En lo alto del Ajusco, donde se hace patente la desconexión con lo urbano y se siente el ambiente de un pueblo tradicional –el aire huele a animales de criadero y a tierra suelta–, Santo Tomás Ajusco alberga una de las tradiciones que generan más polémicas entre el gobierno capitalino y los habitantes locales: las peleas de gallos.
En esta parte de la alcaldía Tlalpan, quienes son aficionados al espectáculo de combate de aves, saben adónde deben acudir los viernes, sábados, domingos e incluso los lunes, para distraerse con amplios programas de peleas y apuestas.
Quienes acuden sin recomendación seguramente no podrían encontrar el Palenque Los Prados; incluso los taxistas locales desconocen su ubicación: “Es que lo acaban de abrir, entonces está difícil dar con él, pero es el bueno porque en éste no cae la pira”.
Parece que así fue planeada su ubicación desde el principio: al fondo de un amplio terreno, resguardado por grandes portones que impiden ver el interior, está rodeado de una gran extensión de terrenos arbolados, entre calles estrechas, casas que contrastan entre sí (pues hay desde casonas rústicas hasta pequeñas construcciones en obra negra de apenas uno o dos cuartos).
El Palenque Los Prados ofrece un espacio para que criadores de gallos y espectadores del combate de aves se reúnan a organizar enfrentamientos; los criadores asisten con 4 o 5 aves que, desde su nacimiento, fueron alimentadas y criadas para morir en el ruedo y entretener a los asistentes.
Por supuesto, dentro del local reina un ambiente machista, ya que es una tradición creada para el entretenimiento de los hombres, escasea la presencia de las mujeres, exceptuando la participación femenina en la limpieza del lugar después de cada combate.
También asiste, de vez en vez, una estrella secundaria a los gallos, la señorita de cabello largo, blusa ajustada de colores encendidos que se pavonea por el lugar robando las miradas de los presentes: los rancheros de la ciudad que visten camisas de cuadros, pantalón de mezclilla, botas vaqueras y que escupen al piso con libertad.
Quienes van listos para apostar miles de pesos son los criaderos que presentan a sus gallos más preparados para cumplir la misión, simplemente la inscripción a los enfrentamientos va de los 2 mil 200 pesos a los 5 mil pesos, aunque si se tiene mucha fe, hay audaces que ponen más de 20 mil en la mesa por su gallo.
Para quienes van a disfrutar el espectáculo no hay tanta presión monetaria, pues se puede entrar a jugar con la suerte desde los 20 pesos. Es sabido que “nadie apuesta harto porque siempre hay maleantes y al que apuesta harto lo levantan”. Sin embargo, se alega que la defensa de este espectáculo es mera tradición de los pueblos originarios de la Ciudad.
Los más entregados al oficio cuentan con sus propios criaderos de aves, en las que están dispuestos a desembolsar miles de dólares con tal de conseguir buenos ejemplares; en los sementales se invierten alrededor de 2 mil dólares y en las gallinas ponedoras 400 dólares. Unos y otras son traídos de Estados Unidos.
Un hombre dedicado desde hace décadas a esta tradición, presume que tiene un criadero de unas 100 aves entre gallos, pollos, gallinas, y que la familia aviar está próxima a crecer ya que con la llegada de la primavera nacen muchos pollitos.
Sin embargo, el apego que hay entre el criador y las aves es un vínculo curioso, aunque gasta mil 500 pesos en alimento específico para que crezcan y sigue protocolos específicos para su cuidado, lo hace para enviarlos a morir en el ruedo.
“Aquí no hay gallos buenos, aquí todos se matan; todos los que somos jugadores sabemos que los gallos son para una pelea, si gana y sale muy cortao’ ya no sirve”.
Contrario a los espectáculos taurinos, los combates entre aves aún no están prohibidos en la Ciudad de México, ya que el Congreso Capitalino frenó el dictamen debido a que documentaron su arraigo en las tradiciones de pueblos de alcaldías como Xochimilco Tláhuac, Milpa Alta o Tlalpan, sin embargo se admitió su continuación siempre y cuando no se haga uso de navajas en las patas de los gallos. La presencia de un afilador en cada uno de estos espectáculos deja claros todos los vacíos en las regulaciones que la CDMX dejó en torno a los pobres gallos.
En Los Prados, está colgada una lona con la frase “¡Unidos en defensa de la Gallística! es historia, tradición, cultura y fuentes de empleo”, argumento que sostiene sobre pisos llenos de sangre, plumas sueltas, aves enjauladas o transportadas en pequeñas cajas de cartón, restos desollados, montones de aves muertas exhumadas en el patio y principalmente, juegos de azar.
El número de combates, espectadores y el ambiente que domine, determina la hora en que puede finalizar el espectáculo cada día, pues sí hay más de quince o hasta veinte peleas, puede terminar entre la 2 y las 4 de la madrugada, esto en un ambiente que no garantiza la seguridad de nadie de los asistentes.
Esta semana es diferente, galleros y espectadores se acobardan y dejan de mandar a sus gallos a matarse entre sí. No es por algo que pase en Santo Tomás, sino por el pánico que generó inlcuso en la Ciudad de México la caída del Mencho. Algunos asistentes perdieron sus cuotas de inscripción pero prefirieron mantenerse en la seguridad de sus hogares, las peleas del lunes 23 fueron canceladas: “Mejor no lo hubieran matado, era un pesao”, explica uno de los empleados del palenque.