
Desde los ecos aún vibrantes de la pasada 82ª edición de la Biennale Cinema, nos detenemos en una de esas obras que no solo se ven, sino que se padecen y se procesan en el tuétano: “La Voz de Hind”.
En un festival que a menudo se debate entre el glamour del Lido y la cruda realidad geopolítica, esta película se erigió como un faro de incomodidad necesaria; no es cine de evasión, es cine de colisión.
El filme reconstruye con una crudeza asfixiante las últimas horas de la pequeña Hind Rajab, la niña de seis años que quedó atrapada en un vehículo bajo fuego en Gaza mientras intentaba comunicarse desesperadamente con la Media Luna Roja.
La narrativa sigue el rastro sonoro de esas llamadas de auxilio, entrelazándolas con el fatídico intento de rescate de los paramédicos cuya ambulancia fue igualmente alcanzada, convirtiendo un suceso de las noticias internacionales en una experiencia cinematográfica de una escala humana devastadora.
La cinta construye un periplo ético-moral que obliga al espectador a abandonar su posición de observador pasivo, sumergiéndolo en una “geografía del dolor” donde cada encuadre parece preguntarnos qué hacemos con el sufrimiento ajeno cuando este se vuelve archivo público.
El trayecto moral que propone la obra no busca respuestas reconfortantes, sino que expone la erosión de la humanidad en contextos de conflicto extremo, siendo, en esencia, una búsqueda de justicia poética frente a la injusticia fáctica. Lo que hace que esta propuesta destaque sobre otros esfuerzos documentales o de ficción histórica es la postura radical de su directora, la tunecina Kaouther Ben Hania
En un presente donde muchos autores optan por el “pilatismo cinematográfico” —lavándose las manos bajo la excusa de una supuesta neutralidad artística—, ella decide comprometerse de lleno.
La realizadora Kaouther Ben Hania entiende que el cineasta es un actor político y, por lo tanto, no huye de la polémica, sino que la habita; su estilo no busca la belleza por la belleza, sino que utiliza un rigor formal casi ascético para dignificar a sus sujetos.
A nivel técnico, el filme utiliza el diseño sonoro no como un acompañamiento, sino como una presencia opresiva que amplifica el eco de la voz titular, mientras que su estructura fragmentada emula magistralmente el trauma de la memoria. “La Voz de Hind” es una pieza fundamental de la Biennale 2025 porque nos recuerda que el cine más valiente es aquel que no teme mancharse con el barro de la actualidad. Es un cine que, en lugar de mirar hacia otro lado para salvaguardar una carrera comercial o evitar el roce político, mira de frente para intentar salvar la dignidad humana. Al final, la obra no pide permiso para existir; exige que la política rinda cuentas ante el arte.