Columnistas Jalisco

La extorsión que no llama

. Fue detenido Ramón Ángel “N”, alias “R1”, señalado como el autor intelectual del homicidio del exalcalde de Uruapan, Carlos Manzo.

Hace unos días, el Gabinete de Seguridad presentó en la conferencia mañanera la anatomía de “Los R’s”: una facción del Cártel Jalisco Nueva Generación que operaba entre Jalisco y Michoacán traficando droga, moviendo armas y cobrando piso a productores, ganaderos, comerciantes y transportistas en corredores carreteros y municipios enteros. La encabezaba Ramón Ángel “N”, presunto autor intelectual del asesinato de Carlos Manzo. En esas mismas semanas, el mismo gabinete reportó los avances de la Estrategia Nacional contra la Extorsión: de 161 mil 112 llamadas al 089, 142 mil 973 correspondieron a extorsiones no consumadas —el 88.7 por ciento— gracias al acompañamiento en tiempo real de los operadores.

Un gobierno que describe con ese nivel de detalle cómo se cobra piso en dos estados y que mide su éxito contra la extorsión en porcentajes de llamadas atendidas está hablando de dos cosas distintas sin advertirlo.

El problema no es que al Estado le falten estadísticas sobre la extorsión. Es que su instrumento de medición no alcanza a ver el cobro de piso, porque registra hechos y el cobro de piso es una relación.

Conviene fijarse en qué mide ese 88.7 por ciento. No equivale, por sí solo, a extorsiones evitadas: cuenta contactos que terminaron sin pago, incluidos aquellos en los que jamás hubo capacidad real de cobro, como el fraude carcelario que marca números al azar y cuelga ante el primer titubeo. El denominador lo fabrica el propio dispositivo. Un sistema que se evalúa por las llamadas que atendió convierte un indicador de operación en evidencia de eficacia frente a un fenómeno nacional.

La extorsión que gobierna territorios no marca el 089. El ganadero de Valle de Juárez no recibe una voz anónima desde un penal; recibe una visita. El que cobra tiene domicilio, ruta y calendario, y regresa el jueves. Si la persona extorsionada no denuncia, no es por desinformación —campañas hay de sobra—, sino porque denunciar supone un Estado capaz de llegar antes que la represalia. Donde no llega, la denuncia se vuelve una apuesta, y nadie apuesta el negocio y la familia contra una carpeta de investigación.

El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) reportó en la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE) 2025 que la cifra negra de la extorsión contra personas y hogares alcanzó 97 por ciento. Es el universo doméstico, no el empresarial —para los ganaderos y transportistas del caso michoacano habría que ir a la Encuesta Nacional de Victimización de Empresas (ENVE) 2024—, pero el orden de magnitud basta para situar el dato oficial: el 88.7 por ciento describe lo ocurrido entre quienes llamaron al 089 y no permite estimar qué proporción de las extorsiones del país fue impedida.

¿Por qué el aparato registra con facilidad una forma y tropieza con la otra? No por incompetencia: a “Los R’s” los identificó, reconstruyó su operación y detuvo a varios de sus integrantes. Los persiguió como estructura criminal, no como relación de extorsión. Operan en paralelo dos sistemas de observación que difícilmente dialogan. Uno reconstruye redes, rutas y jerarquías, y describe el cobro de piso con todo detalle en una lámina de Palacio Nacional. El otro contabiliza denuncias y carpetas, y ahí el problema deja de ser de voluntad. La fiscalía puede registrar cada amenaza, cada visita, cada pago; lo que no puede registrar es el vínculo que los encadena. Fragmenta en episodios una relación que dura años y cuya sustancia consiste, precisamente, en reproducirse. La carpeta guarda el hecho; el orden que lo vuelve semanal se le escapa.

Llamarlo delito patrimonial se queda corto. El cobro de piso tiene padrón, tarifas diferenciadas por giro y volumen, periodicidad, cobradores con territorio asignado, sanción escalonada por incumplimiento y, en ocasiones, contraprestación: protección frente a terceros, arbitraje de disputas, permiso para abrir. Eso no es asalto. Es recaudación, y quien recauda con regularidad, resuelve conflictos y autoriza aperturas, ejerce autoridad, aunque nadie lo haya elegido y aunque su poder descanse en la amenaza. La legitimidad no es requisito de la gobernanza; es apenas una de sus variables. Lo que separa a esta autoridad de la otra no es la forma del cobro, casi idéntica a la de un impuesto, sino la ausencia de recurso: no hay tribunal, ni expediente, ni instancia ante la cual impugnar. Se paga y punto.

De ahí que las metas oficiales digan menos de lo que parecen. Michoacán presentó su estrategia estatal con 48 detenidos en lo que va del año y el propósito de llegar a cien en diciembre. Son cifras respetables si uno cuenta operativos. Pregúntese, en cambio, cuántas personas cobran piso en un estado donde la recaudación clandestina abarca regiones completas, con cobradores fijos por ruta y por giro. Nadie lo sabe. Ese es el punto: no existe el dato porque no existe el instrumento que lo produzca, y sin denominador, cien detenciones pueden ser un golpe estructural o un redondeo. La estadística disponible no permite decidirlo.

Queda una pregunta que tampoco se contesta. Los homicidios cayeron 48 por ciento, según el propio gabinete, y en el mismo periodo la extorsión ascendió a prioridad presidencial. Puede ser que el Estado esté ganando. Puede ser también que un orden criminal mate menos cuando su dominio ha dejado de disputarse: matar cuesta, hace ruido, atrae al Ejército; en cambio, cobrar rinde cada semana sin sobresaltos. Los dos relatos caben en la misma serie de datos. Con los indicadores disponibles no sabemos distinguir pacificación de consolidación, y llevamos meses celebrando sin averiguarlo.

Alguien dirá que el 089 sirve de todos modos. Sirve. Atiende bien el fraude telefónico, un delito de oportunidad donde colgar basta y donde una voz que acompaña resuelve casi todo. El problema empieza cuando ese resultado se exhibe como avance general contra la extorsión.

Y hay algo más crítico todavía. La estrategia nacional se propuso homologar criterios de denuncia, investigación y persecución en todo el país, con un manual único que garantice uniformidad. Esa virtud administrativa es también el origen del punto ciego: unificar criterios entre dos fenómenos socialmente opuestos garantiza que ninguna estadística los distinga. Se ordenó el archivo. No se ordenó la mirada.

El 089 no mide la extorsión. Mide hasta dónde llega el Estado. Del otro lado de esa frontera alguien seguirá pagando cada jueves.

Tendencias