
Llegué a la Plaza de Toros México con la sensación de que algo estaba a punto de desbordarse. No era solo un concierto: era el regreso de Kanye West a México después de casi dos décadas, una deuda emocional acumulada desde aquel Glow in the Dark Tour de 2008 que muchos recordábamos como una anécdota lejana, casi mítica. Afuera, el caos habitual: vendedores, camisetas falsas, celulares en alto, gente repitiendo “no lo puedo creer”. Adentro, más de 40 mil personas por noche esperando a un artista que siempre ha sido tan brillante como impredecible.
La primera fecha, 30 de enero de 2026, se agotó en minutos. La segunda, el 31 de enero, fue consecuencia directa de una demanda que confirmó lo evidente: Kanye West sigue siendo un fenómeno cultural, incluso —o quizá especialmente— después de todas sus controversias. No veníamos solo a escuchar canciones; veníamos a comprobar si el mito seguía vivo.

El regreso de Ye: 17 años, una Plaza llena y una puesta en escena total
Cuando Ye apareció en el escenario poco después de las 8:00 de la noche, la Plaza explotó. No fue una entrada clásica ni ceremoniosa: fue abrupta, directa, como si el concierto hubiera comenzado desde antes y nosotros apenas nos estuviéramos poniendo al corriente. “Heartless” abrió la noche con un intro extendido que sirvió como aviso: esto no iba a ser un show nostálgico, sino un recorrido emocional por toda su carrera.
La producción estaba diseñada para apropiarse del ruedo completo, con visuales minimalistas pero agresivos, luces que cortaban la oscuridad y un sonido que rebotaba en las gradas como si el recinto fuera una caja de resonancia gigante. No había pantallas gigantes tradicionales; había atmósfera. Kanye no necesita adornos cuando el repertorio pesa tanto.
El setlist de la primera noche fue una montaña rusa. “Can’t Tell Me Nothing”, “Black Skinhead”, “Power”, “Bound 2”: cada canción parecía activar una memoria distinta en el público. Había quienes gritaban, quienes lloraban y quienes simplemente se quedaban quietos, procesando el momento. En medio de esa intensidad llegó uno de los momentos más comentados del concierto —y del fin de semana—: North West subió al escenario.
Ver a North cantar junto a su padre no fue un truco mediático. Fue íntimo, extraño y profundamente humano. “Only One”, seguida de temas como “TALKING”, “BOMB” y “EVERYBODY”, convirtió el concierto masivo en algo inesperadamente familiar. La Plaza, acostumbrada al espectáculo, guardó silencio por segundos. Después vino la ovación. Ese instante viralizó la noche, pero también reveló a un Kanye distinto, menos blindado.

Dos noches, un mismo pulso: el peso de la obra sobre la controversia
La segunda noche, 31 de enero, no fue una repetición mecánica. Fue una reafirmación. Desde “Heartless” hasta “Runaway”, el show mantuvo la estructura, pero ajustó los tiempos, los silencios y las transiciones. Algunas canciones fueron abreviadas, otras extendidas, como “Say You Will”, que se estiró hasta convertirse en una especie de mantra colectivo.
La gran diferencia fue la sensación de alcance global. Mientras la Plaza vibraba, miles de personas siguieron el concierto vía streaming en plataformads de Streaming, confirmando que este regreso no era solo para quienes consiguieron boleto. Kanye estaba tocando para México, pero también para el mundo, con la CDMX como epicentro.
El repertorio volvió a atravesar sus distintas eras: desde “Jesus Walks” y “Through the Wire” —que todavía suenan como manifiestos personales— hasta himnos de estadio como “Stronger”, “All of the Lights” y “Flashing Lights”. En la recta final, “Ghost Town”, “Come to Life” y “Runaway” cerraron el círculo emocional. No hubo discursos largos. Kanye dejó que la música hablara por él.
Lo interesante fue notar cómo, más allá de las polémicas, la gente respondió a la obra. No había defensas ni acusaciones en el aire; había canciones que llevan 20 años acompañando vidas. Ese es el verdadero peso de su legado.

Más que un concierto: Kanye West y la CDMX como momento cultural, ¿con alcance internacional?
Al salir de la Plaza, con los oídos zumbando y el celular lleno de videos borrosos, quedó claro que estas dos noches fueron algo más que un espectáculo. Fueron la confirmación de varias cosas al mismo tiempo. Un regreso histórico tras 17 años, un sold-out inmediato que obligó a abrir una segunda fecha, y un montaje capaz de llenar uno de los recintos más grandes del país sin perder identidad.
Pero también fueron una señal de que la Ciudad de México se consolida como un punto clave para eventos musicales de escala global, donde artistas de este calibre pueden arriesgarse, experimentar y conectar con públicos diversos. En la Plaza convivieron generaciones: quienes descubrieron a Kanye con The College Dropout, quienes crecieron con My Beautiful Dark Twisted Fantasy y quienes llegaron por curiosidad o por TikTok.
Los conciertos del 30 y 31 de enero de 2026 no resolvieron las contradicciones que rodean a Kanye West —eso sería imposible—, pero sí demostraron algo esencial: su música sigue siendo un lenguaje común, capaz de reunir a miles de personas alrededor de una experiencia compartida.
En términos estrictos, fueron dos conciertos. En la práctica, fueron uno de los momentos culturales más comentados del año en México y Latinoamérica. Kanye West volvió. La Plaza respondió. Y durante dos noches, la historia del pop, el hip hop y la ciudad se cruzaron en el mismo punto del ruedo.