Opinión

La doble personalidad y la despersonalización

La consulta pública para definir los  Lineamientos para la Protección de los Derechos de las Audiencias inició este lunes 27 de julio.
Derechos de las Audiencias La consulta pública para definir los Lineamientos para la Protección de los Derechos de las Audiencias inició este lunes 27 de julio.

El caso más notable de doble personalidad en un sentido literario, más allá de la posibilidad psiquiátrica, al menos de cuantos conozco, es el de Mark Twain, el gran escritor de la lengua inglesa. Siempre tuvo muchas dudas sobre su verdadero yo.

Esa debilidad en la apreciación de su propia personalidad, como fue el caso de Salvador Dalí de quien luego hablaremos, se debió a un accidente terrible. Nació con un gemelo y cuando su madre bañaba a los hijos uno de ellos, en un irremediable descuido, se ahogó en la tina.

Twain cuyo verdadero nombre era, Samuel Langhorne Clemens, siempre dudó si el ahogado había sido él o su hermano Pleasant.

Salvador Dali sufrió una especie de suplantación obligatoria por la cual le fue implantado un fantasma en el corazón. Ya luego por conveniencias personales y la exaltación del esnobismo a grados de creatividad genial, se hizo el loco y al final se lo creyó.

Su hermano había muerto y su madre decidió bautizarlo con el mismo nombre del niño difunto. Él era el hermano perdido, pero también era él mismo. Era el vivo y el muerto. Nunca se repuso de ese enredo, ni de las frecuentes visitas de la mano de la desquiciada madre, a una tumba con su propio nombre. Un espejo de piedra donde el rostro no era el suyo. Él era una simple copia viva de la inscripción en la lápida mortuoria, en el mejor de los casos.

No saber quién es uno mismo porque uno mismo ha creado otra persona para convivir con ella a la manera de un siamés, les causa muchos problemas a muchas personas. Así le pasó a un periodista que firmaba como Pedro Baroja y no era él.

Charles Chaplin era un rufián avaricioso, pederasta y cruel, mientras Charlot cargaba todas las desventuras del mundo como un Atlas pobre con zapatos rotos y un triste caminar de pato cojo. Ying y Yang, dirían.

Es muy conocida la historia de cuando Charlot quiso fingir a Charlot y se inscribió anónimamente en un concurso de imitadores de Chaplin. Perdió.

La doble personalidad es algo más allá de un conflicto momentáneo. Sobre todo, cuando el personaje resulta tan apabullante como en el caso de Cantinflas. En algunos sentidos se parecía a la historia de Chaplin.

Criaturas absolutamente distintas de sus creadores y en ocasiones, como esas, absolutamente opuestos.

El Cantinflas dadivoso consagrado en el mural de Diego Rivera no tenía ninguna relación con el despiadado hombre de negocios, aunque a veces uno se valiera del otro, como ocurrió tras el terremoto de 1957.

Derrumbado uno de sus edificios en la avenida de los Insurgentes Mario Moreno se acercó a revisar los desperfectos. El desastre fue total. Un reportero le preguntó por la magnitud de la ruina. Mario no respondió, le pidió auxilio a Cantinflas y le dijo:

--Si viera usted no es para tanto, porque mire usted, como quien dice, ¿no?, el material ahí está, nomás se perdió la mano de obra.

El caso de Víctor Trujillo y “Brozo” es distinto o al menos lo era cuando lo conocí y trabajamos juntos todos los viernes durante casi seis años.

Colgada la peluca desaparecía el personaje, pero un día lo acompañé a develar su estatua en el Museo de Cera. Y entonces el payaso posó frente a la escultura vestida con su ropa de trabajo y no dejó entrar a Trujillo. Inmóviles el payaso y la figura de parafina endurecida, ya no se sabía cuál de los dos iba a gritar, ¡Chamacos!

Hay quienes hacen de su imagen pública un fetiche para su propio consumo, como sucedió –entre muchos-- con Don Luis Echeverría quien se hizo su propio museo al cual llamó” Del sexenio”, en cuyas vidrieras atesoraba en su casa hasta los libros mandados a hacer por él para exhibir apologías y ditirambos junto a miles de discursos encuadernados. Hasta yo escribí uno de esos. El ciudadano Luis le rendía honores al presidente Echeverría.

Conocí políticos en desgracia cuya manía era contratar una oficina con ujieres y ayudantes para ofrecer audiencia a todos los necesitados (los recogían en las calles) cuya pedigüeña condición así lo requiriera. Hasta Santa Anna lo hacía.

Con una campanilla en el escritorio, llamaba al empleado y le daban instrucciones para ayudarle a doña Juanita o a Perenganito quienes tenían un problema de dinero o burocracia.

La máscara del político había carcomido el rostro de la persona.

La pérdida de la personalidad, porque se han tenido dos y al final ninguna permanece, no es sólo un caso horrible entre Cachirulo y Enrique Alonso o Chabelo y Javier López. A Alonso nunca se lo pregunté, pero a Javier sí:

--Cuando sueñas ¿quién eres, Chabelo o tú?

--A veces uno a veces otro.

--¿Y nunca se encuentran?

--No sé, me dijo.

Los hombres del poder, cuya actitud pública es diferente de su naturaleza real, son en el mejor de los casos grandes actores. No se cambian el nombre (a veces sí, como “Lula” y otros), se consagran como grandes farsantes.

Uno de estos es sin duda Andrés López quien llegó al extremo (falso) de renegar de su personalidad íntegra y su conciencia del yo (en medio de su megalomaníaco ego), para decir: ya no me pertenezco, te pertenezco al pueblo.

Afirmar eso como parte de un discurso de rendimiento demagógico está bien, es parte del engaño general, una herramienta recurrente y necesaria en la política, sobre todo frente a un pueblo ignorante. Pero idearlo con un mínimo de convicción es totémico y patológico.

Es como Juana de Arco y la arenga divina desde los cielos de Orleans.

Pero otra forma de perder la personalidad es –-también en la política— la adulación hasta el mimetismo: hablar como el líder, caminar como el jefe, repetir sus palabras, vestir bordados como los suyos en la toga o la blusa; hacerse colita de caballo o comer pepino si al jefe le agrada.

Por ejemplo, el caso –entre otros muchos— de Ariadna Montiel quien desde su nuevo puesto como vicepresidenta de Morena (el presidente es otro), repite y repite los dichos de doña Claudia:

Como este en relación con los lineamientos impuestos (o en proceso de imposición) a la radio y la TV:

“…No se regula lo que los medios puedan opinar o pensar. Se establecen responsabilidades para proteger el derecho del pueblo a recibir información. La autoridad no revisará previamente las transmisiones. El procedimiento sólo puede iniciarse después de la difusión de un contenido y a partir de una queja concreta”.

Sólo faltó decir, contenido sujeto a nuestra evaluación y queja presentada por nuestros seguidores… como en los programas de Luisita.

Ni un gramo de personalidad. Pura repetición camaleónica.

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