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No se trata únicamente de la FIFA. La Organización de las Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud, la Organización Mundial del Comercio e incluso tribunales internacionales viven bajo la presión permanente de los intereses geopolíticos de las grandes potencias

Las Reglas También se juegan fuera del campo

LAS REGLAS TAMBIÉN SE JUEGAN FUERA DEL CAMPO

Cada vez resulta más difícil sostener que el deporte permanece al margen de la política. Las recientes controversias surgidas en torno al Mundial, acompañadas por versiones sobre presiones e intentos de influir en decisiones de organismos deportivos, han vuelto a evidenciar una realidad que trasciende al fútbol: las instituciones internacionales enfrentan crecientes desafíos para preservar su autonomía frente al poder político y económico.

Más allá de la veracidad de un episodio específico, lo relevante es que la simple percepción de una posible injerencia basta para poner en duda la imparcialidad de quienes están llamados a hacer cumplir las reglas. Y cuando la confianza comienza a erosionarse, también lo hace la legitimidad de las instituciones.

No se trata únicamente de la FIFA. La Organización de las Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud, la Organización Mundial del Comercio e incluso tribunales internacionales viven bajo la presión permanente de los intereses geopolíticos de las grandes potencias. En un escenario internacional cada vez más polarizado, la independencia institucional se convierte en un recurso indispensable para sostener la credibilidad del sistema multilateral.

La historia demuestra que deporte y política nunca han estado completamente separados. Los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 fueron utilizados como propaganda por el régimen nazi. Décadas después, los boicots a Moscú 1980 y Los Ángeles 1984 reflejaron las tensiones de la Guerra Fría. Más recientemente, las sanciones deportivas impuestas a Rusia tras la invasión de Ucrania reabrieron el debate sobre el papel que deben asumir las organizaciones internacionales frente a los conflictos globales.

Salvador Cosío Gaona

Hoy, sin embargo, las formas de influencia son más sofisticadas. La presión ya no siempre llega mediante decisiones abiertas o declaraciones oficiales. El peso económico, la capacidad diplomática, la influencia mediática y la fuerza política de determinados gobiernos pueden inclinar decisiones que deberían responder únicamente a criterios institucionales.

A ello se suma el papel de las redes sociales. Cualquier resolución arbitral o decisión de un organismo internacional se convierte en tendencia mundial en cuestión de minutos. La presión ya no proviene sólo de los gobiernos o de intereses económicos; también surge de una opinión pública profundamente polarizada, donde la velocidad suele imponerse al análisis. En ese entorno, sostener criterios técnicos y jurídicos independientes representa un desafío cada vez mayor.

Al mismo tiempo, el fortalecimiento de liderazgos políticos personalistas ha transformado las relaciones internacionales. La diplomacia sustentada en instituciones ha cedido espacio a decisiones impulsadas por figuras con enorme influencia pública. Ello obliga a reforzar organismos cuya fortaleza depende precisamente de que las reglas prevalezcan sobre la voluntad de los individuos.

El fenómeno rebasa al deporte. Las tensiones comerciales, los conflictos armados, la competencia tecnológica y la disputa por recursos estratégicos someten a las instituciones multilaterales a presiones constantes. Su capacidad para actuar con independencia será determinante para preservar la confianza internacional.

El deporte sigue siendo un espejo de la vida pública. En una cancha, como en cualquier democracia, la legitimidad depende de que todos acepten las mismas reglas y confíen en la imparcialidad de quien las aplica. Cuando esa certeza desaparece, el mérito deja de ser suficiente y surge la sospecha.

La discusión de fondo, por tanto, no consiste en quién gana un torneo o qué selección resulta favorecida. El verdadero desafío es garantizar que las instituciones mantengan la fortaleza necesaria para resistir las presiones del poder, cualquiera que sea su origen.

La verdadera fortaleza de cualquier organismo internacional no radica únicamente en sus estatutos o en el reconocimiento que le otorgan los Estados, sino en la percepción de imparcialidad que inspira entre quienes se someten a sus decisiones. Esa confianza se construye durante años, pero puede perderse con rapidez cuando prevalece la sospecha de que los intereses políticos o económicos pesan más que las normas. Recuperarla no es sencillo. Por ello, la transparencia, la rendición de cuentas y el respeto irrestricto a los procedimientos deben convertirse en la principal defensa de las instituciones frente a un entorno internacional cada vez más complejo e incierto.

Porque cuando las reglas dejan de ser el criterio que decide y pasan a depender de quién ejerce mayor influencia, el problema deja de pertenecer al deporte. En ese momento se debilita uno de los principios esenciales de toda sociedad democrática: la confianza de que nadie está por encima de las instituciones y de que la legalidad vale lo mismo para todos.

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