La desaparición de una hija, la violencia sexual, el aborto y las expectativas sociales que pesan sobre las mujeres son algunos de los temas que atraviesan Agua turbia, novela de Marcela García publicada por Hachette. A través de Lupe, una niña de origen rural cuya vida cambia después de una serie de experiencias traumáticas, la autora explora cómo el miedo, la culpa y las diferencias sociales pueden transformar los vínculos afectivos y las posibilidades de supervivencia.
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En entrevista, García explicó que la historia nació de un relato que escribió para una clase en la Escuela de Escritores de Madrid. La voz rural de Lupe despertó su interés y la llevó a desarrollar un proyecto de novela alrededor de la ingenuidad de la protagonista y de las decisiones que toma conforme descubre la violencia de su entorno.
“Me gustaba que fuera alrededor de su ingenuidad y su inocencia y de ver cómo se iba transformando a través de decisiones tomadas, sobre todo desde el miedo”, explicó.
La autora construyó también un paralelismo entre Lupe y Margarita, dos niñas que comienzan a crecer juntas pese a provenir de ambientes socioeconómicos distintos. La relación entre ambas se desarrolla desde la admiración y la cercanía, pero termina atravesada por las diferencias culturales, las expectativas familiares y la presión de pertenecer a determinados círculos sociales.
El entorno rural tiene un papel fundamental en la historia. Para García, el paisaje refleja el estado emocional de Lupe, quien crece prácticamente huérfana después de la muerte de su madre y debe trasladarse a Los Amates para ganarse la vida. En Cuitla, la protagonista tiene sus gallinas y conoce las amenazas de los coyotes, pero todavía no comprende del todo cómo defenderse de los peligros que encontrará entre las personas.
La presencia de estos animales, que aparece desde el prólogo, responde a una intención simbólica. La escritora explicó que le interesa el instinto animal y la manera en que lo salvaje permanece tanto en la naturaleza como en la civilización.
“Los coyotes representan esa amenaza, ese lado salvaje que está en todo, o sea, tanto en la cultura, en la civilización, como en la naturaleza, de lo que no podemos escapar”, señaló.
Sin embargo, los coyotes no representan únicamente un peligro externo. También reflejan una capacidad de defensa que Lupe descubre en sí misma a medida que enfrenta situaciones cada vez más difíciles. La protagonista comienza como una niña ingenua y asustadiza, pero las experiencias que atraviesa la obligan a desarrollar mecanismos de supervivencia.
La maternidad entre el abandono, la frustración y la pérdida
Uno de los temas centrales de Agua turbia es la maternidad, que García aborda desde diferentes perspectivas: la ausencia de la madre, el abandono, la frustración personal, el deseo de no tener hijos y el dolor de perder a una hija sin conocer su paradero.
La autora explicó que esta preocupación aparece desde las primeras páginas a través de las gallinas de Lupe. La niña observa cómo ponen huevos, pero no puede apegarse a ellos porque se los quitan. Para García, esta imagen introduce una reflexión sobre la maternidad y las distintas formas en que los personajes experimentan la separación.
La historia presenta a mujeres que viven la maternidad desde circunstancias muy diferentes. Dolores, la madre de Lupe, la lleva a Los Amates porque considera que encontrar trabajo es una oportunidad para ella, aunque eso implique separarse de su hija. Rosario, la cocinera, desempeña en ciertos momentos una función materna, mientras que doña Sara, madre de Margarita, representa una figura marcada por la frustración y las expectativas que deposita en su hija.
García reconoció que doña Sara fue uno de los personajes más difíciles de construir porque representa tanto a una mujer frustrada por su historia personal como a una madre buscadora que enfrenta la incertidumbre de la desaparición de su hija.
“Para mí es muy importante, y lo destaco porque siempre hay obsesiones en los escritores, y yo creo que hay una obsesión en mí muy presente, que es el ser mujer versus ser mamá”, afirmó.
En la novela, doña Sara mantiene el apellido de su marido después de que este la abandona, viste de gris y encuentra refugio en la iglesia. La autora explicó que el personaje deposita en Margarita sus expectativas de aceptación social y perfección, al tiempo que intenta compensar sus propias frustraciones.
El deseo de que su hija sea aceptada y de que cumpla con las convenciones sociales termina por condicionar su relación. Cuando Margarita desaparece, doña Sara debe enfrentarse no solo a la pérdida, sino también al arrepentimiento y a la imposibilidad de saber qué le ocurrió.
Para García, representar ese sufrimiento fue especialmente difícil por la incertidumbre que viven las madres buscadoras: no saber si sus hijas están vivas o muertas y permanecer a la espera de una respuesta.
La autora reconoció que, al escribir esas escenas, necesitaba levantarse de su escritorio para respirar. La dificultad no radicaba únicamente en describir el dolor de una madre, sino en abordar una ausencia que no permite cerrar el duelo porque no existe certeza sobre el destino de la persona desaparecida.
La Virgen y el ideal imposible de la madre perfecta
La religión también ocupa un lugar importante en la novela, particularmente a través de la figura de la Virgen. Aunque representa una imagen de protección y pureza, su presencia adquiere un carácter inquietante desde la mirada de Lupe, quien llega a sentirse observada por ella.
García explicó que la Virgen simboliza un ideal de maternidad impuesto culturalmente, especialmente en las sociedades latinoamericanas, donde se espera que las madres sean perfectas.
“La madre perfecta es la Virgen”, dijo la escritora, quien considera que ese modelo genera una exigencia imposible de alcanzar y recuerda a las mujeres los valores de pureza y virginidad asociados tradicionalmente con la maternidad.
La figura religiosa también aparece en una imagen de yeso que, dentro de la historia, se mancha con salsa de tomate. Para la autora, ese detalle permite pensar en una figura que absorbe una mancha y pierde parte de su valor simbólico, lo que refuerza la tensión entre lo luminoso y lo oscuro que atraviesa la novela.
La relación entre maternidad y religión se vincula, además, con el miedo de Margarita a decepcionar a su madre y a enfrentar las consecuencias de un embarazo fuera del matrimonio. García recordó que durante los años ochenta, época en la que creció, el temor al juicio familiar y a las convenciones religiosas podía ser especialmente fuerte, sobre todo en las comunidades de provincia.
Aunque considera que ha habido avances en la apertura de criterios y en el espacio que se concede a las mujeres, la autora señaló que estas presiones siguen siendo relevantes para comprender las decisiones de sus personajes.
La maternidad no se presenta únicamente como una experiencia deseada o idealizada. Margarita también expresa su miedo y su rechazo ante la posibilidad de convertirse en madre, lo que permite a la novela cuestionar la idea de que todas las mujeres deben cumplir con ese destino.
Una amistad atravesada por el amor y las diferencias de clase
La relación entre Lupe y Margarita constituye otro de los ejes de la obra. García explicó que le interesaba explorar la admiración que puede surgir entre dos niñas, desde el deseo de vestirse como la otra hasta el intercambio de objetos que adquieren un valor especial por pertenecer a la persona admirada.
La escritora señaló que la relación no nació en su concepción como una historia amorosa, sino como un vínculo de idealización, cercanía y afecto. Conforme avanza la novela, esa relación cambia y abre la posibilidad de distintas interpretaciones.
“Yo creo que en la conciencia de Lupe era una relación del amor más puro que había. Que fuera lésbico o no, es lo de menos en su mente. Ella nunca lo etiquetó”, explicó.
García dejó abierta la interpretación del vínculo para que sean los lectores quienes decidan cómo entenderlo. En lugar de definirlo mediante categorías, le interesaba retratar un sentimiento que nace de la admiración y que no necesariamente responde a las convenciones con las que suele interpretarse el amor.
Sin embargo, el afecto entre ambas no puede mantenerse al margen de las diferencias sociales. Una de las escenas más significativas ocurre durante una fiesta infantil a la que Margarita invita a Lupe para presentarla ante su grupo de amistades.
La experiencia se convierte en un momento de ruptura cuando Lupe enfrenta las burlas de otros niños y comprende que su origen y sus costumbres la colocan en una posición distinta. Margarita, por su parte, descubre que la cercanía entre ambas no basta para superar las barreras culturales de su entorno.
García explicó que Los Amates es una población que funciona como un pueblo grande, donde algunas personas procedentes de Cuitla comienzan a ascender socialmente y buscan distinguirse del resto. En ese proceso, la necesidad de pertenecer a una clase social adquiere una dimensión particularmente cruel.
La escena de la fiesta representa, para la autora, el momento en que Margarita reconoce la distancia entre el mundo al que pertenece y el de Lupe. La presión por ser aceptada termina por imponerse sobre el vínculo que habían construido durante la infancia.
La novela muestra así cómo las diferencias sociales pueden afectar relaciones que, en un principio, parecen ajenas a las jerarquías económicas y culturales. La admiración infantil convive con la vergüenza, la culpa y el miedo a no encajar.
El trauma transforma la voz de Lupe
La evolución de la protagonista es uno de los principales retos narrativos que García identificó durante la escritura. Aunque los acontecimientos transcurren en un periodo de apenas unas semanas, Lupe enfrenta una sucesión de experiencias traumáticas que modifican su manera de comprender el mundo.
La niña se siente responsable de una muerte y de la muerte de un bebé; decide guardar silencio, busca ayuda en Gildardo, participa en el ocultamiento de un cuerpo y sufre violencia sexual. A esto se suma el dolor por la pérdida de Margarita y el enfrentamiento con los padres de su amiga.
La autora explicó que la culpa y el trauma llevan a Lupe a intentar reconstruir los acontecimientos y encontrar una explicación para lo que ha vivido. Por eso, la narración incorpora recuerdos y saltos temporales que permiten conocer progresivamente el pasado de la protagonista.
“Cuando tienes un trauma muy fuerte, la mente se dispara y tratas de darle sentido y de atar los pedazos rotos”, señaló García al explicar la estructura de la novela.
Los recuerdos no funcionan únicamente como información sobre el pasado, sino que reproducen el esfuerzo de Lupe por comprender su experiencia. Conforme aparecen nuevos elementos, el lector conoce otras facetas de la protagonista y entiende mejor sus decisiones.
La transformación también se refleja en su relación con los coyotes. El instinto de defensa que antes parecía pertenecer únicamente al entorno natural comienza a formar parte de ella. Lupe desarrolla una actitud más desconfiada y defensiva, especialmente después de sentirse traicionada por Margarita.
No obstante, esa transformación no implica que desaparezca su capacidad de sentir empatía. García explicó que el dolor de doña Sara también influye en Lupe y evita que su respuesta ante la violencia se reduzca por completo al resentimiento.
El paisaje agreste, los animales y las amenazas que rodean a la protagonista acompañan ese proceso. La autora destacó que el ambiente se convierte en un reflejo de aquello en lo que Lupe se va transformando, en un contexto donde parece tener pocas posibilidades de actuar de otra manera.
Desapariciones y aborto: temas del pasado que siguen vigentes
García reconoció que durante la escritura tuvo dudas sobre cómo abordar asuntos sensibles como las desapariciones, el aborto y la violencia sexual. Le preocupaba el respeto que exigían las experiencias representadas, especialmente el dolor de las madres que desconocen el destino de sus hijas.
Sin embargo, decidió no censurarse y dejar que esos temas formaran parte de la historia desde la perspectiva de los personajes. La recepción de la novela le ha permitido comprobar que las situaciones narradas generan conversaciones entre lectores y clubes de lectura.
La autora considera que uno de los aspectos más significativos ha sido comprobar que los problemas representados en una historia situada en décadas anteriores siguen provocando preguntas en el presente.
Durante la entrevista, la conversación abordó también los cambios en torno al aborto y las dificultades que enfrentaban las mujeres cuando no contaban con condiciones seguras ni redes de acompañamiento. En la novela, el miedo de Margarita está estrechamente relacionado con la reacción que espera de su madre y con el peso de las convenciones sociales.
García señaló que le interesaba mostrar cómo el temor al embarazo fuera del matrimonio podía condicionar las decisiones de una joven, particularmente en un entorno donde el juicio familiar y religioso tenía un peso determinante.
La autora destacó que, aunque algunas de estas presiones han disminuido, la literatura permite volver sobre ellas y examinar las consecuencias que tienen en la vida de las mujeres.
Sobre la recepción de Agua turbia, García se mostró satisfecha de que la novela haya abierto espacios de discusión más allá de la historia de sus personajes. Para ella, el valor de una lectura también está en las inquietudes y los cuestionamientos que provoca.
“Yo creo que es una satisfacción muy grande que se generen conversaciones, inquietudes, puntos de vista, que una lectura haga un cuestionamiento, más allá del divertimento que puede ser leer la historia”, expresó.
La escritora también agradeció el trabajo de edición de Hachette y reconoció a Fernanda Álvarez por haber elegido su manuscrito. Describió la experiencia editorial como un proceso enriquecedor y destacó la recepción que ha tenido el libro.
Agua turbia parte de la transformación de una niña para construir una historia en la que las relaciones familiares, la desigualdad social, la violencia y los mandatos culturales se entrecruzan. A través de Lupe, García explora las consecuencias de crecer en un entorno hostil y las formas en que el miedo puede marcar tanto las decisiones individuales como los vínculos con otras personas.