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Destino C

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Rituales de buena suerte más populares entre los mexicanos

Rituales de buena suerte más populares entre los mexicanos

Millones de familias mexicanas comen doce uvas al ritmo de las campanadas cada 31 de diciembre, cuando el reloj se acerca a la medianoche, una por cada mes del año que empieza, en una costumbre que llegó de España a finales del siglo XIX y que hoy se practica igual en la sobremesa de la Ciudad de México que en las cocinas del Bajío o del norte. Nadie pide comprobantes de nada: la uva se traga con prisa, el deseo se piensa en silencio y la escena se repite, casi idéntica, generación tras generación.

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A esa cábala se suman otras igual de conocidas, y la lista de rituales de Año Nuevose extiende con una lógica de abundancia. Están las lentejas, que representan monedas y se guardan en una bolsita roja; la ropa interior amarilla para llamar al dinero o roja para el amor; y las maletas vacías con las que muchos salen a dar la vuelta a la cuadra en busca de un año de viajes. Cada objeto carga un significado heredado, más emocional que racional.

Meterse debajo de la mesa al primer campanazo para encontrar pareja, esconder un billete en el zapato derecho, barrer la casa hacia la calle para sacar lo que estorba: hay quien confía todo a esos gestos mínimos y domésticos. ¿De dónde nace una fe tan terca en cosas tan pequeñas? La respuesta cambia según a quién se le pregunte, y quizá ahí resida buena parte de su encanto.

De la cábala al número

En México el número de la suerte es casi un rito aparte, y por eso muchos de esos ritos terminan convertidos en cifras. El siete que se repite en la familia, la fecha de un cumpleaños o el sueño que la abuela traducía en dos dígitos; de ahí a llenar un boleto hay un paso muy corto. Esa fe en los números encontró un terreno fértil en las loterías, que desde hace años pueden jugarse en línea desde el celular.

Las internacionales, entre todas esas loterías, sumaron seguidores en México por lo llamativo de sus sorteos y por la comodidad de participar a distancia. El estadounidense Mega Millionses de los más conocidos, celebra sorteos los martes y viernes, y funciona con cinco números del 1 al 70 más una Mega Ball adicional. No pocos jugadores rellenan siempre las mismas cifras, esas que la superstición volvió intocables, y para ellos cambiar un solo número sería tentar a la suerte a propósito, algo impensable.

El rito no desaparece con la tecnología. Apenas cambia de soporte. La abuela apuntaba su combinación en una libreta gastada; hoy alguien guarda esos mismos dígitos en la memoria del teléfono y los repite sorteo tras sorteo, con la misma devoción y la misma paciencia de antes. El gesto es entretenimiento y, al mismo tiempo, un pequeño acto de continuidad familiar que casi nadie se atreve a romper por miedo a la mala racha.

Amuletos que se llevan encima

Fuera del calendario de fin de año, la buena suerte también se carga en el bolsillo o se cuelga del espejo del coche. El ojo de venado, esa semilla café que muchas abuelas prenden a la ropa de los bebés para protegerlos del mal de ojo, es quizá el amuleto mexicano por excelencia, y convive sin problema con la herradura clavada tras la puerta, con el elefante de trompa hacia arriba y con la estampa de san Judas Tadeo que tantos cargan en la cartera junto a la credencial.

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Por: Jesús SánchezSeptember 17, 2026

Vienen después los gestos todavía más pequeños, casi automáticos y sin dueño. Tocar madera al decir algo que no se quiere gafar, esquivar la escalera apoyada en la pared, cuidar que la escoba no roce los pies de una soltera para que no se quede a vestir santos; son creencias que casi nadie defiende en voz alta, pero que muchísimos cumplen por si las dudas, con esa mezcla muy mexicana de fe, humor y costumbre heredada de la familia.

Empujadas por la televisión y las redes, algunas de estas prácticas se pusieron de moda apenas hace unos años, como el famoso ritual de lanzar lentejas al aire o los borreguitos de la abundancia que llenan los mercados en diciembre. Otras vienen de mucho más atrás y cambian de forma según la región, de modo que lo que en el centro se hace de una manera, en el norte o en el sureste se vive con sus propios matices y sus propios objetos de la suerte.

Cuesta trabajo separar buena parte de estos ritos del resto de las tradiciones mexicanasque marcan el año, del Día de Muertos a las posadas de diciembre, porque se cruzan una y otra vez con el calendario religioso y festivo. En un mismo hogar pueden convivir la veladora encendida sobre la mesa, el amuleto heredado de la bisabuela y la cena que reúne a tres generaciones, sin que nadie sienta que hay contradicción alguna entre la fe, la ciencia y la simple costumbre.

Cada uva tragada a contrarreloj, cada bolsita de lentejas escondida en la cartera y cada ojo de venado prendido a una cobija de bebé apuntan, al final, hacia lo mismo. En México la suerte no se espera sentado; se cocina en la cena de Nochevieja, se viste con ropa interior de colores, se guarda en el fondo del bolsillo y se pasa, intacta, de una generación a la siguiente.