
Xóchitl tiene siete años y una duda: dicen que hay un monstruo en los canales de Xochimilco. Su tío Felipe, chinampero, le asegura que son puros cuentos. Pero cuando habla del lago, se le quiebra la voz. “Antes los ajolotes eran muchos”, murmura. Y Xóchitl entiende que el monstruo no es lo que parece.
Así arranca Ayólotl: corazón de agua, la obra de Astillero Teatro que llega a la Sala Xavier Villaurrutia del Centro Cultural del Bosque del 10 de octubre al 15 de noviembre. Dirigida por Oswaldo Valdovinos, la pieza es teatro documental y de títeres de mesa para infancias y familias, y nació de meses de trabajo en las chinampas de Xochimilco.
Pero esta obra no solo habla del ajolote. También lanza una advertencia urgente: el ajolote no es una mascota.
“La ajolotización” o cómo convertir un símbolo en objeto de consumo.
Hoy el ajolote está en todos lados: playeras, memes, tazas, peluches, llaveros. Su imagen se volvió tendencia. Pero para Astillero Teatro, esa popularidad tiene un lado oscuro. “Toda esta ajolotización convirtió al ajolote en objeto de consumo cuando es un emblema de conservación”, advierte María Teresa Adalid, productora de la compañía.
La postura de la obra es clara: no están a favor de que los ajolotes sean mascotas ni de que se saquen de su hábitat natural. Y las razones son tanto científicas como éticas. “Están en peligro de extinción, requieren cuidados muy especiales de temperatura y agua. Su piel es frágil y se estresan fácilmente”, explica Adalid. “Fomentar su compra ilegal reduce las poblaciones silvestres. Es un símbolo de resistencia y cultura mexicana. Trivializarlo contribuye a su desaparición.”
La frase es contundente: lo que para muchos es un animalito simpático, para la conservación es un emblema que se está convirtiendo en mercancía.
El ajolote antes del boom
Y no es que Astillero Teatro haya llegado tarde al tema. Todo lo contrario. “Siempre nos pasa”, confiesa Adalid. “Nuestras temáticas luego se ponen de moda. Nos pasó con los nahuales, nos pasó con la equidad de género, y ahora con el ajolote. Nosotros ya llevábamos años trabajando esto.”
La compañía tiene una especie de olfato para adelantarse a las conversaciones que después todo el mundo retoma. Y Ayólotl es la prueba más reciente: una obra que habla de Xochimilco, del agua, de la memoria chinampera y del ajolote, mucho antes de que el ajolote se volviera tendencia. Pero también es una obra que cuestiona esa tendencia.
Ciencia, territorio y memoria en la misma mesa
La obra nació de una alianza poco común: el programa Vocaciones Científicas de la UPIICSA-IPN aportó la investigación sobre el ajolote y el colapso del ecosistema lacustre; la Cooperativa Cultural Chinampayolo compartió el territorio y su memoria; la Secretaría de Cultura de la CDMX acompañó el proceso. El resultado es una pieza donde la ciencia y la cosmovisión prehispánica conviven en escena.
“Fuimos a Xochimilco a buscar un monstruo y encontramos un ajolote: un animal que regenera su propio corazón y que está a punto de desaparecer”, cuenta Adalid. Esa frase se convirtió en el motor de la obra.
El lago sobre una mesa
Toda la acción ocurre sobre una mesa. Los intérpretes manipulan los títeres a la vista del público y, con objetos cotidianos, construyen las amenazas que hoy rodean al lago: máquinas-monstruo que se tragan el paisaje, casas-bestia que vierten basura a los canales, trajineras que aturden el agua con ruido y desechos. La urbanización, la contaminación y el turismo sin cuidado se transforman en imágenes que el público infantil entiende de inmediato.
La compañía evitó deliberadamente el tono catastrofista. “Queremos que niñas y niños salgan del teatro con una certeza: ese lago también es suyo y todavía se puede cuidar”, señala Adalid.
Para Valdovinos, ese cuidado pasa por la acción. “Para que no desaparezcan las especies hay que tomar acciones prácticas. Hay que hacer algo más allá de hablar, tomar acciones concretas que no solo tengan que ver con ir a protestar, sino con vincularse”, afirma. Y lo traduce a gestos al alcance de cualquier niño: “No tirar basura, no desperdiciar agua, no molestar a los animales, no aplastar las plantas. Respeto por las criaturas vivas: animales, bichos o plantas.”
Un dicho que atraviesa la obra
“Cuando los ajolotes se extingan, nosotros también nos vamos a extinguir”, repite Valdovinos, citando un dicho que se escucha entre los chinamperos y que antes pronunciaban las abuelas. Es una frase que resume la esencia de la obra: la conexión entre el destino del lago y el destino de quienes lo habitan.
La música original es de Daniel de Jesús Pérez, e incluye piezas como El son del ajolote, Monstruos de metal, Monstruos de concreto y Depredadores.
Ayólotl, corazón de agua se presenta en la Sala Xavier Villaurrutia, del 10 de octubre al 15 de noviembre, suspende 1 de noviembre, sábados y domingos 13:00hrs. Costo$150 adultos $80 niños