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Presentismo: liderar el retorno

. Imagen; IA/Copilot

Estoy segura que reconocen una escena cotidiana en las organizaciones y también en las pantallas, alguien que está, pero no está; alguien que cumple el horario, que marca su huella en el lector digital, que figura “en línea”, pero cuya mente y cuya energía están a kilómetros de distancia.

El presentismo está ahí, lo vemos, lo escuchamos en sesiones y cada vez que aparece me produce lo mismo: urgencia de ocuparme, de llevar al liderazgo las herramientas para cambiar ese sentir que cargan los colaboradores en silencio. Porque el presentismo no grita, habla muy bajito y casi no se escucha y por eso es tan peligroso.

Al terminar una sesión de equipo alguien se me acercó y me dijo algo que no se me olvida: “es como estar sin estar, no me siento visto”. Ahí está todo. En esa frase cabe el problema completo y no hablo de alguien que falta, hablo de alguien que llega todos los días, que abre su computadora, que contesta correos, pero que por dentro ya desconectó hace semanas. Que cumple el horario, que marca su huella en el lector digital, que figura “en línea”, pero cuya mente y energía están a kilómetros de distancia. A eso le pusimos un nombre técnico: presentismo. Yo siempre lo explico igual “es cuando un colaborador tiene su cuerpo en el escritorio pero su alma ya se fue”. Y para serles honesta, deberíamos llamarlo por lo que realmente es: el síntoma de una cultura que todavía cree que el compromiso se mide en horas y no en el impacto que se genera.

El presentismo provoca una fuga de talento invisible que no aparece en los estados de resultados pero que drena la rentabilidad mucho más que el ausentismo. El que falta deja un espacio que se puede gestionar, se reorganiza, se cubre; sin embargo el que está presente pero agotado, enfermo o desmotivado es otra historia, ahí genera un efecto dominó de errores y cansancio que nadie registra pero que todo el equipo respira. Cuando el aire se enrarece así, los más talentosos son siempre los primeros en irse.

Gary Cooper, una de las voces más contundentes en psicología organizacional, dice desde hace tiempo y sigue sin escucharse lo suficiente: el presentismo es el hijo directo de la inseguridad laboral. Cuando el miedo a perder el puesto es más fuerte que el deseo de aportar, la gente deja de trabajar para los objetivos y empieza a trabajar para la mirada del jefe. Se vuelven expertos en visibilidad pero analfabetos en resultados y les tengo una cruda noticia: en una organización que dice querer innovar y crecer, es una contradicción que duele.

El líder no puede seguir siendo guardián del reloj, tiene que ser arquitecto de la confianza y eso no es un concepto bonito para una presentación, es una decisión que se toma todos los días con compromiso y convicción. El antídoto contra ese cuerpo presente y mente ausente no es más supervisión, es más propósito, es dejar de controlar horas y empezar a gestionar energía, darle el adiós al micromanagement.

La mirada de Christina Maslach se vuelve imprescindible porque ella nos enseñó algo que todavía incomoda a muchas organizaciones: el burnout y el presentismo no son fallas individuales de personas débiles, son grietas en el sistema. Cuando la demanda supera por mucho a la recompensa emocional, el colaborador se desconecta como mecanismo de defensa. Se queda en su sitio, sí, pero su brillo se apaga. Un equipo sin brillo no innova, no propone, no cuida al cliente, simplemente ejecuta hasta que no puede más. El líder que funciona como antídoto es el que sabe leer esas señales antes de que todo se quiebre, el que tiene la valentía de preguntar “¿cómo estás?” y está genuinamente dispuesto a escuchar la respuesta aunque eso implique recalcular expectativas o reconocer que algo del sistema no está funcionando.

Combatir el presentismo nos exige honestidad absoluta y genuina de quienes lideran porque nada alimenta más este espejismo que un jefe que se queda hasta las diez de la noche o que manda correos el domingo a la tarde. Es un comportamiento, muchas veces inconsciente, es un mandato silencioso que le dice al equipo que para ser exitoso ahí tiene que renunciar a su vida. El buen liderazgo es exactamente lo contrario: valida el derecho a la desconexión y entiende que una persona que descansa rinde en tres horas lo que una persona exhausta no logra en diez.

Hoy además tenemos el presentismo digital, esa ansiedad de responder en tres segundos para que el ícono verde no se apague. Recuerdo a un líder que medía si alguien estaba trabajando por el color del símbolo en Teams. El liderazgo consciente tiene que ponerle fin a esa paranoia y construir entornos de seguridad psicológica donde decir “hoy no me siento bien” o “necesito parar para recuperar mi creatividad” sea un acto de responsabilidad profesional y no una confesión de debilidad. La disponibilidad permanente no es dedicación. Es agotamiento disfrazado de lealtad.

Al final el presentismo necesita un rescate, y ese rescate solo puede venir del liderazgo y para lograrlo hay que aceptar que el compromiso no es un estado físico, es emocional. El bienestar no es un lujo que se otorga cuando sobra tiempo, es un derecho y el motor de la sostenibilidad porque una organización llena de gente cansada es una organización vacía de futuro. El verdadero líder es el que deja de contar horas y empieza a contar momentos de calidad, el que convierte el trabajo en un lugar donde estar presente sea una decisión con sentido y donde nadie tenga que decir nunca más que está sin estar.

bosisioflorencia@gmail.com

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