El cine animado no siempre es territorio infantil. El bosque salvaje, la nueva película de LAIKA, lo demuestra con una historia que utiliza la fantasía para explorar temas como el duelo, la pérdida y la dificultad de seguir adelante cuando alguien a quien amamos desaparece.
Realizada en stop motion, una técnica de animación que consiste en fotografiar objetos físicos cuadro por cuadro para crear la ilusión de movimiento, la película apuesta por una estética artesanal que permite construir un mundo fantástico lleno de texturas, criaturas y escenarios inquietantes. Lejos de la apariencia pulida de la animación digital, esta técnica aporta una dimensión tangible a la oscuridad que envuelve la historia.
La trama sigue a Prue, una adolescente cuyo hermano pequeño es secuestrado por una parvada de cuervos y llevado al Bosque Salvaje. Decidida a rescatarlo, emprende una travesía por un territorio desconocido, acompañada únicamente por Curtis, un compañero de clase torpe, pero leal. En el camino se encuentra con animales parlantes, bandidos y figuras poderosas que responden a sus propias ambiciones, mientras descubre que el bosque esconde conflictos capaces de alterar su frágil equilibrio.
Sin embargo, la búsqueda de Prue no se limita a una aventura fantástica. La oscuridad, la corrupción y el duelo interrumpido atraviesan el relato, que utiliza sus elementos sobrenaturales para hablar de emociones profundamente humanas. La protagonista debe enfrentarse a un mundo que no comprende mientras intenta salvar a su hermano y descubre una fortaleza que desconocía.
Uno de los aspectos más interesantes de la película es su acercamiento a la maternidad desde el dolor y la pérdida. Aunque este tema ha tenido una presencia importante en la literatura, su exploración en el cine animado permite acercarlo a otros públicos sin que necesariamente pierda complejidad. En El bosque salvaje, la gobernadora viuda, convertida en la reina de la oscuridad, también carga con la ausencia de un hijo al que busca incansablemente.
A través de este personaje, la película plantea un contraste entre dos formas de afrontar el duelo: mientras Prue emprende una búsqueda para recuperar a su hermano, la gobernadora parece haber convertido su propia pérdida en una fuerza que alimenta su ambición y su necesidad de control. La ausencia se transforma así en un motor narrativo que conecta a personajes aparentemente opuestos.
La fantasía funciona como un espacio donde las emociones adquieren dimensiones extraordinarias. El bosque no es únicamente un escenario lleno de peligros, sino un territorio en el que el dolor, el poder y la desesperación se manifiestan de formas inesperadas. En ese sentido, la película se distancia de las historias animadas que resuelven sus conflictos mediante una moraleja sencilla.
Y es precisamente ahí donde conviene advertir que El bosque salvaje no es, necesariamente, una película para niños. Aunque parte de una premisa que podría recordar a los cuentos clásicos —una joven que se adentra en un mundo desconocido para rescatar a un ser querido—, su aproximación a la pérdida, la corrupción y las consecuencias del duelo apunta a un público dispuesto a enfrentarse a una fantasía más oscura.
La técnica de stop motion refuerza esa propuesta. Cada movimiento requiere un trabajo minucioso de animación cuadro por cuadro, una labor artesanal que permite dotar de presencia física a un universo en el que lo maravilloso convive con lo amenazante. En una historia donde los personajes se enfrentan a fuerzas que no pueden controlar, la materialidad de los escenarios y las criaturas contribuye a construir una atmósfera inquietante.
Con El bosque salvaje, LAIKA vuelve a apostar por las posibilidades de la animación para contar historias que no se limitan a entretener a los espectadores más jóvenes. Bajo la apariencia de una aventura fantástica, la película explora las distintas formas en que la pérdida puede transformar a una persona: puede empujarla a buscar, a resistir o, en el caso de quienes no encuentran una salida, a convertir el dolor en una forma de oscuridad.
Porque, en ocasiones, los monstruos más peligrosos no son los que habitan los bosques, sino aquellos que nacen de una herida que nunca ha podido sanar.