Un puesto de frutas donde conviven mangos, sandías, plátanos y papayas; un tianguis repleto de textiles, juguetes, cerámica y objetos de todos los colores; una fachada adornada con macetas, una imagen de la Virgen de Guadalupe y figuras que parecen no tener relación entre sí. En México, la abundancia visual forma parte de muchas escenas de la vida cotidiana.
Esta manera de combinar colores, texturas, símbolos y objetos encuentra un eco en el meximalismo, una propuesta estética que reivindica lo exuberante, lo popular y aquello que, bajo otros criterios, podría considerarse demasiado y cuya filosofía podría resumirse en una frase: más es más.
El concepto fue desarrollado en 2023 por la estilista mexicana Dixy Rodríguez, lo que inicialmente llamó Mexican style evolucionó hacia una propuesta que buscaba ir más allá de la apariencia para hablar de identidad y pertenencia. El término fusiona las palabras México y maximalismo, y pone en primer plano el color, las artesanías, los textiles, los símbolos populares y la mezcla de referencias culturales.
Aunque el nombre es reciente, muchos de los elementos que recupera llevan generaciones presentes en la vida mexicana. Los mercados, los bordados regionales, la cerámica, la gráfica popular y las celebraciones religiosas muestran que la convivencia de colores y materiales no necesita ser una tendencia para formar parte de la cultura. El meximalismo propone reconocer esa riqueza y cuestionar por qué la sobriedad suele asociarse con el buen gusto, mientras que lo recargado puede considerarse excesivo.

El altar: una celebración de la abundancia
Pocas expresiones permiten observar esa acumulación de elementos con tanta claridad como las ofrendas de Día de Muertos. Flores de cempasúchil, veladoras, adornos, papel picado, fotografías, frutas, pan de muerto, bebidas y platillos se distribuyen en distintos niveles para recibir simbólicamente a quienes ya no están.
La celebración del Día de Muertos se ha construido a lo largo de los siglos mediante el sincretismo de prácticas tradicionales indígenas y tradiciones católicas, con expresiones diferentes según las comunidades y las regiones. En 2008, las fiestas indígenas dedicadas a los muertos fueron inscritas en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO.
En esta celebración, la muerte no significa únicamente ausencia. De acuerdo con la tradición, las almas de los difuntos regresan temporalmente para encontrarse con sus familiares y disfrutar de los alimentos que les ofrecen. El altar se convierte así en un espacio de convivencia simbólica entre quienes siguen aquí y quienes permanecen en la memoria.
Cada elemento contribuye a construir ese encuentro. El cempasúchil, con su color y aroma, participa en la creación de caminos para recibir a las almas; las veladoras representan una luz que las guía; el agua se ofrece para mitigar su sed, y los alimentos expresan hospitalidad y cuidado. Las fotografías permiten reconocer a quienes se dedica la ofrenda, mientras que los objetos personales evocan sus gustos, sus historias y su manera de habitar el mundo.
El papel picado, las calaveritas y las flores también aportan color y movimiento a un espacio donde lo espiritual convive con lo cotidiano. No se trata de acumular adornos sin sentido, sino de reunir aquello que permite recordar a una persona y darle la bienvenida.
Por eso, la abundancia de una ofrenda puede ser también una forma de afecto: preparar el platillo que alguien disfrutaba, buscar su fotografía, comprar las flores que más le gustaban o colocar un objeto que le perteneció son maneras de mantener viva su historia.
De los tianguis a la resistencia del color
La relación entre el meximalismo y las ofrendas va más allá de compartir una paleta de colores. Ambos permiten observar cómo los objetos cotidianos adquieren significados que no siempre pueden reducirse a su apariencia.
En los tianguis y mercados, por ejemplo, la mezcla de mercancías responde a la vida comercial y social de cada lugar; en los hogares, los textiles, las imágenes religiosas, las artesanías y los recuerdos se acumulan a lo largo del tiempo. En los altares, esa reunión de objetos se transforma en un ritual de memoria.
El meximalismo contemporáneo también plantea una discusión sobre las jerarquías estéticas. Frente a la popularidad de los espacios neutros, las paletas beige y el llamado clean look, reivindica expresiones que durante mucho tiempo se han asociado con lo kitsch, lo popular o el mal gusto.
La crítica no se limita a preferir los colores intensos. En una conversación publicada por EL PAÍS, la activista y comunicadora Valeria Angola, cofundadora del proyecto Afrochingonas, relacionó el color con la resistencia a la homogeneización cultural y social. Desde esa perspectiva, las expresiones visuales arraigadas en los territorios y las comunidades también permiten defender formas distintas de entender el mundo.
Esta lectura ayuda a explicar por qué el meximalismo puede interpretarse como algo más que una tendencia decorativa: es una invitación a reconocer el valor cultural de elementos que, por ser cotidianos o populares, no siempre reciben el mismo reconocimiento que otras expresiones artísticas.

¿Una ofrenda puede ser minimalista?
La discusión llegó a las redes sociales en octubre de 2024, cuando la influencer y empresaria Yuya compartió imágenes de su ofrenda de Día de Muertos, decorada con elementos en tonos neutros y una composición más sencilla que la de muchos altares tradicionales.
Las fotografías provocaron críticas de usuarios que consideraron que el altar se alejaba de la estética colorida que asocian con la celebración, mientras que otros defendieron su libertad para rendir homenaje a sus difuntos de acuerdo con sus preferencias personales y las posibilidades de su hogar. El episodio convirtió una decisión de decoración en una discusión sobre qué elementos identifican una tradición y quién puede decidir cómo debe representarse.
Para quienes defienden la riqueza visual de las ofrendas, reducir los colores, las flores o los alimentos puede restar visibilidad a elementos que tienen un significado cultural y ritual. Desde esta postura, un altar no debería convertirse únicamente en una composición que combine con los muebles de la casa o con una tendencia de decoración.
Pero la discusión también requiere distinguir entre una tradición viva y una imagen idealizada de ella. Las ofrendas no son idénticas en todo México: cambian de acuerdo con las costumbres comunitarias, las creencias, los recursos disponibles y la historia de cada familia, así mismo, tampoco todos los objetos tienen el mismo significado en todas las regiones.
Una ofrenda pequeña no necesariamente carece de simbolismo, así como un altar abundante no garantiza, por sí solo, una conexión más profunda con la tradición. Una fotografía, una vela y el alimento favorito de un ser querido pueden concentrar una enorme carga afectiva. El sentido de un altar no se mide únicamente por la cantidad de cosas que contiene.
La cuestión, entonces, no consiste en prohibir las interpretaciones personales ni en convertir el maximalismo en una regla obligatoria, sino más bien, se trata de comprender qué se conserva, qué se transforma y qué significan los elementos que elegimos para recordar.

Más que decoración, una forma de recordar
Las ofrendas muestran que, en México, los objetos pueden tener una vida que va más allá de su utilidad o su apariencia. Una flor no es solamente una flor; una fotografía no es únicamente una imagen, y un platillo preparado para alguien que murió puede ser una manera de traerlo de vuelta a las conversaciones familiares.
El meximalismo ofrece una forma contemporánea de nombrar y reivindicar la abundancia visual de muchas expresiones mexicanas. Sin embargo, la historia de las ofrendas recuerda que su valor no depende de una tendencia ni de una paleta determinada, sino de las prácticas, las creencias y los afectos que las sostienen.
Quizá por eso, al mirar un altar, lo importante no sea contar cuántas flores tiene, cuántos colores combina o si encaja en una estética determinada. Lo importante es reconocer a quién espera recibir.
Cuando se trata de recordar a quienes queremos, hay ocasiones en que una flor más, un platillo más o una fotografía más no son demasiado: son una manera de decir que todavía hay espacio para ellos en casa.