Al iniciar este primer trimestre de 2026, la economía mexicana se encuentra en una de esas encrucijadas que los libros de texto suelen describir con elegancia, pero que en la práctica se sienten como una partida de ajedrez a ciegas. El llamado “Superpeso”, cotizando en niveles cercanos a las 17.20 unidades por dólar, no es ya una anomalía pasajera, sino una realidad que obliga a repensar nuestra competitividad.
¿Es la debilidad del dólar un certificado de salud para México o una trampa de arena para nuestras industrias? La respuesta, como casi todo en la ciencia económica, depende de qué lado del mostrador se encuentre usted.

Desde la óptica de las exportaciones, la fortaleza de nuestra moneda frente a un dólar debilitado por las políticas de la Reserva Federal y el contexto político en Washington actúa como un impuesto invisible. México, cuya columna vertebral es la manufactura avanzada y el sector automotriz, enfrenta hoy un reto de costos.
- Pérdida de competitividad en precios: cuando el peso se aprecia, los productos “Made in Mexico” se encarecen en los mercados globales. Si una pieza automotriz cuesta 1,000 pesos, en un entorno de 20 pesos por dólar, el comprador estadounidense pagaba $50. A 17.20, ese mismo costo se eleva a casi $58. Esa diferencia del 16% puede ser el margen completo de una empresa.
- La erosión de los márgenes: muchas empresas exportadoras reciben dólares, pero pagan salarios, energía e insumos locales en pesos. Al convertir sus ingresos, se encuentran con una tesorería “adelgazada”, lo que limita su capacidad de reinversión en un año crucial donde la revisión del TMEC ya asoma en el horizonte de 2026.
Por el contrario, el panorama es radicalmente distinto para las importaciones. México es un importador neto de bienes de capital y tecnología. Un dólar débil permite que la industria nacional se modernice a menor costo. La adquisición de maquinaria alemana o componentes electrónicos asiáticos (facturados en dólares) es hoy más accesible, lo que teóricamente debería traducirse en un aumento de la productividad a mediano plazo.
El impacto en el bolsillo del ciudadano común es, quizá, la faceta más agridulce de este fenómeno. Aquí observamos una separación clara:
Por un lado, la apreciación del peso ha funcionado como un ancla nominal para los precios. Gran parte de lo que consumimos, desde granos básicos hasta dispositivos móviles, tiene componentes importados. Al ser el dólar más barato, la presión inflacionaria externa se suaviza. Gracias a esto, vemos que la inflación en México empieza a alinearse con el objetivo del 3% de Banco de México, permitiendo que el poder adquisitivo del salario nominal no se evapore tan rápido.
No obstante, hay un sector de la población que está pagando el precio de esta fortaleza: los receptores de remesas. En 2025 vimos una caída real en el valor de los envíos de dinero, y la tendencia en este inicio de 2026 es preocupante.
“Una familia que recibía $300 dólares hace dos años obtenía $6,000 pesos; hoy, esos mismos $300 se convierten en poco más de $5,100”.
Este diferencial en moneda nacional golpea directamente al consumo interno en las zonas rurales y estados con alta tradición migratoria, reduciendo la demanda de bienes básicos y servicios locales.
Desde el punto de vista macroeconómico y fiscal, la debilidad del dólar le da un respiro a las finanzas públicas. El costo de servir la deuda externa denominada en dólares disminuye en términos de pesos. Esto mejora los indicadores de sostenibilidad fiscal y reduce el déficit financiero, un factor que las agencias calificadoras observan con lupa en este ciclo de incertidumbre comercial.
Sin embargo, hay un “pero” importante: los ingresos petroleros. Al vender crudo en dólares, el Estado mexicano recibe menos pesos por cada barril exportado, lo que obliga a mantener una disciplina de gasto para compensar la caída en los ingresos corrientes.
En balance, la debilidad del dólar beneficia al consumidor urbano y a la industria importadora, pero castiga severamente al exportador manufacturero y a las familias que dependen de las remesas. No existe el “tipo de cambio perfecto”, pero si el tipo de cambio que la economía puede absorber.
El reto para este 2026 no es buscar una devaluación artificial, sino aprovechar el abaratamiento de las importaciones para invertir en tecnología que compense la pérdida de competitividad cambiaria con mayor eficiencia productiva. El “Superpeso” no debe ser un trofeo político, sino una ventana de oportunidad para transformar nuestra industria antes de que el ciclo cambiario decida, como siempre lo hace, revertir su tendencia.
*Mtro. Luis Alberto Güémez Ortiz / Universidad Panamericana (UP)