
Bajo un cielo despejado y un sol que caía con intensidad sobre las calles de Iztapalapa, el ambiente comenzaba a transformarse. No era un día cualquiera. A unas días de que iniciaran formalmente las celebraciones de la Semana Santa en Iztapalapa, los barrios ya daban señales de vida, de tradición y de comunidad. Esta vez, no eran los actores principales de la Pasión los que acaparaban la atención, sino los más pequeños: niñas y niños de un kínder de la zona que salieron a desfilar en una comparsa llena de color, dulces y alegría.
Era el último día antes de las vacaciones, el último momento en el que se vería a los niños recorrer las calles como parte de esta tradición. Desde temprano, madres y padres de familia comenzaron a reunirse a las afueras de la escuela. Algunos cargaban bolsas repletas de dulces; otros, cámaras o teléfonos listos para capturar cada instante. Los pequeños, por su parte, lucían emocionados, aunque algunos apenas comprendían lo que estaba por suceder.
Vestidos con disfraces de animalitos abejas, pollitos, mariposas, leones y hasta pequeños conejos, los niños formaban filas desordenadas, propias de su edad, mientras maestras y organizadores intentaban dar estructura al contingente. Había alas de colores brillantes, antenitas que se movían con cada paso, colas de peluche y capas improvisadas.
Detrás de ellos, una banda comenzaba a marcar el ritmo. Los sonidos de los tambores y los instrumentos de viento rompían la cotidianidad de la mañana. No era una banda profesional, pero sí lo suficientemente entusiasta para contagiar a todos los presentes. El compás marcaba el inicio del recorrido.
La comparsa desfiló sobre la avenida Aldama. Los niños comenzaron a caminar, algunos tomados de la mano de sus padres, otros guiados por sus maestras. Y entonces ocurrió uno de los momentos más esperados, los dulces comenzaron a volar.
Pequeñas manos se alzaban al aire para lanzar caramelos, paletas y chocolates hacia los espectadores que ya se habían colocado a lo largo de la calle. Los dulces caían como una ligera lluvia de colores. Algunos vecinos, especialmente otros niños, corrían para alcanzarlos. Pero lo más llamativo no era la competencia por recogerlos, sino la inocencia con la que eran entregados.
Había pequeños que, al notar que alguien no había alcanzado un dulce, se acercaban directamente para ponerlo en su mano. Sin prisa, sin egoísmo. Solo con la intención de compartir. Ese gesto, repetido varias veces a lo largo del recorrido, resumía el espíritu de la comparsa.
Mientras tanto, el desfile avanzaba con un ritmo irregular pero constante. Algunos niños brincaban al compás de la música; otros intentaban seguir los pasos de sus compañeros; unos más simplemente caminaban, observando todo con curiosidad. También estaban aquellos que, sin entender del todo lo que ocurría, seguían adelante, guiados por la emoción colectiva.

A los costados, madres y padres no dejaban de vigilar. Con una mano sostenían a sus hijos y con la otra cargaban bolsas llenas de dulces que poco a poco se iban vaciando. Algunos daban indicaciones, otros reían, otros simplemente observaban con orgullo. Era evidente que no solo se trataba de un desfile infantil, sino de un momento compartido entre familias.
El calor comenzaba a sentirse con mayor fuerza. El sol iluminaba los colores de los disfraces, haciendo que resaltaran aún más sobre el gris del pavimento. Sin embargo, nadie parecía incomodarse. La energía de los niños era suficiente para mantener el ánimo en alto.
En medio del recorrido, la logística también jugaba un papel importante. Policías de la zona, junto con ayudantes del propio kínder, se encargaban de abrir paso entre los automóviles que transitaban por la avenida Aldama. Los vehículos se detenían por momentos, y sus conductores observaban la escena con una mezcla de sorpresa y sonrisa. Algunos incluso bajaban la velocidad para apreciar mejor el desfile.
Los agentes levantaban la mano para indicar el alto, luego hacían señas para permitir el paso de los peatones. Era un equilibrio constante entre la rutina urbana y la celebración comunitaria. Durante unos minutos, la calle dejaba de ser solo una vía de tránsito para convertirse en un escenario.
El sonido de la banda seguía marcando el paso. Aunque no todos los niños iban sincronizados, la música lograba mantener cierta cohesión. Los tambores resonaban entre las casas, mezclándose con las risas, los gritos y el murmullo de los espectadores.
Conforme avanzaba la comparsa, el número de dulces disminuía. Las bolsas se hacían más ligeras, pero la emoción no. Al contrario, parecía crecer.

Algunos niños, ya más confiados, lanzaban los últimos dulces con mayor entusiasmo. Otros preferían entregarlos directamente, como si quisieran asegurarse de que cada uno llegara a su destino.
El recorrido no era largo, pero sí significativo. Cada paso representaba una tradición que se mantiene viva gracias a la participación de la comunidad.
Al final del trayecto, el cansancio comenzaba a notarse. Algunos niños se quitaban las máscaras; otros buscaban sombra; algunos más pedían agua. Pero en sus rostros aún se reflejaba la emoción del momento vivido.
El objetivo de las comparsas en Iztapalapa va más allá de lo festivo, pues representan una forma de fortalecer la convivencia comunitaria, preservar las tradiciones y transmitir valores entre generaciones, especialmente en el marco de la Semana Santa en Iztapalapa; a través de la participación de familias, escuelas y vecinos, estas expresiones culturales fomentan la identidad barrial, la organización colectiva y la alegría compartida, donde actos sencillos como lanzar dulces o desfilar con disfraces se convierten en símbolos de generosidad, inclusión y pertenencia social.
Así, entre dulces, disfraces y música, Iztapalapa volvió a demostrar que sus tradiciones no solo se viven en los grandes escenarios, sino también en los pequeños actos cotidianos, en las calles de sus barrios y en la sonrisa de sus niños.