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Giacomo Puccini (1858-1924) es autor de algunas de las óperas más amadas del repertorio y “Tosca” ocupa un lugar central en ese canon

Tosca en Bellas Artes

Ópera Aún quedan funciones: el 11 y 13  de octubre de 2026 en Bellas Artes, y el 17 en el Teatro Juárez de Guanajuato, dentro de la 54 edición del Festival Internacional Cervantino.

Giacomo Puccini (1858-1924) es autor de algunas de las óperas más amadas del repertorio y “Tosca” ocupa un lugar central en ese canon. Estrenada en Roma el 14 de enero de 1900 en el Teatro Costanzi, con libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa sobre el drama de Victorien Sardou, es una obra de precisión teatral y musical absoluta.

La Ópera de Bellas Artes la repuso en la Sala Principal del Palacio, bajo la dirección concertadora de Stefan Lano y la dirección de escena de Luis Miguel Lombana, con dos elencos encabezados por Yunuet Laguna / María Fernanda Castillo, Arturo Chacón / Carlos Arturo Galván y Alfredo Daza / Luis Ledesma.

Aún quedan funciones: el 11 y 13 de octubre de 2026 en Bellas Artes, y el 17 en el Teatro Juárez de Guanajuato, dentro de la 54 edición del Festival Internacional Cervantino. Desde hace años, algunos directores de escena asumen que invitarlos a montar una ópera equivale a autorizarlos a reescribirla. No es así. Tosca ya está escrita. Illica y Giacosa fijaron el libreto y Puccini no solo compuso la música, sino que precisó, escena por escena, la acción de cada personaje. Reescribirla casi siempre conduce a degradarla y a provocar la hilaridad involuntaria del público.

¿Qué sentido tiene trasladarla de época? La acción ocurre en un día histórico concreto: el 14 de junio de 1800, fecha en que Napoleón Bonaparte venció en Marengo y cambió el destino de Italia. Desplazarla a los años cincuenta, como ocurre en esta producción, genera absurdos insalvables. México es un país mayoritariamente católico, educado en el respeto profundo a sus símbolos. Ver a Floria Tosca arrojar un crucifijo que rebota en el pecho de Scarpia y cae al suelo resulta sacrílego y violento para nuestra sensibilidad.

Colocar la imagen de la Virgen de espaldas al público y hacer que los personajes ejecuten gestos y posiciones masónicas no solo ofende, sino que nada tiene que ver con el argumento. Son ocurrencias desafortunadas que laceran la credibilidad dramática. Tampoco hay construcción actoral. No vimos a Scarpia, vimos a Daza y a Ledesma haciendo lo que podían; no vimos a Cavaradossi, vimos a Chacón y a Galván, cero verdad escénica.

En cambio, las dos Toscas sí encarnan mucho mejor su personaje. Esa disparidad es una falla de la dirección de escena, más preocupada en buscarle tres pies al gato que en profundizar a sus protagonistas. A ello se suman una escenografía y un vestuario desafortunados. Y entonces el público va a Bellas Artes a escuchar canto y música; en esta puesta, por momentos, es preferible cerrar los ojos.

El pelotón de fusilamiento es elocuente: ocho soldados que, en lugar de un fusil (aunque sea de utilería), llevan una tabla rectangular color marrón oscuro y provocan risa. Es como si Tosca asesinara a Scarpia no con el cuchillo que marca el libreto, sino con un nabo. Cuando Tosca anuncia la muerte de Scarpia, el público ríe, como ocurrió en las tres funciones que presencié, esto es porque la dirección escénica ha naufragado.

¿Hubo cosas buenas? Sí, y notables. María Fernanda Castillo cantó de maravilla, al igual que Yunuet Laguna quien recibió uno de los aplausos más largos que se recuerdan en Bellas Artes en los últimos años. Carlos Arturo Galván, como Cavaradossi, ofreció una prestación emocionante y madura, con una voz idónea para el papel. Luis Ledesma compuso un Scarpia sólido y Alfredo Daza, aunque lastrado por el vestuario y cierto exceso, puso empeño y oficio.

Arturo Chacón está en su mejor momento, canta maravillosamente, se le ve alegre y juvenil y su canto fue de lo más agradable y gratificante, como siempre. Sin embargo, su voz no es la adecuada para Cavaradossi; su instrumento es más bien para el bel canto, para Donizetti, para el Verdi joven, el de Rigoletto y el de Traviata, pero Tosca ya está muy cerca del verismo y requiere más empaque, una voz más dramática.

Decepcionante que la voz del pastor, concebida para un niño, fuera encomendada a una mujer. ¿Por qué privar al público de ese timbre inocente, tan querido por Puccini? Había un nutrido coro de niños en escena que pudo asumirlo. Son incongruencias que estropean el resultado final.

La dirección orquestal de Stefan Lano fue adecuada, sin ningún brote de genialidad; reiterada tendencia a ir por detrás del cantante, con tempi más lentos de lo que los intérpretes proponían, lo que dejaba a la orquesta ligeramente rezagada. Debe haber entendimiento, no imposición, entre foso y escena.

Estos desaguisados ocurren porque la Ópera de Bellas Artes lleva más de dos meses acéfala tras la renuncia de Marcelo Lombardero. También están vacantes la dirección de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes y la del Coro.

Sin autoridad, es como un semáforo descompuesto: cada quien cruza cuando quiere y como puede, y nadie le dice al director de escena que cierta idea es mejor no hacerla.

Es un barco a la deriva, donde cualquier ocurrencia, por absurda que sea, se impone porque sí, y quienes quedan mal a ratos son los cantantes y sobre todo, la propia institución. Vaya, con todo, mi agradecimiento, mi abrazo y mi felicitación sincera a los integrantes de ambos elencos.

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