
El sol caía con fuerza desde temprano. La mañana apenas avanzaba cuando las primeras mujeres comenzaron a reunirse para alzar la voz. Eran las 9h30 cuando la marcha empezó a tomar forma entre pancartas moradas, carteles con rostros de desaparecidas y consignas que resonaban con fuerza en las calles.
A pesar de la intensidad del sol que golpeaba el pavimento y el cansancio que empezaba a sentirse desde las primeras horas del día, las manifestantes caminaban con determinación. Algunas llevaban sombreros, otras se cubrían con sombrillas y gorras, pero ninguna parecía dispuesta a detenerse. La atmósfera que se respiraba era clara: unidad.
Porque en esa marcha no se escuchaba una sola voz aislada, sino cientos que se convertían en una sola.
Entre la multitud comenzaron a escucharse las primeras consignas.
¡Señor, señora, se matan a las mujeres en la cara de la gente!” gritaban varias jóvenes mientras avanzaban.
Otras respondían con una de las frases más repetidas del movimiento feminista en México:
—“¡Ni una más! ¡Vivas nos queremos!”

El eco de las voces rebotaba entre los edificios mientras la marcha avanzaba lentamente. Había mujeres jóvenes, madres con hijas pequeñas, estudiantes, trabajadoras, adultas mayores y también uno que otro hombre que acompañaban el recorrido.
En uno de los contingentes se podía leer una manta donde se anunciaba la presencia de la CNTE, cuyos integrantes también acudieron para acompañar la movilización y mostrar solidaridad con las mujeres que exigen justicia.
En medio de los cantos y las consignas, una idea parecía repetirse entre muchas de las asistentes: la lucha por las mujeres empieza desde el primer momento de vida. No se trata solamente de un día, decían algunas participantes, sino de una batalla que se a diario.

Entre la multitud caminaba una chica que sostenía con fuerza un cartel con el rostro de su amiga desaparecida. La historia que la llevó a marchar comenzó hace diez años cuando su amiga Moni desapareció en Ijotepec, Estado de México, después de dejar a su hijo en su entrenamiento de futbol. Aquella tarde parecía un día común, pero nunca volvió a casa. Recuerda que ambas se habían hecho una promesa cuando eran jóvenes: envejecer juntas.
Ese sueño quedó inconcluso, pero hoy mientras camina entre miles de mujeres, Moni dice que esa promesa no se rompió del todo.
“Ella no está aquí físicamente, pero está conmigo en cada paso”, dice mientras sostiene la fotografía. Marcha por su amiga, pero también por las historias que quedaron truncadas.
La marcha continuaba avanzando mientras el calor se intensificaba. Aun así, el ambiente no era de derrota ni de cansancio, sino de resistencia, el sentimiento se reflejaba en los ojos de muchas personas.
En el gentío destacaba el coraje y la determinación de las mujeres que gritaban las consignas con fuerza. Sin embargo, también había emociones que se manifestaban de otras formas.

A un costado de la calle parado sobre la banqueta, un hombre de la tercera edad junto a su esposa observaban el paso de la marcha. Mientras escuchaba a las mujeres corear una de las consignas, una sonrisa leve apareció en su rostro. Pero segundos después, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, ella miraba a las jóvenes marchar y decía que en su época muchas de estas cosas no se podían exigir en voz alta.
El reloj avanzaba y la movilización continuaba su camino hasta el centro de la ciudad.
Fue alrededor de las 2:00 de la tarde, cuando muchas de las participantes comenzaron a concentrarse en la explanada del Zócalo, donde el ambiente cambió de la caminata colectiva a los testimonios.
Ahí, las historias comenzaron a escucharse una por una.
Algunas mujeres tomaron el micrófono para narrar experiencias personales que dejaron en silencio a quienes escuchaban.
Uno de los testimonios más duros fue el de una niña de 8 años que relató lo que vivió cuando estudiaba en la escuela de Pedregal del Sur, donde un profesor abusaba de ella en los baños del plantel.
La joven relató que el maestro la agredía y que cada vez que intentaba escapar, él la alcanzaba y la regresaba con golpes. Hoy el profesor se encuentra en prisión, pero aún no ha recibido una sentencia.
Mientras hablaba frente a la multitud, el silencio se apoderó del lugar, muchas mujeres escuchaban con el rostro serio, otras asentían con la cabeza como si esa historia les resultara familiar.
En diferentes puntos de la explanada comenzaron a formarse pequeños grupos de mujeres que buscaban descansar.
La sombra era escasa, pero aun así algunas se acomodaban junto a postes, muros o estructuras para protegerse del sol.
Ahí se veían escenas distintas a las del recorrido de la marcha.
Algunas mujeres se refrescaban con bebidas frías. Otras compartían papas fritas cubiertas con aderezos que compraban a vendedores cercanos.
Entre ellas comenzaban conversaciones espontáneas.
Hablaban de todo: de sus experiencias personales, de las posturas de los políticos, de la actitud de algunos hombres en la calle, de lo que ocurre en redes sociales y también de su propia familia.
Pese a las historias duras que se compartían, algunas mujeres decían sentirse felices de estar ahí.
No porque el motivo fuera positivo, sino porque por fin podían sentirse acompañadas.
En algunos espacios incluso se realizaron momentos de limpias espirituales, donde mujeres encendían sahumerios o hierbas para simbolizar la sanación y la protección colectiva.
Las historias que se escuchaban durante el evento eran, en muchos casos, desgarradoras.
Muchas de ellas reflejaban una realidad que se repite en distintos hogares y comunidades.
Varias participantes coincidían en una idea: la violencia puede comenzar desde la infancia. Y aunque la movilización se centraba en la violencia hacia las mujeres, también había reflexiones más amplias, algunas participantes señalaban que no solo las mujeres sufren violencia, también existen hombres y niños que atraviesan situaciones similares, aunque en menor medida o con menos visibilidad.
Del mismo modo, varias mujeres mencionaban que no todos los padres son los violentadores, pues en algunos casos las madres también forman parte de dinámicas familiares complicadas.
Uno de los casos mencionados durante la jornada fue el de una niña que vive un conflicto familiar, la menor relató que su mamá busca demandar a su padre por violencia vicaria, aunque ella misma asegura que él ha sido la única persona que ha visto por su bienestar.
El caso generó debate entre algunas de las asistentes, quienes discutían sobre la complejidad de las relaciones familiares y las disputas legales.
A pesar de las diferencias de opinión, el sentimiento general en la explanada era el mismo que se había sentido desde el inicio de la marcha, la necesidad de ser escuchadas.
Porque para muchas de las mujeres presentes, el 8 de marzo no es una celebración. Es un recordatorio de las historias que aún esperan justicia, es el recuerdo de las que faltan, es la esperanza de que algún día las consignas que se gritan en las calles ya no sean necesarias.
Mientras el sol comenzaba a descender lentamente y la tarde avanzaba sobre la ciudad, las últimas consignas seguían resonando en la plaza.
“¡Ni una más! ¡Vivas nos queremos!”
Las voces se mezclaban con el sonido de tambores, silbatos y aplausos.
Y aunque cada mujer tenía una historia distinta, todas compartían una misma convicción.
Que su voz, unida a la de miles más, puede convertirse en una fuerza imposible de ignorar.