
Amélie et la métaphysique des tubes en francés, o traducida al español como Amélie y los secretos de la lluvia, es una de las películas animadas nominadas al Oscar de este 2026; un filme que no brilla solo por su historia, sino también por su fotografía, con paisajes hermosos, jardines y santuarios que poseen una animación que resulta un verdadero deleite para la vista.
La película, producida y dirigida por Maïlys Vallade y Liane-Cho Han, narra los primeros años de vida de Amélie, una niña belga nacida en Japón en 1967, años después de que terminó la Segunda Guerra Mundial; quien, tras un acontecimiento crucial, despierta su curiosidad y su capacidad para explorar el mundo que la rodea, pero sobre todo para observar e intentar entender el lenguaje, los sentimientos y las relaciones humanas de quienes forman su familia, con ayuda de Nishio-san, una joven que colabora con el aseo de la casa.
Identidad: el sentido de pertenecer a un lugar
Dentro de su curiosidad, Amélie se pregunta por qué está ahí: ¿qué es lo que hace en ese lugar y no en otro?; cuestionamientos que, de alguna manera, muchas personas han tenido alguna vez: sin embargo, muchas personas nunca se preguntan por qué son mexicanas o españolas; simplemente adoptan la cultura, el idioma y las costumbres sin detenerse demasiado a reflexionar.
Eso es algo que Amélie, a su corta edad de dos años, todavía no comprende del todo; sin embargo, en su casa —donde sus padres son belgas— está más influenciada por la cultura occidental. Aun así, al prestar atención a la forma de vida que la rodea, a los lugares que observa y, sobre todo, al ver cómo Nishio-san escribe su nombre en kanji, Amélie comienza a comprender algo fundamental: no quiere ser japonesa, sino que siente que es japonesa, sin importar que sus padres y toda su familia provengan de Bélgica.
Las ganas de pertenecer y de sentirse japonesa toman aún más peso cuando Amélie descubre que existe la posibilidad de que toda su familia se mude de vuelta a Bélgica. Para ella, eso sería lo peor que podría pasar; su mayor preocupación es irse de un lugar donde siente que pertenece. Pero aquí entra otro de los puntos centrales de la película: Amélie no teme cambiar de lugar, sino que teme olvidar.

¿El olvido podría ser una forma de recordar solo lo mejor?
En parte de la película se observa cómo Amélie tiene miedo de olvidar. El olvido suele entenderse como algo negativo, pero no siempre lo es; a lo largo de la vida las personas olvidan personas o momentos, aunque eso no significa que desaparezcan por completo de la memoria.
Es similar a lo que ocurre cuando una persona deja de ver a un amigo durante años; ese amigo ya no forma parte de su entorno cotidiano y llega un momento en que parece que lo “olvidas”, pero cuando vuelve a encontrarse con él recuerdas todo lo vivido. En realidad, no se olvidó por completo; simplemente dejó de estar presente en la vida diaria. Algo similar ocurre con Amélie.
Este proceso mental aparece de distintas formas en la película. Una de ellas es la manera en que sus hermanos parecen ignorarla; no se acercan demasiado a ella porque no saben cómo tratarla, por lo que casi no tienen interacción. Sin embargo, eso no significa que no la quieran o que no sepan que está ahí.
Algo parecido ocurre con sus padres, quienes en ocasiones se muestran distantes y la dejan al cuidado de Nishio-san, casi como si fuera su niñera. Aun así, siguen siendo sus padres: sostienen la casa, trabajan para mantenerla y, cuando tienen la oportunidad, también juegan con su hija. Amélie nunca lo interpreta como abandono; simplemente entiende que no siempre están cerca.

La pérdida de un ser querido
En este sentido, olvidar no significa que una persona nunca recuerde a alguien. Algo similar ocurre cuando la abuela regresa a Bélgica; Amélie no quiere que se vaya, porque teme no volver a verla nunca más. Sin embargo, para sus padres y hermanos la situación es diferente: ellos saben que eventualmente podrán reencontrarse, aunque ya no compartan la vida cotidiana.
La muerte de un familiar es, quizá, una de las experiencias más dolorosas; sin embargo, el proceso de olvidar —o de transformar el recuerdo— también puede ser necesario. En la película esto se refleja en Kashima-san, la señora que alquila la casa a la familia; ella nunca olvidó la forma en que murieron su esposo y su hijo durante la Segunda Guerra Mundial, lo que la llevó a desarrollar un profundo resentimiento hacia los extranjeros occidentales, a quienes culpa de todo lo ocurrido.
Aquí aparece el contraste con Nishio-san, quien también perdió a su familia durante la guerra cuando era niña; a diferencia de Kashima-san, ella no vive atrapada en el rencor. Aunque no olvida lo que ocurrió, comprende que la familia de Amélie —y sobre todo una niña— no tiene ninguna responsabilidad en lo sucedido. En cierto sentido, Nishio-san parece haber decidido quedarse con los recuerdos más luminosos de su pasado; mientras que Kashima-san permanece atada al dolor.
Recordar también es seguir adelante
Finalmente, cuando llega el momento en que Amélie debe abandonar Japón, la niña comprende algo importante: irse no significa olvidar. Las personas que dejan de estar en el entorno cotidiano no desaparecen para siempre; simplemente dejan de formar parte de la vida diaria.
Tal vez por eso el filme plantea que la memoria funciona de otra manera: los recuerdos no desaparecen, sino que permanecen, esperando el momento en que puedan volver a encontrarse con quienes los vivieron.