenga que ir a reconocer el cuerpo, o cuando uno de sus colegas le tome una fotografía para mandarla al grupo donde está el patrón acompañada de un “Mataron al Gordo”.
Piensa en eso todo el tiempo, en sus lonjas, en sus dedos redondos, en que espera le busquen un buen ángulo. Incluso le gustaría recibir un buen golpe en el rostro antes de que lo maten, algo así como un labio reventado o la ceja rasgada. “Algo bien, algo mamalón”. Pero como no puede controlar ni cuándo ni cómo, se esmera en la ropa todos los días.
Se hunde en el armario y va sacando varias prendas. “Chequen esta, cabroncillos… Se ve equisona pero el diseño de atrás está perrísimo” Muestra una camisa lisa del frente y con el diseño de un Bull dog ladrando enfurecido en la parte de atrás. “Pero al chile hoy no se me antoja tanto esta… mejor esta otra” Saca una sudadera con el logotipo de una marca deportiva. “Se va a ver bien chingona con este” enseña un pantalón rasgado.
Los otros le hacen burla, le pegan en la nuca y le dicen que está bien pendejo por gastarse su lana en ropa y no en viejas o en pedas. Pero Atziri le dijo que debería hacer videos en redes, que ella los hacía cuando se iban a armar los chingadazos, y también cuando se ponía uñas y pestañas. Le gustaba ser vista, compartir su vida, porque aunque en su casa ya todos la daban por muerta, en internet la gente la amaba. “Quieren ser como yo” le soltó un día al Gordo, y por un instante él pensó que podía ser alguien importante y reconocido. Así como los médicos, los abogados, o esa gente que se dedica a estudiar toda su vida. Un amago de sonrisa apareció en su rostro cachetón y se rio, asegurando que a ella la querían por guapa, por fiera, pero Atziri dijo que no, que era por las armas, por los madrazos, por la vida que tenía y muchos admiraban en silencio.
“Y los meros meros” finalmente coloca frente a la cámara unos tenis llenos de lodo. “Están marranos porque mi tía se ha hecho bien güey”.
Al fondo, el aullido agudo de una voz femenina se impone sobre la música de Victor Mendivil que acompaña el video del Gordo. Es la tía Alma, quiere saber qué hace, por qué tarda tanto, le dice que se le va a hacer tarde para irse a trabajar. El Gordo chista con la lengua. “Estoy haciendo un get ready with me”. Silencio. Después: “¿Un qué?” El Gordo se niega a repetirlo. Aunque le gusta saborear el inglés en su lengua. Se le daba bien cuando iba a la secundaria, era la única materia que llevaba aprobada.
El Gordo masticó la idea por varios días hasta que se animó y se improvisó un tripié en su cuarto de paredes cuarteadas. Buscó el mejor fondo, uno donde no se viera su cama destendida ni sus cortinas de carros que no ha cambiado desde los 11 años. Se miró en la cámara de su celular y empezó.
“Ya estuvo, plebes, así quedó. Ya saben, si quieren ser chingones, vístanse como yo” Apaga la cámara.
Después de subirlo se va con sus “compas” el Tito y el Agustín, quienes se ríen a carcajadas mientras lo insultan cuando les cuenta lo del video. Este se defiende diciendo que fue para quedar bien con la Atziri porque le trae ganas y las viejas cuando ven que les haces caso se encueran y te dejan estar con ella. Los otros no lo bajan de pendejo mandilón.
Tres días después El Gordo es viral. Mira cómo crecen las notificaciones en su celular mientras come junto a la tía Alma. Esta lo reprende, le dice que sin “aparatos” en la mesa. El Gordo la ignora, se levanta y se va a su cuarto a revisar. Tiene 30 mil likes, sonríe. Lee los comentarios. La gente le dice “Qué perro” “Aunque está gordo se le ve chingón” “Esos sí son hombres, no como yo”. Se ríe, se tiende sobre la cama que rechina y se pone a ver el video una y otra vez.
A las pocas semanas El Gordo se ha convertido en una celebridad del internet. Los otros todavía le hacen burla, pero cada vez menos. La Atiziri le dijo que “qué chingón pinche Gordo” pero no se acostó con él.
Pasa las noches pensando en qué subirá. Algunos le han dicho que nomás cuidadito, que no se vaya a pasar de verga y suba algo que no. A él le importa poco o nada, sus seguidores quieren verlo a él por su estilo, por las fajas de billetes, que no son suyas pero a veces enseña, por las historias que cuenta. “Una vez le metí un plomazo a un cabrón nomás porque me despertó” dice mientras se acomoda el pantalón que apenas le cierra pero le queda aguado de las nalgas.
Ha mentido tanto que ya no recuerda qué historias son reales, pero le da lo mismo, nadie tiene manera de comprobarlo. Además, siempre lee los comentarios, todos lo alaban, le creen lo que dice, salvo lo que les comentan que un día va a terminar en Purgatorio, como todos. O tal vez si le creen, y por eso mismo quieren que acabe en ese nuevo cementerio donde las madres excavan con billetes y las fosas son vitrinas.
Prende la cámara y sonríe, emocionado. Está nervioso porque no sabe qué alcance tendrá su primer en vivo, se imagina cosas chingonas, un millón, quizá. Incluso dos. No lo sabe. Atziri le dijo que si sigue así lo van a empezar a buscar las marcas y quién sabe qué tanto. Pero él no lo cree, no todavía. Hoy es un día especial, piensa, porque hoy va enseñar la “poderosa”.
Sus dedos tamborilean sus camisas de “gala” que no son más que prendas de satín con estampado animal. Enseña una de tigre mientras dice que un día ese será su apodo “El Tigre”. Suelta que “El Gordo” le parece bien pero no termina de definirlo, se ríe, ha aprendido a burlarse de sí mismo, y muestra un pantalón negro entubado rasgado de los muslos. Después, un cinturón negro y unas botas vaqueras.
Enseña su atuendo final y menciona que no sale nunca sin su “mejor amiga”. Los comentarios se deslizan por la pantalla. Quieren verla, que, de una vez por todas, la muestre. El Gordo llena la pantalla con una pistola negra, la agita y juguetea con ella. El en vivo se detiene por un momento, los usuarios sostienen el aliento —cada uno en su locación— para apreciar lo que están observando. Mientras tanto, el video sigue con un hombre que finge dar balazos. Pasan unos segundos y vuelven los comentarios: vitorean, ríen, aplauden. Dicen que él es la ley y nadie más.
Pero se equivocan. La ley es Jesús Uribe, el patrón, a quien le llega el video acompañado de un “Mira lo que está haciendo el pinche tamal mal amarrado”. El hombre de manos callosas revisa el video. Escupe una risa seca. No le causa gracia el contenido de su sicario, no, si no la idea que acaba de surcar su mente, la imagen de el Gordo muerto en un fuego cruzado contra los otros.
Lo matan en Tazumbos, Jalisco. El patrón lo mandó. Su cuerpo queda desparramado junto a sus compañeros que terminan usando su cadáver como escudo.
La camisa de estampado queda agujereada por las balas, el pantalón lleno de lodo. Y los zapatos nadie sabrá dónde están en unas horas, pues alguien ya se los habrá llevado. Más tarde llegarán los hombres del Purgatorio, verán el bulto voluminoso y lo desnudaran para llevarlo al local. Después, alguien más quemara la ropa.