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Estar en todo, estar en nada: multitasking

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Hubo una época y no se crean que tan lejana, en la que presumir de ser multitasker era la credencial de presentación más cotizada en cualquier entrevista laboral y hasta les diré que formó parte de mi evaluación de desempeño como un gran skill. Se compartía en las charlas de liderazgo como una superpoder del siglo XXI y se celebraba como el estándar de eficiencia definitivo: la capacidad casi divina de responder correos, gestionar una reunión por videollamada, revisar presupuestos y enviar mensajes por chat, todo de manera simultánea y la promesa era muy tentadora: hacer más en menos tiempo.

Sin embargo y tras un par de décadas alimentando esa maquinaria de estimulación ininterrumpida, la realidad es contundente: estar hiperconectados no hizo que el trabajo fuera mejor; solo lo volvió más acelerado, caótico y, sobre todo, superficial. La omnipresencia digital no garantizó que las tareas fueran cuidadas, sino que las redujo a meras gestiones de trámite ejecutadas en un estado de atención continuamente fragmentado.

Durante años fundimos dos conceptos que nunca debieron ser sinónimos: actividad y productividad. En su obra Deep Work (Trabajo Profundo), el teórico de la computación y ensayista Cal Newport hizo muy presente el término pseudoproductividad para describir esa necesidad obsesiva de proyectar actividad visible mediante la respuesta rápida a mensajes y la presencia constante en plataformas de comunicación, inolvidable cuando aparecieron las primeras Blackberry.

Newport demuestra que el cerebro humano no posee la arquitectura neurológica para procesar múltiples tareas complejas en paralelo y lo que llamamos multitarea no es más que un rápido y desgastante “cambio de contexto” (context switching). Cada vez que alternamos la vista entre un Excel y una notificación que acaba de saltar en la pantalla pagamos un alto costo cognitivo, una parte de nuestra atención permanece anclada en la tarea anterior imposibilitando que la mente alcance los niveles de concentración necesarios para generar ideas originales, resolver problemas complejos o algo muy simple, prestar una dedicación meticulosa a lo que estamos haciendo en ese momento.

En esa dinámicas de interrupción constante, el trabajo pierde su alma y las tareas dejan de ser un espacio de dedicación intelectual o profesional para convertirse en incendios que apagar antes de que llegue la siguiente notificación y otra vez el ciclo y bucle.

El problema, no obstante, excede lo puramente operativo o técnico y es fundamentalmente un problema humano y ético y aquí llega (déjenme compartirles a título muy personal) un librazo que vale la pena leer “La sociedad del cansancio” donde el filósofo surcoreano Byung-Chul Han advierte que la multitarea no representa un avance civilizatorio, es más bien una regresión a un estado primario de vigilancia animal, donde la criatura en la selva debe dividir su atención constantemente para no ser devorada mientras come, ni imaginar el pico de cortisol que esto produce y el conocido stress.

Se dice que la hiperatención y la hiperactividad han liquidado la capacidad humana de la contemplación, que es justamente el lugar donde nacen la empatía, el pensamiento crítico y el cuidado real por el otro. Al estar sobreestimulados y obligados a autoexplotarnos en una carrera infinita de respuestas inmediatas, perdemos la paciencia pedagógica, la escucha atenta y el detalle fino. Y ahí ocurre que no cuidamos los procesos porque no tenemos tiempo de permanecer en ellos; los consumimos y los descartamos a toda velocidad.

Cuando las organizaciones exigen disponibilidad absoluta y celebran la agilidad desmedida, terminan configurando entornos donde la ansiedad es la norma y la excelencia es la primera víctima y ahí es donde digo que la hiperconexión terminó por desconectarnos de la calidad.

Frente a este diagnóstico hay una pregunta que es crucial: ¿hacia dónde deben evolucionar las organizaciones si quieren salvar la salud de sus equipos y la calidad de sus resultados? Lo mejor que puede sucederle hoy al mundo corporativo e institucional es el retorno al monotask humano y al cuidado intencional, al bienestar.

Esto no significa renunciar a la tecnología sino rediseñar nuestra relación con las herramientas digitales a favor de cuatro pilares clave:

Soberanía de la atención (Slow Productivity): promover jornadas donde el tiempo de trabajo enfocado y sin interrupciones no sea una excepción clandestina, sino la regla organizacional, el acuerdo operativo; priorizar hacer menos cosas, pero hacerlas con un nivel insuperable de dedicación.

Cultura del cuidado (Care): Entender que un informe, una estrategia o un producto cuidados requieren tiempo de maduración. Cuidar la tarea exige cuidar primero al colaborador que la realiza, garantizando descansos verdaderos y balace claro entre la vida laboral y la personal.

Comunicación asíncrona por diseño: sustituir la cultura de la inmediatez por sistemas de trabajo donde la respuesta no tenga que ser instantánea y fomentar la escritura pausada y la documentación estructurada frente al bombardeo incesante de mensajes en tiempo real.

Presencia real y empatía: y aquí la invitación a redescubrir que el valor diferenciador de los seres humanos en la era de la inteligencia artificial no es la velocidad de procesamiento, sino la profundidad analítica, la sensibilidad ética, la creatividad y la escucha activa en los equipos.

El futuro del trabajo no pertenece a las computadoras humanas que mantienen cincuenta pestañas abiertas en el navegador hoy, la mayor ventaja competitiva y la mayor conquista humana dentro de una organización es la capacidad de sostener la presencia en una sola tarea, de principio a fin, con la mente serena y la dedicación impecable que requiere cualquier obra bien hecha.

Para culminar los invito a reivindicar la pausa, apagar el ruido y devolverle la dignidad al foco que no es un lujo ni una debilidad; es la única vía posible para que el trabajo vuelva a ser un terreno de realización personal, sostenibilidad y verdadera excelencia.

bosisioflorencia@gmail.com

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