
Hay algo de oriental en el tránsito de diablitos por los pasillos de las plazas comerciales chinas de Izazaga: el chaval moreno y enjuto, nacional, que podría tener lo mismo 24 años mal llevados que 32 bien cuidados, sigue a un hombre de ojos rasgados que hace de patrón y camina con parsimonia. Aquí los diablitos no se abalanzan sobre el transeúnte que luego se convertirá en cliente. De hecho, en Izazaga 38 y 89, lo que llega a quedar claro es que habrá orden aunque hoy no se vean las carretadas de compradores que estas moles de 12 y 16 pisos, respectivamente, pueden recibir sin problemas.
En ese orden los ciudadanos chinos están evidentemente en la cúspide, pero no debe pensarse que eso significa que han elegido a los mexicanos como mera fuerza de trabajo en sus lides por conquistar el mundo. En un mundo como el actual, eso no tendría sentido. En el México abierto, quienes habitan esos nodos comerciales en calidad de empleados, al hablar, dejan saber que vienen de Cuba, de Venezuela, de Nicaragua y de otros países, especialmente de aquel mundo alegremente volcado a la izquierda (¿cómo China?) que tanta ilusión hace a Claudia Sheinbaum.
Simbólicamente, la oficina de la Jefatura de Gobierno que certifica la seguridad estructural de los edificios capitalinos está en el mismo domicilio de Izazaga 89. Es difícil encontrarla debido a que las escaleras eléctricas que brindan acceso al lugar suelen estar tapizadas con mensajes en chino y en español dando “la bienvenida al embarque de Shantou” o de alguna otra zona económica especial del coloso asiático, bastiones del capitalismo salvaje con el que los comunistas chinos disparan al comercio mundial.
En cualquier caso, las plazas en sí mismas cumplen con lo que cualquier perito pediría como ideal. Las múltiples escaleras de servicio están en uso, nada de espacios clausurados y abandonados que se van deteriorando lejos de la vista de los usuarios. Hay servicios de limpieza y vigilancia en cada piso, pero también cuando hay un golpe accidental a una pared o se abre un comercio nuevo, los albañiles aparecen y dejan el lugar con olor a nuevo. Nada de improvisar y ya veremos luego.
Izazaga 89 tiene 16 pisos, aunque la actividad punzante va del 1 al 7, mientras que en la parte alta abundan las bodegas. No obstante, el tránsito hacia nuevos locales comerciales de chucherías está en marcha. En las subcategorías de la tipología “chuchería” se cuentan los plásticos convertidos en relojes brillantes, bocinas de todo tipo, bolsas Gucci rotuladas con sinogramas, juguetes, artículos para mascotas, contenedores y toda las novedades pensables.
Y mientras los mexicanos logran una mezcla extraña pero válida entre jalowin y día de muertos; en tanto que el imperio absorbe, vía los migrantes, las tradiciones y las convierte en un Coco perseguido por un Pedro Infante malvado, los chinos optan por ser puristas de las tradiciones, hasta de las ajenas. Llama la atención su cuidadoso estudio del día de muertos para después ir a la mesa de diseño y de allí a la inyectora industrial de plástico. Cuidan el detalle, no le agregan, como si estuvieran haciendo una tarea de secundaria en la que, evidentemente, nadie se atrevería a poner tradiciones gringas como parte de la tarea sobre nacionalismo mexicano.
Los muertos chinos son excelentes para conservar el purismo de este rasgo cultural del 1 y del 2 de noviembre.
Por supuesto que los artículos de ocasión se repiten en cada local, bajo los mismo precios y despachados con la misma amabilidad. Por ahora, la tasa de compradores por artículo en venta queda a deber.
–¿A qué piso van? –pregunta cordial la elevadorista que para en seco a las cargas que se dirigen a las bodegas a efecto de priorizar a tres compradores.
–Es la primera vez que vengo… ¿dónde habrá plantas artificiales?
–Piso 16, saliendo el elevador a la derecha, cerca de la zona de comida –responde sin dudar la joven mexicana que da muestras de eficacia en cada viaje que opera al mando del ascensor.
Como ella, chinos y nacionales jóvenes ponen un toque de futuro a estas plazas, que es a lo que sus promotores parecen apostar. No hay flujos estrangulantes de compradores, los pasillos están semivacíos, a pesar de lo cual el intento de algunos vendedores (sí, nacionales) por extender su espacio de venta con mallas colgantes es detenido de inmediato por un grupo de guardias. Esto en Tepito, disputando un eje vial, hubiera acabado en gresca barrial. Aquí no.
El orden se mantiene, pero también la apuesta a futuro y es allí donde los jóvenes tienen cabida. Hay que recordar el final de La Metarmorfosis, a aquella joven estirándose delante de sus padres, ya con la cucaracha muerta y en la basura, pues hay un símil en los jóvenes que habitan el 38 y el 89 de Izazaga. Desde la niña china que lleva uniforme de escuela pública cercana y se afana por explicarle a los comensales que pedir de comer, hasta dos muchachos que se cruzan en el cuarto piso, uno de gimnasio, otro impecablemente vestido (casual cuidadosamente pensado) y visitan sus respectivos negocios en donde todos los empleados se han maquillado la cara de calaveritas.
La señora de las plantas artificiales ha salido extasiada del lugar, ha aprendido más de botánica allí que delante de cualquier planta viva. Además le han ofrecido uno de los servicios de entrega que también está en el edificio para que no se vaya cargando sus paquetes. Por supuesto están los tradicionales del mercado mexicano, pero les compite el del panda con diablito.
Muchos visitantes de primera vez llevan acaso una pequeña compra, pero en su ir y venir de un piso a otro se adivina que regresarán. Allí está la otra semilla del éxito de estos lugares, la apuesta al de boca en boca y a darle tiempo al tiempo.
Finalmente, provengan o no de Izazaga, los productos chinos vistos allí no son una sorpresa, todos verán algo que ya usaron; cubrebocas o bocinas. Tabletas electrónicas o velas de pilas para el altar de muertos.
Convertir estos mercados verticales en sustitutos de Tepito podría tardar muchos, muchos, años… aunque finalmente los chinos están acostumbrados a eso. Su historia se mide en milenios y sus empresas en siglos. Es difícil saber hasta donde llegarán, pero seguro es que a nuestra habitación sí se lograrán colar, sea en forma de reloj-gatito o de un sorprendente gadget que habrá que sustituir al año por descompostura.
Si no, voltee a ver la ofrenda de muertos o los cachivaches que compró para hacer más confortable el auto.
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