En el océano hay vida que no se mueve, pero transforma todo a su alrededor. Sobre rocas, arrecifes y fondos marinos, las esponjas crecen como si fueran parte del paisaje. No tienen ojos, ni órganos, ni un cuerpo que se parezca al de otros animales. Y sin embargo, están vivas. Permanecen ancladas, aparentemente inmóviles mientras el océano pasa a través de ellas.
A primera vista parecen simples. Estructuras porosas, inmóviles, casi pasivas. Pero dentro de ellas ocurre un flujo constante. El agua entra por miles de pequeños poros, recorre su interior y sale filtrada. En ese proceso, las esponjas capturan bacterias, partículas orgánicas y nutrientes invisibles para otros organismos. Una sola esponja puede filtrar miles de litros de agua al día. Sin hacer ruido, sin desplazarse, transforman el entorno que las rodea.
Son, además, una de las formas de vida animal más antiguas del planeta. Surgieron hace más de 600 millones de años, en un océano anterior a la explosion cámbrica. Antes de los depredadores las esponjas ya habitaban los mares. No desarrollaron sistemas nerviosos ni órganos especializados. Su estrategia fue otra, una organización simple, pero extraordinariamente eficiente, capaz de sostenerse a lo largo del tiempo con pocos cambios
Esta simplicidad, sin embargo, es engañosa. En el interior de las esponjas habitan comunidades enteras de microorganismos que representan una parte significativa de su biomasa. Bacterias y otros microbios participan en procesos químicos complejos, reciclando materiales, produciendo compuestos y ampliando las capacidades del organismo que los alberga. Más que individuos aislados, las esponjas y estas comunidades trabajan en conjunto funcionando como un sistema integrado, donde múltiples formas de vida coexisten y colaboran.
También poseen una capacidad que desafía nuestra idea de lo que significa tener un cuerpo. Si sus células se separan, pueden reorganizarse y volver a formar una esponja completa. No dependen de una estructura rígida ni fija, sino de la capacidad de sus células para reconocerse y reconstruirse. Es una forma de existencia donde la identidad no está fija en la forma, sino en la organización. Algo asombroso, porque no se trata de regeneración en el sentido habitual. A diferencia de organismos como las estrellas de mar, que reconstruyen partes perdidas, las esponjas pueden reagrupar sus células y volver a formar un organismo completo. De alguna manera, son capaces de reconocerse y reconstruirse desde casi cualquier estado.
En los ecosistemas marinos, su papel es silencioso pero fundamental. Filtran el agua, capturan materia orgánica disuelta y la transforman en formas que otros organismos pueden aprovechar, siendo esenciales para la cadena trófica. En algunos arrecifes este proceso sostiene redes enteras de vida. Además, crean estructuras y refugios donde habitan pequeños invertebrados, peces y microorganismos. Son, en muchos sentidos, una pieza fundamental del océano.
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A pesar de su aparente fragilidad, han persistido a lo largo de cambios ambientales profundos. Han sobrevivido a transformaciones del clima, de la química oceánica y de la propia vida que las rodea. Su forma de existir no depende de la velocidad ni de la complejidad estructural, sino de una relación constante con el entorno.Las esponjas no dominan como depredadores.Su forma de interactuar con el mundo es distinta. Permanecen, filtran, transforman. En un océano lleno de movimiento, representan otra posibilidad de vida: una que no necesita desplazarse para tener impacto.
Tal vez esta es la razón de que desentonen con nuestra idea de lo que es un animal. Pero han estado ahí desde antes de que la vida desarrollara muchas características que hoy consideramos esenciales. En su silencio y su permanencia, resguardan una historia más antigua, una en la que la vida apenas comenzaba a existir como la conocemos hoy en día. En el flujo constante de agua que las atraviesa, las esponjas recuerdan que la vida no siempre se impone. A veces, simplemente se integra.

@valemp97