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Crónicas de la Ciudad: Entre historia, tránsito urbano y expresión social, el Parque Revolución de Luis Barragán sigue siendo uno de los espacios más simbólicos de Guadalajara

Paciencia, el Parque Revolución volverá a latir y mejor que nunca

La restauración del Parque Revolución que actualmente lleva a cabo el Gobierno de Vero Delgadillo en Guadalajara abre la oportunidad de repensar cómo se habita y se defiende el espacio público que es de todos y no de unos cuantos. Trabajar en la renovación de las lámparas de estilo art deco, de las bancas tan características y únicas en México, de los elementos icónicos del parque requerían un trabajo manual, casi artesanal, que pocas veces se ve y se reconoce.

Parque Revolución

Hay lugares que no sólo ocupan un espacio en el mapa, sino también en la memoria colectiva. El Parque Revolución —mejor conocido por todos como Parque Rojo— es uno de esos puntos donde Guadalajara parece mirarse a sí misma. Ahí convergen historias, trayectorias urbanas y las tensiones propias de una ciudad viva.

Parque Revolución

Pocos recuerdan que antes de ser parque fue otra cosa muy distinta: en ese terreno estuvo la Penitenciaría de Escobedo, construida en el siglo XIX tras las leyes de Reforma. Aquel complejo carcelario ocupaba varias manzanas y llegó a ser un referente del sistema penal de su tiempo. Con el paso de los años fue demolido y, en 1935, el sitio se transformó en un parque diseñado por los hermanos Barragán, una decisión urbanística que convirtió un espacio de encierro en un espacio de convivencia. Allí quedaron como testigos las esculturas de Venustiano Carranza y Francisco I. Madero (y es justo de la escultura de Carranza que sale el famoso y divertido personaje que refleja aspectos de la sociedad tapatía: “Don Venus”, del maestro Falcón).

Parque Revolución

Pero volviendo al tema, el Parque Revolución ha sido algo más que un parque. Es un punto de tránsito constante. Debajo de su suelo pasan las líneas 1 y 2 del Tren Ligero, cuya estación Juárez conecta a miles de personas cada día; en la superficie confluyen rutas de autobús, trolebús y el flujo peatonal de una ciudad que se mueve entre Federalismo y Juárez, uno de los cruces más dinámicos de Guadalajara. Ese ir y venir ha hecho del parque algo más que un jardín: es un nodo urbano, un punto de referencia para encontrarse, perderse o simplemente atravesar la ciudad.

Con el tiempo también se convirtió en escenario social. Y, por supuesto, también ha sido punto de reunión para manifestaciones y marchas que han encontrado en ese lugar un espacio visible para expresar demandas legítimas. Las ciudades democráticas, al final, se construyen también desde la protesta.

Parque Revolución

Por eso mismo, en estos meses de marchas resulta interesante observar el resguardo y la renovación del parque. Las obras que hoy se realizan buscan restaurar mobiliario, jardineras y elementos urbanos que han sufrido un desgaste natural. Esta obra, es importante tenerlo presente, no es una renovación, es una restauración de un monumento artística que busca volver a su esencia, conservar su patrimonio cultural, y dejar un legado que es de todas y todos. Hay trabajos en esta obra que no se ven, pero que como siempre son las que más duran, las entrañas de un parque tan vivo como este requerían un trabajo manual y de fondo. Trabajar en la renovación de las lámparas de estilo art deco, de las bancas tan características y únicas en México, de los elementos icónicos del parque requerían un trabajo manual, casi artesanal, que pocas veces se ve y se reconoce.

Y la verdad sea dicha: hay que tener buen timing para intervenir un espacio así, porque el patrimonio urbano también merece protección cuando apenas está siendo recuperado.

Defender el derecho a manifestarse es indispensable. Pero también hay que recordar que la ciudad es un lienzo compartido.

Por otro lado, una decisión acertada ha sido replantear la presencia de vendedores en el Parque Rojo, quienes con el tiempo saturaron el espacio.

No se trata de negar el derecho al trabajo, sino de reconocer la naturaleza del lugar: un punto de tránsito masivo donde confluyen miles de personas todos los días. La apropiación excesiva del espacio público termina generando caos entre quienes pasan, quienes esperan el tren y quienes simplemente caminan. La ciudad tiene memoria de reubicaciones exitosas: basta recordar cómo el Tianguis Cultural encontró su momento en Plaza Juárez tras dejar atrás al Jardín José Rolón.

Al final, el Parque Revolución seguirá siendo lo que siempre ha sido: un espejo de la ciudad. Ahí caben los que marchan, los que se encuentran, los que se toman un respiro, los que descansa, los que esperan el camión, que patinan y los que sólo atraviesan la estación para seguir su camino. Pero también es un recordatorio de que el espacio público no pertenece a unos cuantos, sino a todos.

Y defender lo que es de todos —con respeto, con inteligencia y con paciencia— también es una forma de querer a Guadalajara.

Porque decir que no estamos a tiempo sería ganas de fregar. Eso se diría si llegara el Mundial y el parque siguiera en ruinas. Hoy no es el caso. Hoy lo que toca es algo más sencillo y más difícil al mismo tiempo: tener paciencia, el Parque Revolución volverá a latir, volverá a ser el que fue y esperemos que regrese mejor que nunca.

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