Jalisco

Trump reclamó a los demócratas no ponerse de pie para aplaudirle los supuestos logros del país. En su lógica, no aplaudirlo a él equivale a no reconocer a la nación. Trump se asume como encarnación del Estado, y cualquier disenso se vuelve una afrenta

Los aplausos que no fueron en el Capitolio

Salvador Cosío Gaona

El discurso del Estado de la Unión volvió a confirmar que con Donald Trump nunca se trata sólo de informar, sino de imponer un relato. Desde el primer minuto, el presidente dejó claro que no venía a matizar ni a dialogar, sino a reafirmarse. Estados Unidos, dijo, está mejor, más grande, más rico y más fuerte que nunca. La frase sonó conocida, casi automática, como una consigna repetida hasta que se confunde con verdad. Trump no gobierna con datos finos; gobierna con afirmaciones rotundas que buscan cerrar la discusión antes de que empiece.

La escena en el Capitolio fue elocuente. Aplausos entusiastas de un lado, silencio pétreo del otro. Trump miraba a los demócratas sentados como si estuvieran cometiendo una falta grave. Y no tardó en hacerlo explícito: les reclamó no ponerse de pie para aplaudirle los supuestos logros del país. En su lógica, no aplaudirlo a él equivale a no reconocer a la nación. Es una confusión peligrosa pero constante: Trump se asume como encarnación del Estado, y cualquier disenso se vuelve una afrenta personal.

Ese silencio incómodo fue uno de los mensajes más poderosos de la noche. Porque frente a las frases grandilocuentes sobre economía, seguridad y prosperidad, la oposición optó por no validar el espectáculo. No gritaron, no interrumpieron, no armaron escándalo. Se quedaron sentados. Y eso, para Trump, fue intolerable. El aplauso, en su mundo, no es cortesía institucional: es lealtad.

El momento más tenso llegó cuando el representante demócrata Al Green fue escoltado fuera del recinto. Su falta: levantar un cartel con una frase tan directa como incómoda, “Los negros no son simios”. No hubo insultos ni gritos, sólo una verdad que remite al racismo estructural que muchos prefieren ignorar. La respuesta fue inmediata y contundente: expulsión. El mensaje implícito fue claro. En el Capitolio hay espacio para cifras infladas, afirmaciones engañosas y bravatas políticas, pero no para recordatorios incómodos sobre desigualdad racial.

Mientras eso ocurría, el discurso siguió su curso sin sobresaltos. Trump habló de una frontera “más segura y más fuerte que nunca”, de una caída drástica en el tráfico de fentanilo y de una reducción en la tasa de homicidios. No mencionó que otros delitos se mantienen estables ni que muchos de esos logros tienen más matices de los que admite su narrativa. La selección de datos no es casual: es parte del guion. Lo que no refuerza la épica, se queda fuera.

También hubo espacio para ajustar cuentas. El presidente criticó duramente al Supremo por su fallo sobre los aranceles, insistiendo en que éstos reemplazarán la carga fiscal interna y se mantendrán pese a la resolución judicial. Más que un argumento económico sólido, fue un gesto de desafío. Trump necesita adversarios para sostener su papel de combatiente permanente, incluso cuando esos adversarios son las propias instituciones del Estado.

El tono general del mensaje fue el de un hombre convencido de su destino. Cuando afirmó, casi con ligereza, que “debería ser mi tercer mandato”, no sonó a broma inocente. Sonó a ensayo. A prueba de hasta dónde puede estirar la cuerda sin que se rompa. En su estilo, lanza la idea, mide la reacción y deja flotando la posibilidad. La Constitución, al final, es un detalle cuando se gobierna desde la convicción personal.

El contraste entre la pompa del discurso y las escenas de tensión fue brutal. Mientras Trump entregaba reconocimientos simbólicos y hablaba de unidad, un congresista era retirado por exhibir una frase incómoda y una parte del Congreso se negaba a aplaudir. Esa es la verdadera fotografía del momento político estadounidense: no una nación unida detrás de un proyecto común, sino un país partido entre ovaciones y silencios, entre consignas y gestos de resistencia.

Trump salió del Capitolio convencido de haber ganado otra batalla narrativa. Para su base, el mensaje fue claro y reconfortante: fortaleza, orden, orgullo. Para sus críticos, quedó la sensación de un discurso desconectado de la complejidad real, más preocupado por la ovación que por el balance honesto. En medio, millones de ciudadanos asistieron a un espectáculo que ya conocen bien, pero que sigue marcando el clima político.

Al final, el Estado de la Unión no se midió sólo por lo que se dijo desde la tribuna, sino por lo que ocurrió alrededor. Los aplausos que no llegaron, el cartel que fue retirado, el silencio convertido en protesta. A veces, la verdadera crítica no se formula con palabras largas ni con discursos alternos. A veces basta con quedarse sentado.

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